viernes, 31 de diciembre de 2010

Saturnalia.

Si no fuera por la Nochevieja, el 31 de diciembre sería un día anodino. Encajado en plena Navidad, la celebración no pasa de ser una fiesta pagana y, por tanto, carente del discreto encanto de las festividades religiosas. Es cierto que hoy la liturgia hace memoria de San Silvestre que fue un Papa que vivió justo en el momento en que el cristianismo dejó de ser ilegal (tan ilegal como pronto lo será el fumar) para pasar a estar protegido por el Poder que en aquel entonces no esnifaba cocaína por la sencilla razón de que no la conocían. Pero posiblemente el santo sea más conocido por dar su nombre a las carreras pedestres que se celebran en numerosas localidades como Murcia, donde se corre una media maratón popular. Es cierto que tampoco es muy popular su antitético Urbano del cual el santoral recoge dos, también Papas, aunque uno de ellos es solo Beato. Así pues los llamados Silvestre celebran hoy su onomástica, justo el día antes de que la celebremos los Manolos. Tengo dos pacientes, el uno Silvestre y el otro Manolo y me cuentan que un año se juntaron en la Nochevieja y hasta las doce de la noche comieron y bebieron por cuenta de Silvestre y, a partir de esa hora, bebieron y comieron por cuenta de Manolo.

Parece ser que no hay ninguna constancia histórica de que Jesús de Nazaret naciera un 25 de diciembre. La celebración de la Navidad en esta época es invento de la primitiva iglesia para sustituir a las Saturnalia. Eran éstas unas fiestas no ateas pues se festejaba en ellas al dios Saturno, pero si paganas a la luz de este neologismo que empezó a usar el cristianismo a comienzos del siglo IV. Durante las mismas, se trastocaba el orden social y era costumbre hacer regalos. Las Saturnalia se celebraban en torno al solsticio de invierno. De hecho, me ha llegado alguna felicitación deseándome felices fiestas del solsticio de invierno no se si por zafia interpretación de la progresía o por la torpe pedantería de quien acaba de aprender algo en la Wikipedia. Tampoco es de orden natural que el año deba comenzar el 1 de enero. Nada hay en las crujías del firmamento que impela a que sea así. Creo que fue Julio César a quien se le ocurrió la idea y, desde entonces, todo el mundo lo ha visto bien. Eso sí, cuando la Revolución Francesa, yo propuse que el año comenzara el 1 de Vendimiario y se aceptó la idea pero tuvo poca duración la cosa como otras tantas ideas mías.

Durante mi juventud era amigo de la Nochevieja y la celebraba cual Saturnalia, con abundancia de bebida. Con las costumbre morigeradas de la madurez y más adicto de misticismos e introspecciones ruidosas que de embriagueces alcohólicas, la fiesta ha dejado de tener encanto para mi. Por simple cortesía veré lo del reloj de la Puerta del Sol sin tomar las uvas, cosa que me resulta costumbre pagana (no hay constancia de que lo hicieran ni Julio César ni San Silvestre) y, por tanto, aburrida. Y también por nostalgia porque me recuerda a cuando se inventó la televisión. La retransmisión de las campanadas tenía para los niños pueblerinos un encanto de exotismo y lujo de oropeles en blanco y negro, hoy ya perdido. Y también para esperar la llamada de mi madre quien tiene a gala ser la primera en felicitarme por mi santo, costumbre que compartía con un enfermo, Juan "el Campanero", ya desgraciadamente muerto.

Pero siempre nos quedará la palabra a pesar de la mudanza de costumbres. Y digo ésto porque quiero acabar esta entrada con el comienzo del evangelio de Juan que hoy se lee en las iglesias. Hermoso, críptico, terrible y esperanzador como todo año que empieza:



In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum.
Hoc erat in principio apud Deum.

 Omnia per ipsum facta sunt, et sine ipso factum est nihil, quod factum est;
in ipso vita erat, et vita erat lux hominum,
et lux in tenebris lucet, et tenebrae eam non comprehenderunt.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Aguilandos y belenes.


Ayer, día de Navidad, fuimos a misa a la iglesia de Los Alburquerques donde se venera a Nuestra Señora de Loreto. Es un templo huertano, sencillo y digno, de nueva construcción, que sustituye a la vieja ermita, restaurada pero desacralizada. Se encuentra junto al puente de la autovía de la carretera de Santa Catalina y allí el coro y los musicos parroquianos tocan y cantan el aguilando durante la Navidad.

Y de estos parroquianos, algunos son enfermos míos. Me acuerdo de José y de Rosa, de Rosarito, de otro José ya fallecido aunque viven su mujer y sus hijos, de Martín, de Francisco y toda su familia y de Ana que vive al lado del bar Marilín. En el mapa sanitario, estamos en terreno fronterizo con el Centro de Salud, ya ciudadano, del Infante. Quizas en años pretéritos, antes de la Seguridad Social, es posible que hubiese pleitos entre médicos con territorios colindantes en el maremagnum de caseríos que era (y en parte sigue siendo) la huerta de Murcia. Pleitos tendentes a conseguir una mejor "cuota de mercado", mayor número de igualas o de pagos en especie propios de una economía escasa y campestre. Posiblemente, se pondría fin al litigio, señalando una acequia o un carril como separación. De hecho, me acuerdo ahora que, recién llegado a Murcia, me dieron en las dependencias municipales una cuartilla escrita a máquina y con letras medio borradas que señalaba la circunscripción de los 23 distritos sanitarios existentes entonces en la ciudad y su amplio alfoz. Pero aunque bien guardado ¿dónde estará ahora ese documento?

En los nuevos tiempos, en los que soy un médico socializado e informatizado, que funciono con tarjetas sanitarias con banda magnética y junto a ambulancias a las que no les arredra intrincarse por carriles estrechos, sin miedo a la acequia que va por el borde, emboscada entre cañas y donde bien puede meterse una rueda si te orillas demasiado, puedo ir a misa tranquilamente a Los Alburquerques y oír el aguilando. Cante éste que, como popular, es monótono tal vez pero con un gran encanto y musicalidad. Vimos también un poco el Belén mientras esperábamos para saludar a José y a Rosa que cantan en el coro. Allí estaba, en un lateral de la nave, con sus casas, sus figuras, su río de agua que realmente corría, sus luces intermitentes y ¡cómo no! sus bancalicos de tierra de labor, con sus caballones y sus maticas. Tengo que reconocer que me aburre un poco mirar los belenes, especialmente aquellos en los que hay que hacer cola y luego se va circulando uno detrás de otro como en un museo. Quizás en la madurez haya perdido su impacto buscar al pastor que está orinando, equivalente local del caganer, o estemos acostumbrados a la crueldad de los soldados de Herodes que matan a los Inocentes. En todo caso, el belén participa de la estética de la Torre Eiffel de palillos de la que hablaremos alguna vez y, como tal, solo necesito cinco minutos para apreciarla.

Así que, visto sucintamente el Belén, saludamos a José y a Rosa y nos deseamos mutamente feliz navidad. Luego a la ciudad a tomar café en Drexco y fumar allí uno de los últimos cigarrillos legales. La orquestina callejera formada por el teclado, el violín y el acordeonista que toca los tangos a la parisina, hoy interpretaba las consideradas "páginas inmortales" como el tedioso "Ave María" de Schubert lo cual no dejaba al acordeón emplearse a fondo como cuando tocan canciones briosas. Y ésto, unido al mucho frío, tiñó la mañana burguesa de cierta languidez, por lo que nos vinimos pronto a casa a buscar la comida, aderezada con los restos de la Nochebuena. Y abierta la botella de vino, hubo Paz y después Gloria.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad.


Esta foto es de la calle por la que llego hasta El Charco, bien en coche, bien andando. Es la calle de El Estanco, un curioso local del que hablaremos algún día. El Charco puede ser destino final del paseo dominical para tomar café o el aperitivo en Willow o bien el hito donde se inician los viajes largos. Luego vendrá la carretera de Santa Catalina y, al llegar a la rotonda de El Alías, la conexión con la autovía que va a la ciudad y al mundo.

He elegido esta foto, aparentemente triste, quizás pueblerina, para felicitaros la Navidad y desearos un buen año 2011 en esta mañana previa a la Nochebuena. La luz del final, tiene el encanto de la estrella de los pastores o de la que guió a los Reyes Magos. Indica el camino a seguir aunque la meta esté aun distante. El objetivo es ese, el mensaje navideño es ese: seguir, continuar, avanzar porque la luz de la esperanza y de la ilusión sigue brillando.

