sábado, 24 de diciembre de 2011

Una aproximación psicótica a las felicitaciones navideñas.

Hace ya bastantes años que su mente se hizo arena, sus ideas viscosas y sus pensamientos empezaron a salir de un pozo sin fondo. Su cara se convirtió en una careta de cartón, hipomímica, según dice nuestro argot y sus ojos se quedaron fijos para siempre en un punto ignoto. La veo con cierta frecuencia por el centro de la ciudad con sus andares lentos y rígidos, encorvada, mirando al suelo, sujetando firmemente la correa de su bolso como quizás alguna vez se aferró a la esperanza. Sumida en sus obsesiones o tal vez en su cabeza solo haya un telón blanco. Los demonios van siempre con ella, queriendo perjudicarla, queriendo hacerle daño. Ha entrado en el selecto club de las marcas punteras como la Quetiapina o la Olanzapina que ya no le resultan gravosas por su reciente condición de pensionista.


Ayer vino a la consulta por sus recetas y a traerme una cajita de Ferrero Rocher. Me preguntó que si me gustaban y le dije con sinceridad que sí. Luego me dio su felicitación navideña: una postal con un Sagrado Corazón metida en un sobre en el que venía escrito mi nombre rodeado de corazones. Me pidió que la leyera delante de ella y yo la obedecí aun a sabiendas que diría lo mismo que otros años. En realidad, el sobre venía escrito por detrás, una especie de largo remite, correctamente redactado y con un discurso fluido que contrastaba con su hablar pastoso. Y ésto es lo que leí:

Rte: XXXX. Una admiradora. Miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La única Iglesia Verdadera que hay. La que más sabe de todas las Iglesias.¡¡MUCHO ÁNIMO!! Y SUERTE EN LA VIDA. CUÍDESE y cuide de los suyos  
- Para que siga siendo tan buen médico como hasta ahora.
- Para que haga el bien constantemente y no se canse nunca de hacer el bien. 
- Para que vaya por el buen Camino y sea una persona de bien.
- Para que Dios le bendiga con salud según sus años y enfermedades se lo permitan; con trabajo; con Dinero; con su Amor y Compañía.

Pues bueno. A pesar de ser yo malo, hago mía esta especie de felicitación y proclama de buenos deseos y me honro dejando constancia de ella en este blog. Intuyo que hace un cierto trabajo de proselitismo pero yo nunca me afiliaré ni a un partido político ni a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Porque luego mi enferma me hace el comentario de siempre. Se va a ir al Infierno porque fuma y su Iglesia se lo prohibe. Al parecer, también prohibe el café, la Coca-Cola y otras cosas similarmente dañinas para el cuerpo. Y yo, metido a misionero de secano, le arguyo que Dios es misericordioso y le perdonará ese pecado sin duda venial. Añado que debe dejar de fumar por su salud pero que no se obsesione con el Infierno porque ella ya ha cumplido con creces su penitencia. Y ahora viene el Demonio y sus esbirros en la Tierra, esas cosas que ve en los kioscos y en la televisión, sin dudas representantes del Mal.

Así que, en esta mañana de Nochebuena, felicito la Navidad desde la insania y la pesadumbre. Y agradezco las bonitas palabras que salen desde los corazones desgraciados y las mentes destempladas. Porque los parlamentos y los discursos lindos manan de la fuente de la tranquilidad y el optimismo y cuando el dolor y la tristeza nos oprimen solo queremos decir algo tan simple como ¡ay, ay, ay!

domingo, 4 de diciembre de 2011

La muerte nos iguala a todos.