Y ¡cómo no! este punto, ahora señalado por las luces brillantes, indica también que, de regreso, hemos llegado a casa. Y ése también es el deseo: que a todos os resulte placentero volver a casa, que haya siempre un lugar de reposo, de tranquilidad y de amor.

Con el amable permiso de su autor, os dejo de regalo la segunda parte del poema de mi compañero Pascual López cuyo inicio ya apareció en otra entrada. Escrito después de la reciente muerte de su madre, es, sin embargo, un canto a la esperanza y a la ilusión


II.- YA ESTÁN LAS GRANADAS EN SAZÓN (10/12/2010)

Ya están las granadas en sazón
y está volando tu sonrisa. Huérfano
me siento de tus manos, de tu voz, de tu aliento
y de tu pequeño cuerpo:

“¡Marujica…!” Silbando por la plaza viene,
entrando por la puerta
para buscar tus besos. ¡Tan pequeña
como eres!,¡tan presente de vida
y tan presente de sueños!.

“¡Marujica…!” Silbando por la puerta entra,
y salís por la misma puerta,
abrazados
en una amanecer de lunas, sonrisas y recuerdos.

Y os dejo también la foto del Belén de casa, sencillo y austero porque los niños nos hemos hecho ya grandes. ¡Feliz Navidad!

domingo, 19 de diciembre de 2010

Un susto.

Observé hace un par de días con aprensión que una foto de la última entrada de este blog se había borrado. En su lugar, aparecía un recuadro blanco con un enigmático signo de interrogación en el centro. No me llamó la atención pues se insertó de manera no ortodoxa. Pero luego me llevé un susto cuando vi que otras fotos de otras entradas se habían igualmente borrado siendo sustituidas por el inconsistente recuadro blanco. No pude por menos de acordarme de esas historias ominosas en las que las letras empiezan a borrarse en los libros. No me refiero a la pérdida de color de la tinta propia del paso del tiempo. Es el borramiento absoluto, la pérdida total e irreparable de las letras que van dejando en las páginas espacios blancos y aparentemente virginales, algo debido solo a un hado malicioso, a un duende travieso o, lo que es peor, a la llegada inexorable del fin de los tiempos.

Recuerdo también una historia que leí siendo muy joven, casi adolescente. En ella, se apagaban una detrás de otra las estrellas. Tenía esto que ver con los ordenadores que entonces se llamaban cerebros electrónicos. Una de las pruebas de mi examen después del PREU, examen previo y necesario para el ingreso en la Universidad, consistía en redactar el resumen de una conferencia. La que en aquella ocasión se nos dio a los examinandos, trataba sobre estos cerebros electrónicos y como su advenimiento iba a trasformar al mundo. El ponente nos repartió para nuestra ilustración tarjetas perforadas que era el lenguaje de programación que entonces entendían los IBM. Esta tarjeta la guardé y, posiblemente, deba estar en alguna parte. Será cosa de buscarla pero ya como pieza de museo. El caso y a lo que vamos es que aquellas máquinas innovadoras eran percibidas por los visionarios como engendros del demonio, susceptibles de caer en manos desalmadas y originar calamidades sin cuento. En todo caso, algo contra natura que haría tambalear los cimientos de la sociedad y el orden establecido. De aquella época recuerdo también una peliculilla televisiva  cuyo argumento narraba como un cerebro electrónico llegaba a irrogarse la cualidad exclusivamente humana de enamorarse y lo hacía de la ingeniera que lo creó. Como el tal ingenio controlaba todo el edificio de laboratorios y oficinas se dedicó, ni corto ni perezoso, a eliminar a los rivales humanos en la carrera hasta el amor de la ingeniera con métodos domóticos tales como hacer que se desplomara un ascensor.

Así pues, aquel ordenador que terminó con las estrellas había cumplido su misión y tenía que ocurrir el fin del mundo. El enlace anterior lleva hasta el cuento que leí pero me parece que se trata de una versión resumida. Había en la lectura en papel mayor relato, mejores diálogos. Posiblemente se hayan ido borrando las letras, como las fotos del blog. O no. Quizás en los años transcurridos desde que leí la historia por primera vez, haya sido mi mente de neuronas biológicas la que haya agregado espontáneamente detalles sabrosos al original. Dejémoslo estar y no elucubremos más. Lo importante es que algún día, posiblemente ya esté ocurriendo, se irán borrando las letras de los libros. Primero será en los libros olvidados, en los que hace años que no salen del estante, en los que nunca ha leído nadie, en los que incluso conservan su envoltura de celofán. Por eso nadie se dará cuenta del desastre. Pero luego será en los libros de uso cotidiano, en los manuales universitarios, en los best seller, en los vademécums de los médicos, en los códigos de los jueces y en los leccionarios de los altares. Pero no será solo la tinta china, la tinta de imprenta la que se borre. También se borrará la e-ink y se irán perdiendo letras de los e-books, de los millones de blogs y demás parafernalia que aparecen en las pantallas de los ordenadores. Luego, paulatinamente, una a una, se irán apagando las estrellas.

Pensaba yo en todo ésto mientras miraba los recuadros blancos con un signo de interrogación en el centro donde antes había una foto. Luego las fotos reaparecieron. Todas menos la que fue insertada de modo no ortodoxo. Era pues, un susto, una falsa alarma. Desisto de tratar de reinsertar la foto que aun no aparece pues deben de ser aceptados estos designios de los hados informáticos y el porqué fue insertada de modo no ortodoxo no debe decirse aquí.

De todas formas, llegará el día y la hora. Porque lo escrito no tiene que ser eterno. Más aun: no puede ser eterno. Su destino último es la fragilidad de lo etéreo, la caducidad de lo deleznable y la debilidad de lo fatuo. Flor de un día o de diez mil años, da igual. Luego el paulatino pero grande colapso, el retorno a la nada del papel blanco o la pantalla con todos sus millones de píxeles mostrando el mismo tono de gris. Después, una a una, se irán apagando las estrellas. Yo estaré aquí para verlo, sentado delante del ordenador o tomando café en el bar Marilín, quizás cruzando el puente del Regueron. Y así podré recordároslo: "Ya os lo decía yo..."

domingo, 12 de diciembre de 2010

Traslados.

Yo vine a Murcia en virtud de un concurso de traslado. Vine engañado por el B.O.E. porque, en la lista de vacantes, anunciaba que había cinco en la ciudad, una ciudad que me era desconocida y que yo creía metropolitana y compacta. Si hubiese sabido la verdad, que iba a ir a parar a una entonces oscura pedanía, no hubiese venido. Y así me habría perdido para toda la eternidad La Alberca, Santo Ángel, El Charco, la Carretera de Santa Catalina, El Reguerón, el Bus 6 y el Bar Marilín. De todas formas, me vine voluntariamente. Digo ésto ahora que hay movida con los traslados de médicos. No entraré en los entresijos de las disposiciones oficiales, ni en las entretelas de las campañas sindicales, ni en cómo afecta el traslado a la vida profesional y aun familiar de muchos compañeros. Ésto lo hacen con acierto blogs amigos como el Desembarco de la Flota. Yo voy a otra cosa, a otra faceta más íntima y personal, la visión del que no se mueve nunca, la del que, con casi total seguridad, se jubilará o, Dios no lo quiera, se morirá en el mismo puesto que ahora desempeña.
En este último traslado, se han tenido que marchar del Centro de Salud de La Alberca dos grandes compañeros: Pascual López y Paco Sarabia. En la escasa tertulia por las premuras del tiempo, pudimos hablar de religión, de música, de poesía y de whisky que es, por tanto, hablar de todo. Compartimos el aseo de caballeros, el mechero y la copa de vino que es, por tanto, compartirlo todo. Ellos se fueron y yo me quedo. Ya van para 26 años ininterrumpidos los que llevo en La Alberca, en la misma consulta, en la misma briega. Durante este tiempo, son ya muchos los médicos, los enfermeros y enfermeras y mucho el personal administrativo que han llegado, han pasado y se han ido. No los recuerdo a todos, sería imposible. De algunos me han llegado recuerdos, saludos, referencias. De otros nada, el olvido. Hay quien ha estado un tiempo largo, meses, años quizás. Otros pocos días, un solo día incluso. Es muy posible que haya a quien ni siquiera llegué no ya a conocer, sino tan solo a ver cruzándome con ella o él por algún pasillo, alguien cuyo conocimiento me hurtó el destino, dos vidas que se acercaron milimétricamente y no se tocaron.
Repito que no entro en consideraciones laborales ni en injustas circunstancias, ni hago una loa a tener plaza fija, ni me circunscribo a las profesiones sanitarias Solo comparo la trayectoria vital del que, voluntario o forzoso, se mueve mucho con la del que, como yo, se afinca al mismo camino de ida y vuelta, la del que va en el barco de puerto en puerto con la del que en el mismo muelle del mismo puerto, despide día tras día a los que se marchan. Comparo las vivencias y sentimientos del que mira y conoce mundo, paisajes, almas y cuerpos en un largo recorrer de veredas con las del que se sienta todos los días en el mismo banco, bajo el mismo árbol y espera que la vida pase por delante de él. Comparo y no se con cual quedarme. Porque, de entrada y pensando fría y racionalmente, las dos trayectorias vitales son incompatibles. Cabe pensar que tengas una larga vida en años y que dediques la primera parte de ella a viajes y aventuras del trotamundos y la segunda a la madurez quieta del paseo reflexivo. Es cierto. Pude falsear mi edad y apuntarme de grumete en un barco o incluso en La Legión. Pude, simplemente, ser médico inquieto y haber llevado mi ciencia y arte a “tierras de misión”, haber tomado el pulso y la tensión oyendo la caída del agua en el Iguazú o los rugidos de los leones cerca del Kilimanjaro. Pero el B.O.E. siempre ha sido benévolo conmigo y me concedió sus favores. Me otorgó tempranamente plaza en propiedad y luego me engañó ladinamente para que me viniese a Murcia y ya me quedé enredado en las palmeras, me acostumbré a comer habas y encontré bueno como ninguno el café de La Meseguera, del Willow o del bar Marilín. Y ahora que se acerca la Navidad, me gusta canturrear el Aguilando como hacen en la iglesia de Los Alburquerques, la de la carretera de Santa Catalina.
Pero he aprendido a ver los distintos matices del mismo amanecer entre los mismos tejados, a ver el mismo árbol en primavera y en otoño, a recorrer las mismas calles bajo la lluvia de abril y el sol de agosto. He conocido casas ya viejas, luego un solar y luego un moderno edificio, la mudanza de los locales, hoy supermercado, mañana bar y pasado tienda de ropa. Y mi sombra ha barrido las novedades de las losetas o del asfalto sobre el mismo punto de la tierra, mi sombra quizás ya menos esbelta y un tanto engordada. Y, sobre todo, me he empapado hasta la filigrana del devenir de las personas. He contado los años para que el niño se haga hombre y, aquel que conocí de hombre, ahora sea sencillamente viejo y aun desgraciadamente decrépito. Y hubo muchos vivos que ya son muertos y las cruces con sus nombres se cuadriculan en mi memoria como en esos tan bonitos como tristes cementerios militares.
Y quiero pensar y así lo deseo que todavía quedan muchos años. Que conoceré otros bares, otras tapas y otros cafés. Que coincidiré con otros muchos compañeros de trabajo, algunos por tiempo largo, otros por solo unos días, el tiempo justo saber los hijos que tiene, de un hola y un adiós. Que atenderé en largas consultas a los mismos enfermos y que otros nuevos vendrán, cada uno con su cara, con su cuerpo, con sus lamentos y con su alegría. Pero ya, casi con total seguridad, bajo el mismo árbol y sentado en el mismo banco. Porque así se decidió en la noche de los tiempos cuando se encendieron las estrellas y se forjó el destino de cada hombre.

domingo, 5 de diciembre de 2010

La planilla.

La mañana dominical ha amanecido fría aunque menos que la de ayer. Nubarrones pardos, según la típica expresión poética, que dejan caer una fina llovizna. A pesar de eso, he prescindido del coche y ido andando hasta El Charco disfrutando del día otoñal aunque los días otoñales debieran disfrutarse en París. Inasequibles al desaliento, en el Willow montaban la terraza esperando el probable sol de después del mediodía. Las sillas, que han pasado la noche en la calle, encadenadas y cubiertas con un plástico, estaban siendo limpiadas para quitarles los últimos restos de agua.
Pero ahora, vuelto a la bodega y a la espera de la expedición a “El Tiro” para empezar a ver que le pedimos a los Reyes Magos, tengo frío. Y éso que la bodega está más cerca del infierno. No es para dar pena a nadie porque, por supuesto, no la merezco pero tengo frío. El matriarcado enciende la calefacción al comienzo de la tarde porque a primera hora debe airearse la casa y la gran pantalla del Mac no da calor. Escribo con el chaquetón puesto y solo me falta la bufanda y los mitones para parecerme a los artistas pobres y bohemios o al escribiente Bob Cratchit explotado por Scrooge. Tenía que escribir sobre otras cosas pero haré solo esta breve entrada. En cambio, cuadricularé la planilla de las guardias, una de mis misiones en el Centro de Salud. No necesito para ésto inspiración y puedo hacerlo frotándome las manos y con la mente en blanco pues se trata de un trabajo mecánico y rutinario. Y ¿por qué no necesito pensar? Fácil respuesta: porque voy a decir la verdad. La planilla se hace inexorablemente colocando a cada uno justo el día que le corresponde. Nunca ha habido piedad para los pocos que han sugerido alguna trampa, normalmente para que le toque la guardia indebida a un sustituto.
No hay mentiras, pues, en la planilla. No puedo decir lo mismo de este blog donde todo debe ser a mi mayor gloria de gamberro, incumplidor, mala persona y canalla redomado. Y éso cuesta trabajo y el frío me ha descolocado. Diremos mentiras en otro momento porque hasta en el amor las hay.

domingo, 28 de noviembre de 2010

En resumen, un chiste.

Pues resulta que, en esta mañana dominical, otoñalmente lluviosa, el tiempo que le debería dedicar a la redacción del post boguero debe de serle hurtado para dedicarlo a preparar la próxima sesión clínica de mi Centro de Salud que me está encomendado. No es un trabajo arduo, ni mucho menos. El texto y presentación ya están preparados, contenidos en unos folletos y en un CD. Así funcionan ahora las cosas. La tan instructiva como bonita exposición con su inicio anatómico y fisiológico y sus divagaciones patológicas, son sustituidas por funcionales y encorsetadas presentaciones preparadas por una de esas instituciones oficiales que ahora pululan. Con lo cual, todos diremos lo mismo con el fin de que todos pensemos lo mismo. Se tiende a la banalización y a la vulgar “paracetamolización” de la actividad médica.
La declaración de principios, no obstante, es lícita. Leo en el CD dos pomposas leyendas. La una “Plan de acción para la mejora en el uso de los medicamentos 2009-2011”, la otra “Actualización Clínica con criterios de prescripción razonada”. Ésto, en principio, parece bueno. Solo una salvedad como comentaba Rafa Bravo en su blog.
Debo exponer la Otitis media y la Sinusitis y a pesar de que el plato viene precocinado y apto para torpes, me gustaría añadirle el toque personal y a éso dedicaré parte de la mañana. La Otitis media y la Sinusitis no son cuestión baladí. Por éso sale a colación este chiste que cuento a sabiendas de su caraacter simple y escatológico pero que sirve de contrapeso al tedio de la tarea que me apresto a realizar. Éste es el chiste:
Un paciente acude al médico:
-Doctor, doctor, tengo un problema. Parece algo sin importancia pero a mi me preocupa mucho. Me tiro unos pedos que no hacen ruido ni huelen pero que a mi me fastidian mucho.
El médico displicentemente extiende una receta.
-Tómese una pastilla de éstas cada 8 horas y vuelva dentro de una semana.
A la semana vuelve el enfermo.
-Doctor, doctor ¡Estoy mucho peor! ¡Los pedos siguen sin hacer ruido pero ahora huelen fatal!
-¡Estupendo! -exclama el médico- Ya hemos curado las sinusitis. A ver si ahora curamos la sordera.
Sin duda, este médico se merece el elogio que, a veces, me dirigen los huertanos de la carretera de Santa Catalina. ¡Qué listo, pijo!

jueves, 25 de noviembre de 2010

Santa Catalina de Alejandría.