Éso, al menos, dicen el Dalai Lama y el tópico. Es posible que sea así, que después de la fecha precedida por una cruz, todos nos volvamos hermanos al retornar a la madre Tierra. Pero creo que solo en la muerte de los gusanos, la corrupción y el más allá, la que yo tenía asociada al olor del aceite de oliva. Quizás no en la muerte social, en el fenómeno mundano de la esquela, en el planto propagandístico, no en las pompas fúnebres que, como su mismo nombre dice, son pompa y circunstancia. Y yo digo que lo del aceite de oliva es porque en mi pueblo se acostumbraba a poner faroles que la quemaban para exorno de los nichos. Me iba al cementerio de niño el día de los difuntos atraído por aquel abismo que ya intuía tremendamente dramático. Me gustaba terroríficamente el cura revestido con capa pluvial negra y la cruz alzada que recorrían las sepulturas aspergiéndolas con el hisopo y rezando responsos. En realidad, los responsos podían ser cantados o rezados según la voluntad de quién los encargaba. Evidentemente, más caros los primeros que los segundos cómo los entierros de primera, segunda o tercera, terminología que asimilaba el funeral con los billetes del tren. De ahí el dicho popular de “más triste que un entierro de tercera”. Pero quizás aquel olor del aceite, quemándose en el farol, igualaba en mi mente toda la parafernalia escatológica en un sudario olfatorio que evocaba todo el desafío de la incertidumbre y el miedo absoluto. Reconciliado ya en la madurez con la muerte que "es nadie si va en tu montura”, el aroma inconfundible, místico y oleoso, ha retomado su grandeza, sin más parangón que el del vino, para ser bienvenido en el aliño de la ensalada o en la fritanga de las patatas, las alitas de pollo o los boquerones.




Reconciliado, pues, con la muerte, visito los cementerios como parte integrante de la trama ciudadana o pueblerina. Desde los camposantos castellanos adosados a las iglesias a éstos más opulentos como el que tuve la oportunidad de ver el pasado fin de semana en Alcoy. La ciudad modernista se vivencia también, paradójicamente, en la ciudad de los muertos. Y aquí la muerte no nos iguala porque hay humildes nichos mesocráticos, de igualitaria factura en sus bloques anodinos y panteones fantásticos y fantasiosos, obras de arquitecto y escultor. Sencillos ramos de flores y ángeles marmóreos que piden imperturbablemente silencio. Florero de plástico y figura de mujer transida de dolor que, sobre terciopelo ondulado, abraza el sepulcro. Y esa tremenda belleza del musgo y la humedad sobre la piedra incorrupta en una estética de inexpresivo oropel y dolorido ensimismamiento. En el paseo fotográfico hay que bajar también a las catacumbas para visitar el enterramiento del “Pelletes”, el alcalde alcoyano que ordenó abrir fuego sobre los manifestantes y fue posteriormente masacrado durante la Revolución del Petróleo. Porque se supone que aquí ya nos hemos perdonado mutuamente y descansamos en paz el uno junto al otro.




Ni que decir tiene que, tal y como suponen los médium y demás investigadores del más allá, en las fotos aparecían seres que el ojo no vio en su momento. Etéreos, evanescentes, fantasmales, con ropajes que se difuminaban con el aire circundante. He procedido a eliminarlos cuidadosamente con el Photoshop. No tengo nada que ver con ellos y prefiero que, por ahora, permanezcan en su reino de los muertos. Me quedo con las historias de los que aun estamos de este lado. Porque, aunque reconciliado con la muerte y con el olor del aceite de oliva, me sigue gustando más el mundo carnal. Así que quédese para ellos el silencio que reclaman los ángeles, la paz de la hermandad igualitaria y las flores siemprevivas. Yo todavía tengo que hacer mucho ruido y oír el fragor estentóreo de las historias de desigualdad y de la tristeza del desamor. Y el aceite, para freír los churros del desayuno.

lunes, 28 de noviembre de 2011

La aceituna rellena de Alcoi.

Con la brevedad de lo bueno y de la precariedad del dispositivo móvil que uso. Pero es necesario venir a Alcoy para visitar la casa madre de las aceitunas rellenas de anchoa. !Gran invento como pocos el que tuvo lugar aquí! El paradigma de la tapa, la plenitud del aperitivo, el acompañamiento ideal de la cerveza. Así que me fotografío orgulloso en el reclamo de la fábrica El Serpis y hago mío el goce de tan sencillo alimento. Y no son necesarias bonitas palabras. Quedénse éstas para los fabricantes desoficiados (y normalmente falsos) de bonitas palabras. Porque los ramplones solo queremos hacer nuestro trabajo y premiarnos luego con la hermosa sencillez y la gula venial de la caña y el esplendor del platito de aceitunas rellenas.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Días de libre disposición.