Esta mañana, me entero apresuradamente de que hoy se celebra la festividad de Santa Catalina de Alejandría, de la cual se hace memoria litúrgica. Profanamente, también me lo ha recordado la megafonía de El Corte Inglés de Elche, a donde he acudido para tomar café con Ana. El caso es que, al momento se me han ido las mientes a este blog que tiene el nombre de Carretera de Santa Catalina y he comprendido que debe hacerse un post, siquiera sea breve, para constancia del acontecimiento.

La carretera de Santa Catalina se llama así porque une Murcia con el convento franciscano de Santa Catalina del Monte que fue también residencia de verano de los obispos de Cartagena. Y ésto hace surgir una primera duda: esta Santa Catalina del Monte ¿es Santa Catalina de Alejandría? Porque el santoral recoge otras varias Catalinas y, en cuestión de santos, no es bueno equivocarse ni dirigir, por error, la oración que se le reza a uno a la imagen de otro. Tras una breve investigación por la premura del tiempo, creo que la respuesta a la pregunta es sí. Efectivamente, existe otro magno monasterio también llamado de igual manera que éste murciano y alberqueño. Se trata de Santa Catalina del Monte Sinaí. Hasta allí fue llevado por los ángeles el cuerpo mártir de la santa de Alejandría. Parece ser que está edificado en el lugar donde Moisés contempló la zarza que ardía sin consumirse y, de hecho, en el monasterio se conserva dicha zarza. Debe ser un lugar inhóspito pero hermoso y mucho me gustaría visitarlo aun sin el concurso de los ángeles trasladadores.

Dando pues por bueno que la santa de la carretera no es otra que Santa Catalina de Alejandría pongo hoy, 25 de noviembre, día de su festividad, este blog bajo su protección y amparo. Que ella lo libre de la apatía, del aburrimiento, de la inconveniencia y del mal castellano. Y así, puesta la vela a Dios y según la secular costumbre española, le pondré otra al Demonio tomándome unas habas -que ya intuyo que debe de haberlas- con su tinto jumillano la próxima vez que visite el bar Marilín.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Dos yerros enmendados.

Sí, puedo decir con satisfacción y cierto orgullo que he enmendado radicalmente dos graves errores, el uno de mi infancia, el otro de mi adolescencia y aun de mi juventud. El primero era de índole gastronómica y consistía en pervertir el orden en el que deben ser comidas las partes que aparecen en el plato. Es normal que, en ocasiones, haya cosas en la comida que nos gusten más que otras. Puede incluso ocurrir el caso extremo: que aborrezcamos una y nos deleitemos con la otra. Imagínese una carne con salsa de tomate. En mi caso concreto, me gusta mucho más la carne que la salsa de tomate. Pues bien, mi error infantil consistía en comerme primero la salsa y luego la carne. Tiene ésto su explicación. Se trataba de pasar primero el mal trago y luego deleitarme, como de un merecido premio, con los trozos de carne. Craso error. No disfrutaba de la salsa, por supuesto, pero cuando llegaba a la carne ya se me había pasado el hambre y tampoco disfrutaba de aquella. Así que la comida ni fú ni fá cuando podría haberme obsequiado con lo que me gustaba y luego remolonear algo con la salsa de tomate cuya ingesta era posible que se me hubiese condonado.

El segundo yerro es estudiantil. Cuando veía las preguntas de un examen, rápidamente las dividía entre las que me sabía perfectamente, las que me sabía regular y aquellas de cuya respuesta prácticamente no tenía ni idea (NPI según el argot de la época). El error consistía en empezar por estas últimas pensando que así les podría dedicar más tiempo para luego, más rápidamente, contestar a las que me sabía bien. Pero ¿qué pasaba? Que el tiempo se iba, se escabullía, contestaba zafiamente a las de la ignorancia y luego no podía "bordar" aquellas de la sabiduría. Hay que hacer hincapié  en que las primeras no eran más importantes para el examinador. Si hubiese invertido el orden, el examen hubiese sido bueno o, en todo caso, aceptable, consiguiendo aprobar alguno de los que suspendí que, en su totalidad y dicho sea de paso, fueron pocos.

Bien corregidos están estos yerros en la madurez. Ahora empiezo a comer por lo que me gusta y lo disfruto. Luego, si procede, me como lo de menor agrado. Ya el Evangelio nos enseña esta sabia práctica. En las Bodas de Caná, Jesucristo transforma milagrosamente el agua en vino pero, por si ésto fuera poco, aun hay más. Este vino milagroso es excelente lo que hace que el maestresala le diga al novio que ha hecho lo contrario de todos: ha guardado el vino bueno para el final en vez de ponerlo al principio. De ésto se deduce también que Jesús de Nazaret entendía de vino y no por su divinidad omnipotente, sino por su humana carnalidad. Por éso se juntaba con publicanos, pecadores, prostitutas y fumadores.

No hago ya exámenes propiamente dichos pero si me enfrento a una tarea, a algo que he de rellenar inexcusablemente, empiezo por lo que me es fácil y luego, si tengo tiempo y ganas, hago lo difícil. Incluso dejo algo por contestar en la inteligencia de que nadie se va a dar cuenta. Debo dejar constancia aquí porque hace al caso, que cuando me llega alguna encuesta de esas que tanto le gustan a los vividores del cuento, he aprendido a sostenerla entre el pulgar y el índice, a mirarla fijamente durante unos segundos, lo justo para que se desenfoque lo escrito y luego soltar un ¡aaahhh! de fastidio y tirar las hojas a la papelera de reciclaje.

Pero, transcendiendo de comidas y exámenes, queda una pregunta fatal por contestar: lo bueno ¿ha de ir seguido inexorablemente de lo malo?, si queremos conseguir el premio ¿debe éste ir precedido por un preceptivo purgatorio? No lo tengo claro pero me temo que la respuesta correcta es SÍ. La única esperanza es que ocurra la "paradoja del huevo frito". Volviendo a los gustos culinarios infantiles, del huevo frito me gustaba más la clara que la yema. Según mi error, me comía primero la yema y luego atacaba la clara. La vida se ha encargado de enseñarme que estaba doblemente equivocado: la yema está mejor que la clara. Así que ahora sigo comiendo el huevo frito empezando por la yema y terminando por la clara pero ahora a gusto. Quiero ir a parar a que tengamos confianza en que el paso del tiempo pueda encargarse de diluir el mal trance que nos amenaza por haber empezado por lo mejor. Quede claro por tanto: lo bueno, lo fácil, lo primero. Los tonterías, las gansadas, los sinsabores de los que dejan el trabajo a los demás, nunca.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Cuartos de Baño

Empecemos por Bond, James Bond. Cuando lo mandan a una arriesgada misión a un lugar exótico y populoso como pueda ser Honk Kong, le dicen éso de que cuando llegue se ponga en contacto con "nuestro hombre allí". Bond, a pesar de ser un tipo duro, tiene dudas. "¿Cómo lo encontraré?", pregunta. Y el jefe, que es aun más duro, le responde lacónicamente: "No se preocupe. Él lo encontrará a usted". Luego resulta que "él", "nuestro hombre" es una atractiva chica que conduce una moto. Y así pasa lo que pasa. Pero éso es otra historia que, por ahora, no nos interesa. Lo que importa es que James Bond sabe que le esperan aventuras sin cuento y un destino azaroso y que, aunque lleve un cierto plan de acción, tendrá que improvisar sobre la marcha. En cambio, la inmensa mayoría de nosotros, cuando vamos de viaje lo tenemos todo bajo control y como aventuras, lo que se dice aventuras lo normal es que no encontremos, lo único que debe preocuparnos es el cuarto de baño del hotel o lugar donde nos alojemos. Porque una cosa es segura: tendremos que seguir haciendo nuestras necesidades fisiológicas. Bond también las tiene pero por lo peculiar de su modo de vida, tendrá que realizarlas donde, cuando y como pueda.

He conocido las casas sin cuarto de baño. El exiguo aseo se hacía en cualquier parte, con un poco de agua en una palangana o en un barreño y las aguas menores y mayores se vertían en el corral y así compartían tierra con las gallinazas. En el pueblo de la niñez, sin agua corriente ni alcantarillado, fue un gran adelanto que en mi casa se instalase un ingenioso artilugio para ducharse. Se trataba de algo así como un bidón metálico, que recuerdo blanco, con la alcachofa en su base. Colgaba del techo y estaba dotado de una polea para poder bajarlo y subirlo. Accionando el mecanismo, se llenaba de agua a la temperatura conveniente, se subía y se fijaba. Luego había que tirar de una cuerda para que saliese el agua y tener bien calculado cuanto duraba ésta para que su falta no te pillara a medias. Por aquellos días, ya tenía edad como para que mi padre me explicara que la palabra water, que a mi entonces me sonaba ignota, se traduce simplemente por agua y que W.C. es el acrónimo de water closet, o sea el simple sifón que impide el reflujo de malos olores. Recuerdo también de alguna correría por el campo con amigos. Bien porque entraba el apremio o bien por simple diversión, se hacía la caca en cuclillas sobre la hermosa tierra de labor y en agradable camaradería, limpiándose luego por el sencillo procedimiento de pasarse una piedra relativamente suave por la zona conveniente. ¿Lavarse las manos? Y éso ¿para qué si no se habían manchado?. Pero de esta experiencia de "buen salvaje", bucólica y ecológica, no tengo buen recuerdo porque me retrotrae al prurito de las lombrices (luego aprendí que se llaman Oxiuros) que inevitablemente venían a parasitar los intestinos.

Digo que en mi pueblo no había red de alcantarillado. Las aguas pluviales y las aguas negras las recogía el albañal, un conducto subterráneo que iba de casa en casa por los patios o corrales. La ley que supongo consuetudinaria porque ignoro si tenía algún respaldo escrito, decía que no se podía impedir el libre discurrir del agua de lluvia pero que no era obligado aceptar las descargas fecales del vecino de arriba. Las frecuentes rencillas terminaban taponando el albañal del colindante superior. Esto me dio ocasión de ejercer de inspector sanitario en mis primeros tiempos de médico, intentando una solución viable junto al Juez de Paz y el Alcalde. De esta España profunda y heroica viene el chiste que tanto me gusta contar por su encanto y valor instructivo para las nuevas generaciones:
Va el del pueblo a Madrid y está allí dos o tres días. Cuando vuelve le preguntan que qué tal le ha ido en la gran ciudad. Y el buen hombre contesta que muy bien, que había muchos coches y que las casas eran muy altas pero que le era muy difícil encontrar un sitio para hacer sus necesidades.
- ¿Cómo qué no? -le responden- en todos los bares hay aseos y los puedes usar si los necesitas.
- Sí, pero en la puerta de todos ponía "Señoras, Caballeros... Señoras, Caballeros"....y para los pobres ¡ná!

La cosa ha cambiado mucho afortunadamente aunque sigue habiendo bolsas de pobreza y ghettos en situación similar a la descrita. Pero ya, en condiciones normales, todas las casas disponen de, al menos, un cuarto de baño. Yo me jacto de tener el mejor del mundo. No hay bañeras de mármol, ni grifos de oro ni obras de arte en las paredes, por supuesto, pero todo lo que tengo que hacer allí, digo todo, lo hago con la más absoluta comodidad. Solo hay un detalle tan decorativo como práctico que incordia un poco: un reloj adelantado un cuarto de hora que me apremia para no entretenerme en exceso y llegar tarde a la consulta. Ahora el fastidio está fuera de casa, en los hoteles, con la mandanga del diseño que, no sé por que, se ha hecho incompatible con la practicidad y la comodidad. Empiezan las molestias con los grandes bordes de aspecto marmóreo que rodean al lavabo. Enseguida se llenan de inmensos charcos de agua, de lavazas de jabón, de cremosos restos de la espuma de afeitar. Por otra parte, impiden acercarse bien al espejo por lo que es difícil afeitarse tanto caballeros como señoras. Complica la situación la luz cenital de foquitos halógenos. Con esto se consigue un divertido "efecto Nosferatu" pero no hay manera de verse bien la cara. La iluminación debe ser frontal y abundante, como la de los clásicos espejos de los camerinos de los artistas. Hay también que dejar constancia de la desaparición del bidé pero, como ésta es pieza esencialmente femenina, ahorremos comentarios basados tal vez en la intuición pero no en el profundo conocimiento.

Pero lo peor, lo hórrido, es que el diseño quiera imperar en la imprescindible taza del water. Objeto tal vez indecorosos pero a todas luces necesario, debe de tener una forma y estar colocado de una manera tal que haga cómoda y ágil la gestión que allí se realiza tanto por hombres como por mujeres, tanto por jóvenes como por viejos. Una altura idónea, suficiente espacio a su alrededor y un fácil acceso al dispensador de papel higiénico, son las premisas que deben regir su puesta en escena. Y todo éso lo obvia el diseño al parecer más preocupado por impactar en mentes simples. En el último hotel que estuve en Madrid, hace pocos días, nuestra taza ocupaba un angosto espacio, no más de un mechinal, arrinconada entre dos marmóreas y frías paredes de panteón y con el soporte del papel higiénico hincándose prácticamente en los costillares. Mucho protesté para mis adentros y me consolaba de mi aflicción pensando si habría cuerpos gloriosos que no se percatasen de lo incómodo de aquel elemento.

Me gustaría saber como son todos los cuartos de baño de la carretera de Santa Catalina pero, por ahora, solo conozco los aseos de la gasolinera, los del Tanatorio Arco Iris y los del Bar Marilín. Espero que sean cómodos, agradables, luminosos, frescos en verano y calientes en invierno. En todo caso, mejores que los del Rey Sol en su Versalles.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Escuelas y Colegios.

Hay mañanas lindas y soleadas en las que no acudo a la consulta. Pocas, muy pocas, pero hay algunas. No me refiero a los fines de semana o periodos vacacionales durante los cuales la actividad ciudadana se encuentra a medio gas. Hablo de los días de diario, tan anodinos como un lunes o un jueves. Días de banco, oficina y notaría...y de consulta médica. Las mañanas de estos días son para mi de trabajo y el ir y venir de la ciudad y el mundo me es ajeno, vislumbrado tan solo por las rendijas de la persiana. Por eso, me gustan mucho esos días llamados de “libre disposición” o los que supuestamente me merezco por mi antigüedad en el puesto. Así disfruto de mañanas triviales, de martes sin nada de especial, donde los demás están trabajando y yo no. Tal vez los aproveche para algún papeleo espeso y, si Ana tiene tiempo libre, viajo hasta su instituto de Elche.
Pero, sea como sea, la primera providencia suele ser un café en “Willow” más o menos a la hora en que abre el Colegio Público de Santo Ángel. Coincido con niños mayorcitos que ya van solo corriqueando en pandilla, o con mamás presurosas con el nene, más pequeño, de la mano, o con el abuelito jubilado reclutado tal vez a la fuerza para esta misión. Momentos de algarabía y últimas recomendaciones. Como no tengo prisa, me entretengo a mirar un poco. Niños bien vestidos, bien calzados, con bonitas mochilas en las que guardan libros, cuadernos, rotuladores y la saludable “ración de combate”, aseados, peinados, sanos y contentos. El abuelito tampoco tiene prisa y se queda pegado a la verja contemplando las evoluciones de la chiquillería, viendo a las señoritas y monitoras con sus babis de diseño alegre y oyendo el griterío y, en este Colegio Público de Santo Ángel, también la música de los altoparlantes exteriores que difunden música de cultura de medio pelo como “El Cascanueces” de Tchaikovsky.
¡Qué lindo todo! Hay resaltes sobre el asfalto de la calle para que los coches refrenen la velocidad y, por si ésto fuera poco, un municipal se pone en el paso de peatones, haciendo su baile de posturas, para reforzar la seguridad. A veces, el agente acude en coche y va con gorra de plato. Pero, otras veces, ha llegado en moto por lo que mantiene el casco en la cabeza y así le gusta más a los niños. Luego vendrá el recreo, volverá a sonar la música en los altoparlantes que ahora hacen oír La Danza de las Flores” y la abuelita que vive cerca, hace un alto en la monda de patatas para admirar lo guapo que esta el nietecito. Y en este idílico ambiente, los niños se comen el bocadillo y el brick de zumo.
Yo, porque me alcanza la edad para ello, conocí la aborrecida escuela de Machado. Bombillas colgando del techo, un mapa de España y una pizarra. Los escolares, una piazarra pequeñita, a veces ya rota por una esquina, en la que se escribía con pizarrín y se borraba con saliva. Tinta que se hacia disolviendo una pastilla que decíamos de "fuchina" en agua y que el maestro repartía en los tinteros de los pupitres. Luego aprendí que la fucsina es un colorante magenta así que ignoro de que eran, en realidad, aquellas pastillas mágicas que volvían el agua negra. Queso y leche de Mr. Marshall. La calle era el patio de recreo y nos  acercábamos hasta la calleja, ya fronteriza con el campo o orinar en grupo formando regatos que corrían por la tierra y la embarraban y que nos hacían gritar:
“El río Guadiana...
que cuando se mea la gente, mana...”.
Yo quería tener botas “Katiuskas” para poderme meter en los charcos pero mis padres no me las compraban para que llevase buenas botas de cuero que abrigaban más. Y en vez de un impermeable de plástico barato, llevaba una gabardinita como un Bogart en pequeño. Lo malo es que, un día, se me antojó un bolígrafo. Bien digo...¡¡un bolígrafo!! cuando este artilugio, se empezó a popularizar. Pero mi padre consideró aquello excesivo lujo para un niño que debía seguir con el pizarrín y, en todo caso, el lápiz y el sacapuntas.
Se que hay quien añora aquellos tiempos y los defiende como época de niños libres, imaginativos y emprendedores, pero con pantalones zurcidos y zapatos rotos, de juegos simples pero vividos con entusiasmo aunque muchas veces los juegos supusieran llevar una navaja en el bolsillo para afilar la bilarda, tirarse piedras o matar gatos y pájaros. Yo me quedo con esta escuela, con estos niños bien vestidos, bien calzados, que se distraen con juegos instructivos y que oyen en el recreo, dentro de las protectoras verjas del campo de juego, “La Danza de los Mirlitones”. Y, sin embargo, ¡qué sensación de languidez! ¡que profundo aburrimiento! ¡qué hálito pacato ese municipal del paso de peatones! ¡qué escalofrío de ñoñez ese Cascanueces del patio, tan simple como carcelario! ¡qué fastidio que me bote el coche en los resaltes!. Supongo que deberá ser así pero quizás fuera posible una escuela cómoda, limpia y agradable sin caer en la hiperprotección o en la pusilanimería.
Hace poco venía en coche para casa. Un grupo de niños de unos 3 o 4 años se disponía a cruzar la calle. Iban al cargo de una señorita muy joven. Se insinúo ésta un poco en la calzada, sonrió y alzó tímidamente la mano para que me parase. Así lo hice, encendí las luces de warning e incluso saqué por la ventanilla el brazo extendido y con la mano abierta para advertir a los conductores que pudiesen venir detrás de mi. La señorita alentó a los niños y estos, cogidos a una soga, cruzaron la calle. Al pasar, me dijeron adiós uno tras otros con la manita libre. Yo correspondí y con mayor énfasis a la señorita a la que le dediqué mi mejor sonrisa. Un detalle, una estampa del libro del Mundo Feliz. Pero, cuando la procesión escolar desapareció, solté un bostezo que se transformó en graznido porque, en mi subconsciente de niño malo, lo que me hubiese gustado decirle groseramente a la señorita es: “mueve el culo rápido y quita a esos enanos de ahí. Yo soy un hombre muy ocupado y tengo prisa”
Hay cosas que mejoran sin duda pero el precio es alto. O quizás sea solo cuestión de torpeza y gilipollez humana. Pero, por favor, ¡si se pudiera suprimir ese Cascanueces culturilla de campo de concentración!

martes, 2 de noviembre de 2010

Difuntos

Ayer fue el Día de Todos los Santos. Vestiduras litúrgicas blancas en recuerdo de la inmensa y apocalíptica multitud que acababa de salir de la gran tribulación. Hoy, día morado, auténticamente fúnebre.

Toda esta noche pasada, ha ardido la vela en el salón de casa. Es un rito ancestral. Recuerda a nuestros muertos y les dice a sus ánimas que, por favor, no vengan a visitarnos que, sin duda, ellos están bien donde estén. En mi pueblo, se llevaban al cementerio faroles de aceite y alli estaban, en cada nicho, uniendo su luz mortecina al tembleque íntimo de la noche de difuntos. Por este motivo, de niño, tenía asociado el olor del aceite a los muertos por lo que un escalofrío me recorría el espinazo cuando me acercaba a una alcuza. Ya reconciliado con la muerte, quizás porque soy mayor, quizás por cierta displicencia de médico, me he reconciliado también con el olor del aceite y me resulta grato apreciarlo en ricas ensaladas.

Por "razones del servicio" esta entrada se escribe utilizando modernas tecnologías móviles. Me gustan, me fío de ellas. Es posible que pensemos que nos atan a la vida y que nos alejan de la última y definitiva decrepitud. Pero la bateria de Li-ión se acaba. Tiene un número de recargas antes de ir al cementerio de reciclaje. También el pábilo de la vela vacilará y se apagará. Y para nosotros, humanos, la muerte y después...posiblemente nada.

Pero, sin embargo, que resuene para la esperanza el verso inmortal de Quevedo: "polvo seré, mas polvo enamorado".

sábado, 30 de octubre de 2010

Control policial.

Ayer había un control policial en la carretera de Santa Catalina. Justo en la bajada del puente de la Autovía, en dirección a Murcia. Allí está Autoferro, tienda de motos, donde compré la Daelim. Me costó solo 120.000 pesetas, barata porque las hacen en Corea. Fue gracioso y elocuente el vendedor. Dado que yo quería pagar a plazos u obtener alguna rebaja o simplemente regatear por obligación, le pregunté algo así como : "Bueno...y ¿para pagar ésto...? Y me contestó escuetamente: "Muy sencillo: usted me da 120.000 pesetas y se lleva la moto." Y, de manera fácil me hice con el scooter que luego utilizó Antonio más que yo para ir a la Facultad de Espinardo por caminos extraviados.

Digo que había control policial, pero como marchaba en dirección hacia La Alberca,  no me pararon. Menos mal, porque llevaba una saca de Pall Mall de contrabando. Pero, aunque soy un tipo duro, acostumbrado al fragor de la consulta, no dejó de darme un vuelco el corazón. Y me acordé de la mejor definición del eretismo cardiaco. Se le oí a un paciente joven que me dijo que sentía lo mismo "que el que se ha tomado un par de copas y ve a la Guardia Civil".

jueves, 28 de octubre de 2010

Runner y Goodbyeman

El uso correcto de las preposiciones es difícil. Lo es en castellano y lo es en inglés. Así, tengo que escribir que este blog se redacta normalmente "on a Mac" y creo que uso adecuadamente la preposición inglesa. Pero a donde yo quiero ir a parar es que, en primera instancia, lo que me gustaría es que su redacción estuviese hecha en un muy buen castellano. Por éso, los términos en otras lenguas serán escasos. Hoy, sin embargo, me he visto obligado a recurrir al inglés paupérrimo que conozco para bautizar a dos personajes. Lo he hecho así porque tengo que reconocer, sin que ésto sirva en absoluto de menoscabo para el español, que el inglés tiene cierto encanto para los motes o nicknames. A falta de conocer los verdaderos nombres o apodos de los personajes, quedan bautizados a los solos efectos de su ocurrencia en este blog, como queda dicho en el título de la entrada.

Runner, evidentemente, corría. Corría por toda la carretera de Santa Catalina de sur a norte y de norte a sur. Como el bus 6, iba desde El Charco al Alias y viceversa como un Sísifo pedáneo en un eterno ir y venir, en un viaje de mutuos retornos que no parecía tener fin. Corría atléticamente, como le hubiese gustado a Miguel Ángel verlo para esculpirlo. La cabeza erguida, el mentón prominente, la vista en el horizonte, el tórax poderoso en enérgicas respiraciones, los puños cerrados, piernas y brazos nervudos de musculatura a  punto de ser disecada, los antebrazos flexionados 90º en acompasados movimientos de biela de locomotora, la zancada enérgica y justa, golpeando el asfalto del arcén sin descanso y levantando luego el pie para que el talón buscara la nalga. Todos los usuarios de Santa Catalina lo veíamos en su inacabable y rápida carrera a diario y diariamente y no parecía recorrer otro espacio físico que el de esta carretera. No se sabía a ciencia cierta por qué corría ni si, aparte de hacer ésto, tenía otra misión en la vida. La leyenda urbana que se tejió en torno a él, aseveraba que se estaba preparando las oposiciones a bombero. Pero un día, desapareció.

Goodbyeman, evidentemente, decía adiós. Decía adiós con la mano -que es tanto como decirlo en todos los idiomas- a cuanto coche pasase por su observatorio de la carretera de Santa Catalina, ubicado en torno a la gasolinera y el bar Marilín. Daba igual su cilindrada y potencia, el color de su carrocería o el número de puertas y no importaba que fuese el coche de la policía o el carro de los muertos. Y decía adiós con convicción y sin desaliento, lo mismo en verano que en invierno, hiciese frío o calor, sin importarle que le respondiesen o no. Parece ser que su cerebro se resquebrajó con la edad y que su insanía mental le condujo a este sano vicio de decir adiós impenitentemente. Aunque nunca hablamos una palabra, me hice amigo suyo. Cuando ya iba llegando a su lugar de aposento, refrenaba un tanto la marcha del coche, lo buscaba con la vista a ver si estaba a la derecha o a la izquierda y, al pasar a su altura, nos intercambiábamos el saludo con la mano y la sonrisa. Quiero pensar que llegó a identificarme, a mí o a mi coche pero ya nunca lo sabré porque un día Goodbyeman desapareció.

Ninguno de estos dos hombres forman ya parte del paisanaje de la carretera de Santa Catalina. Goodbyeman se fue para siempre. Runner, si es cierta la leyenda, conseguiría su plaza de bombero. A veces, los médicos coincidimos con éstos pero, si un día encontrara al antiguo opositor, no reconocería en el hombre de uniforme ignífugo y casco rojo al de la camiseta, calzonas y bambos. Lamentablemente, no tengo fotos de ninguno de los dos. Así que pego en el blog aquellas de los sitios que les eran propios: las casas por las que andaba Goodbyeman, al lado de los "Vinos Gallego", la gasolinera donde ahora venden hasta las ínclitas Pastillas Juanola, junto a la carpa de los coches de ocasión donde se empleaba a fondo Runner y la cruz desolada que da nombre al carril. La próxima vez que vaya al bar Marilin, rezaré en ella por el eterno descanso de Goodbyeman, para que dotado de alas de ángel, siga diciendo adiós a los cometas y a las estrellas fugaces y ¿por qué no? para que San Juan de Dios, proteja a Runner del fuego y, sobre todo, para que si algún día me tiene que salvar de él, no le falte el fuelle a los pulmones que tanto ejercitó.

domingo, 24 de octubre de 2010

Teoría gastronómica.

Sostengo a ultranza una arriesgada teoría gastronómica que formulo a base de preguntas y respuestas. Hela aquí: "¿Dónde comerás la peor paella? En Valencia. ¿Y la peor ternera? En Ávila. ¿Y el peor cocidito? En Madrid. ¿El peor marisco? En O Grove. ¿La peor fabada? En Asturias. ¿El peor jamón? En Jabugo. Y las peores sardinas ¿dónde las comerás? Pues desde Santurce a Bilbao. ¿Y dónde se freirá con peor aceite? En Jaén. ¿Dónde te partirán el peor queso? En El Roncal. Y las peores raciones de pescaíto frito ¿dónde las comerás? Pues en Málaga" Y así podríamos seguir con varios ejemplos más pero creo que lo dicho deja a las claras el alcance de la teoría. Es, desde luego, una teoría provocativa. Lo sé y no tengo ambages en reconocer que busco abiertamente la provocación. Pero soy rebelde con causa y tengo un motivo interesado. No es, por supuesto, que quien se sienta aludido profiera zafios insultos contra mi persona sino que, antes por el contrario, decida invitarme con gastos pagados a su patria chica para que pruebe ora la paella, ora el jamón, sea el marisco, sea la fabada y así me convenza de que estoy errado y me retracte públicamente. Sería un periplo gastronómico y goliardesco por las tierras de España, sin soltar un euro, en busca de la verdad y del acierto del gourmet. Pero hasta que ésto ocurra, si es que ocurre, repito que sostengo a ultranza lo ya expuesto
Pero la teoría da para más y trasciende de su esencia gastronómica para adentrarse en la cotidianidad de la vida. Cual corbacho del Arcipreste de Talavera, sirva de reprobación no del amor mundano sino de un pecado aun peor, el de aquellos/as que viven del cuento. De entrada, la restauración tiene mucho cuento y éso que queda tan bien de que "a mi casa no se viene solo a comer" sirve para que el simple prescinda del paladar y halle bueno lo que le sirvan y coma por la parafernalia y alegorías con las que se lo presentan. Y así, por el mero hecho de estar en Valencia, hemos de encontrar buena la cutrepaella o excelente la mierdafabada solo por padecerla a orillas del Cares. Pero si los cuentistas fueran solo cocineros y maitres la cosa no pasaría de ahí. A comer a casa y todo resuelto. El/la cuentista abunda y arraiga en televisiones, periódicos, radios,  revistas y demás media pero también es fácil evitarlos. Quienes en verdad fastidian son los/las que acuden a tu lugar de trabajo a contarte algo verdaderamente interesante. Desertores de la trinchera por las más escabrosas vías de escape, con mucho tiempo, café y despacho, vienen a decirte con la apoyatura de slides tan vistosas como fútiles, cómo tienes que hacer las cosas, a ti que te encuentras enfangado en el trabajo sucio. Sonrisa aparentemente servicial y afable que se torna en rictus y visajes si osas aguarles la fiesta. Buscan que te quedes con mal sabor de boca, entristecido, porque eres un pesetero que trabajas por dinero y ellos son artistas que y visionarios que tratan de que el mundo funcione mejor. ¡Qué se los lleve el diablo como a la cutrepaella y a la mierdafabada!
Y que el diablo no nos traiga la desilusión. Que nadie recorra ninguna ría desde algún Santurce a algún Bilbao buscando las sardinas del ensueño, la magia y la perfección ¡Cuantos viajes perdidos y cuantas travesías inútiles! Se busca lejos o, en todo caso, fuera y no se encuentra y todo queda en oropeles y quincallería.
Y se acabaron las filosofías baratas, porque hay que volver a la paella para decir que ayer comimos la familia con los primos de Salamanca un rico arroz a banda en el "Único29", en la carretera de Santa Catalina, muy cerca de El Charco. Y ¿cómo estaba el arroz? Pues éso, un arroz a banda, como el mejor del mundo.

domingo, 17 de octubre de 2010

Soy un gamberro

Me he echado por amigo pandillero a Antonio Villafaina, uno de los autores del excelente blog Salud y otras cosas de comer. En un mensaje me decía que para escribir un blog había que ser un poco gamberro. Estoy de acuerdo por que no deja de ser un desatino escribir con la intención de que otra persona pierda su tiempo leyendo lo escrito. Claro que es muy posible que el autor piense que lo escrito es bueno y que la humanidad necesita leerlo como también el gamberro piensa que su acción incivil resulta, cuanto menos, graciosa u original. Ésto podría ser hipótesis pero creo rigurosamente cierto que, tanto la escritura de un blog como la gamberrada, tienen un mucho de deshago o exabrupto, el uno mental y el otro físico.

Nadie lo diría al verme pero lo confieso: soy un gamberro. Debajo de mi aspecto de formalidad, correctamente vestido, con corbata y chaqueta, con los puños de la camisa impolutos y los zapatos exquisitamente lustrados, hay un vándalo y un atracador de bancos. Pero casi nunca he ejercido como tal porque han vencido en mis decisiones el control de la buena sociedad a la que pertenezco y una natural torpeza para ciertos equilibrios y habilidades físicas que requiere la vulgar gamberrada. De niño, solo recuerdo que iba con los amigos a tirar bombillas fundidas a casa de alguna anciana. Se trataba de hacerse con la bombilla ya inservible, conjurarse el grupo, elegir la víctima propicia, llegar hasta su puerta, abrirla de malos modos y de sopetón y el que llevaba la bombilla, lanzarla con decisión contra el suelo del portal. La ampolla explotaba (o implotaba que no lo tengo claro), uniéndose el ruido del proceso físico al de los cristales rotos. Luego era la huida en desbandada dejando atrás los improperios, insultos y maldiciones.  La que ahora es mi mujer, que vivía sola ejerciendo de maestra rural, sufrió la pueblerina broma por parte de los quintos. Recién llegada de su Salamanca natal y no acostumbrada a estas bravatas rurales, quiso hacer intervenir a los Cascos Azules hasta que los compañeros le explicaron que era costumbre ancestral y que debía tomárselo con sentido del humor.

Me hubiese gustado romper una bombilla encendida, de las del alumbrado público, de una pedrada. Es una gamberrada exquisita, un sutil acto vandálico. Al amparo de la noche, por la callejuela, se ve la luz débil de la lamparilla, fijada a la pared mediante un sencillo soporte metálico dotado de una tulipa. Pero la bombilla está ahí, indefensa, al alcance de la piedra. Se busca una apropiada, de tamaño idóneo, ni muy grande ni muy chica. Quizás incluso ya se lleve en el bolsillo porque la mala intención se abrió paso en la mente cuando el pie tropezó un rato antes con la piedra adecuada. Se sopesa, se tantea, se toma puntería y el tiro sale exacto para golpear el frágil cristal. El ruido de la explosión (o implosión), el de la piedra rompiendo los cristales y golpeando la tulipa y luego el de aquella al caer al suelo. Y ahora, el silencio y la oscuridad, un perro que ladra y unas risotadas ahogadas. El acto destructivo perfecto ha consumado en unos segundos. Pero ¡ay! yo soy torpe. Nunca supe tirar piedras con precisión. Posiblemente, si hubiese intentado romper una bombilla, habría fracasado al primer intento, la piedra cayendo al suelo sin alcanzar su objetivo. Y al segundo, y al tercero...Y ya todo pierde su gracia y yo quedaría mohíno y avergonzado y los remordimientos se abrirían paso en la conciencia porque nos arrepentimos más de las malas acciones fracasadas que de aquellas en las que hemos logrado el objetivo aunque éste sea maligno.

Ya no hay bombillas de incandescencia en el alumbrado público. Ahora son altas farolas con lámparas de descarga en vapor. Muy difícil alcanzarlas con una piedra no solo para mi sino tal vez también para un gamberro experto. O quizás, ya no está de moda. Desisto, pues, de retomar el tema. Ahora preferiría hacer shoefiti, actividad ligada a múltiples leyendas negras pero que puede reconducirse como arte tribal y espontáneo. Pero estamos en las mismas: ¿seré capaz de lanzar con precisión las zapatillas anudadadas por los cordones? ¿Quedaran airosas y estéticamente colgando de los cables de la luz? Lo más seguro es que cayeran una y otra vez al suelo, dando tiempo a que acudan los municipales y me digan éso de "pero a usted no le da vergüenza..." Tampoco puedo incendiar un contenedor de la basura sin grave riesgo de quemarme las manos. Y me gustaría ¡claro está! pintar grafitis pero mis dotes pictóricas son escasas, o ir con la motillo echando leches con el tubarro metiendo metralla pero seguro que me rompería la cabeza al primer frenazo. Como le dije al también excelente bloguero Enrique Gavilán, he pensado que algun grafitero experto me decore la puerta de entrada de mi consulta e incluso alguna pared de ésta. Pero dudo de que mis superiores me den permiso y de que mis pacientes vean éso como acto propio de la sensatez y cordura que se le supone a un médico.

Así que no tengo más remedio que refugiarme en este blog y hacer gamberradas con la escritura. Dejar libre el pensamiento y las ideas y reclamar ese aire canalla que tan bien viene en un mundo edulcorado y de puñaladas traperas con guante blanco.

martes, 12 de octubre de 2010

L@s burr@s o los/as burros/as. ( y II )

Es cosa sabida que los burros se alimentan de paja. Cuento siempre ésto cuando denosto la fruta que alguna compañera come plácidamente en el descanso breve. Le digo que su intestino no podrá digerir bien un alimento tan rico en celulosa, cosa que no le ocurre a aquellos animales porque, providencialmente, en su flora intestinal existen unas bacterias capaces de degradar la celulosa y hacerla asimilable. De ahí, le aclaro, que los burros puedan comer paja. Con lo cual le amargo la manzana de Blanca Nieves que estaba ingiriendo a dentelladas como era mi maligno objetivo. Y si estamos entre hombres y surge el tema, no me resisto a contar un chiste canalla, como no me resisto a contarlo en este blog. A pesar de su registro grueso, lo escribo con cariño y con la delicadeza que me merecen sus humildes protagonistas.
En la España de la postguerra estaban dos pastores que pasaban largas temporadas en la soledad de los campos, días, semanas, meses quizás. Uno de ellos, algo mayor, acude de vez en cuando a un lugar excusado para entregarse al vicio solitario como consuelo de su forzoso celibato. El otro, un adolescente, un niño casi, lo ve alejarse, no sabe a donde va ni lo que hace. Pero un día se atreve y le pregunta:
- Fulano ¿por qué te vas tú solo de vez en cuando? ¿Y qué es lo que haces?
El pastor mayor se da cuenta de que ha llegado el momento transcendental en el que debe transmitir a su compañero ciertos conocimientos de supervivencia y camaradería. Así que le da unas sucintas explicaciones y lo manda al lugar excusado. A pesar de su bisoñez, el mozalbete tiene éxito en su primera experiencia y vuelve nervioso, rubicundo, atacándose de manera azorada la camisa y ciñéndose los pantalones.
- ¡¡Fulano...!! ¿ésto qué es...? ¿ésto qué es...? 
Y el otro, entre risas, le contesta: 
- Eso es una paja, hombre...
- Pues si ésto es paja, los burros comen dulce membrillo....
¡Los burros comen dulce membrillo...! No encontró el infeliz algo mejor a que comparar su placentera experiencia que a aquel postre y merienda, manjar exquisito para los niños del hambre. Por eso, el chiste trasciende de su burdo encanto y tiene para mi incluso un valor etnográfico, como el de esos museos aburridos que hay en bastantes pueblos.
Y a mi pueblo del que yo era su médico rural, llegó una vez un infausto personaje. No venia en burro pero él parecía serlo aunque se presentó como un “inspector”. Vino a decirme que yo “no estaba haciendo las cosas bien” algo inaudito en mis pésimas condiciones de trabajo, con la penosidad de estar solo, alejado, aislado y en guardia permanente. Le contesté que consideraba una putada su visita y que no era bien venido a mi casa. Entonces se ruborizó visiblemente y comprendí que no, que no era un burro sino un ser humano que hacía lo que sabía para sobrevivir. A pesar de eso, le hice un gesto que equivalía a darle el cabestro para que arrease. Heredero de este personaje, son quienes ahora censuran el Internet en las consultas por lo que será bueno dejar constancia en esta entrada de mi adhesión en cuerpo, alma y blog al movimiento en pro del libre acceso, cuyos manifiestos pueden verse en otro blog de un compañero y también amigo facebookciano
Hace ya mucho tiempo que no veo a un burro. Ni siquiera por la carretera de Santa Catalina. Más aun: afirmo rotundamente que no pasan burros por la carretera de Santa Catalina. Y ¿cómo estoy tan seguro de ésto? Elemental: porque no veo ni huelo sus boñigas. Por supuesto, ningún enfermo viene ya en burro a mi consulta. No encontraría pilón para que abrevara, ni argolla para atar el cabestro. Me alegro de que sea así, de que puedan sacarse las llaves del coche y el móvil, incluso la Blackberry, del bolsillo cuando les pido que se tumben para explorarlos. Me alegro por los hombres que tienen su ir y venir más cómodo y por los burros, antes muchas veces maltratados y humillados. Algunos de mis pacientes son camioneros. Van a Holanda y Alemania o pasan el túnel bajo el Canal de la Mancha, como yo voy al Bar Marilín. Ya no hay arrieros como los que en su tiempo pasaron por la carretera de Santa Catalina, como los que ensalzó como nadie Atahualpa Yupanqui en una de las canciones más emotivas que conozco. Y ahora tengo el pesar de no haber reparado en los asnos de mi infancia y mi juventud, en el de la noria, en el de la panadería, en los dos que llevaron a mis antiguos pacientes a que les tomara la tensión. Pero sé que es mejor así y que ahora la lucha y el recuerdo debe ir dirigido a que nadie cumpla el papel de aquellos burros.