En su día, me perdí irreparablemente los días de nupcialidad. Me refiero al permiso que la providencia estatal, de la cual dependía y dependo, concede a aquellos de sus empleados que van a contraer nupcias. Yo no sabía que aquella benignidad existiese. Y ¿cómo lo había de saber si era poco más de un mozalbete que se casaba por amor? No acudí, por tanto, a ningún sindicato ni de clase, ni amarillo, ni horizontal, ni vertical ni llamé, a través de operadora, a ninguna oficina ministerial y espesa para que me informasen. Bastante tenía con llamar, con toques de nudillo comedidos, a la ventana de la que ahora es mi mujer, ventana debajo de la cual aun salía la toma de tierra del telégrafo. Pero ésto de la toma de tierra y sus colaterales es un detalle harto importante que merecerá su propio post cuando convenga. Baste por ahora repetir que perdí irreparablemente los días de nupcialidad.
Es cierto que la culpa no es totalmente mía sino que en la comisión del delito participaron buenos amigos. Digo que, en la ignorancia de que existían quince días de permiso para el evento boda, decidí solicitar mi mes de vacaciones reglamentarias. Me dirigí al Ayuntamiento de mi pueblo, donde los amigos actuaban, para que me mecanografiasen la proverbial instancia. Y uno de ellos, ya desgraciadamente muerto, me aconsejó: “¡Pon que te vas a casar!”. “Hombre, mire usted, no hay que poner éso porque me corresponde un mes de vacaciones y no tengo que dar explicaciones”. “Pues tu pon que te vas a casar porque si no, no te las dan”. “Pero ¿cómo no me las van a dar si es mi mes de vacaciones?”. Así las cosas y pensando inocentemente que no tenía nada que perder accedí y, entre todos, redactamos una tan bonita como emotiva instancia en la que rogaba a la superioridad correspondiente que tuviera a bien concederme un mes de vacaciones para ir a casarme con objeto de formar un hogar y recibir los hijos que me mandase Dios para el engrandecimiento de la Patria. Pero, el día antes de partir hacía Salamanca en el traqueteante 2 CV, llegó quien me había de sustituir que resultó ser el también amigo Luis Jesús, compañero de Facultad aunque de un curso posterior, quien, en la convidada de la barra de bar me comentó: “Me han dicho en Sanidad que a ver si se te va a ocurrir luego pedir los quince días de nupcialidad”. Pero yo oí aquello como zumbido de moscas y me limité a pedir otra ronda.



Ahora, más viejo, más miserable y mezquino, casado ya para siempre y curtidamente condecorado con muchos trienios, rememoro con un crujido de dientes aquella pérdida tan inmensamente notoria y convengo conmigo mismo en que la sociedad en general y mi empresa en particular tienen una enorme deuda que pagarme. Así que, con total tranquilidad de conciencia, me tomo los días de libre disposición que, en venganza, me corresponden. Tampoco ahora acudo a sindicato alguno. Me limito a mirar una planilla, sabiamente dispuesta en el tablón de anuncios, por el Coordinador del Centro de Salud que es mi superior inmediato.  Sabidos los días de que dispongo y mediante un programa informático, solicito uno y otro más. Es de admirar la grandísima lista que se despliega cuando activas donde dice “Tipo de permiso deseado”. Supongo que allí vendrá también “Nupcialidad” pero no quiero ni mirarlo para no volver al rechinar de dientes. Aprendida la lección, ni que decir tiene que, en el apartado “Observaciones” no hago constar nada, ni que me voy a casar ni que tengo que acudir a un evento, sea boda, bautizo o comunión. Los días son míos, me los deben con creces y punto.
Sé que estas mejoras, estos logros, estos disfrutes y estos devengos, son el último eslabón de la lucha de idealistas, soñadores y entusiastas. Pero ¿quién piensa ahora en ellos cuando ya sobre sus cenizas se sientan acomodados oficinistas? Yo aporté mi grano de arena a la lucha al perder mi permiso de nupcialidad y con éso basta. Así que en los días de libre disposición, si no hay que acudir a parte alguna, me dedico a pasear por la ciudad, a tomar café tranquilamente o a comprar vino y aceitunas rellenas en el supermercado de “El Corte Inglés”, ésto es, a no hacer nada práctico.
Y a propósito de lo práctico ¿qué he oído de unos sobres que había que utilizar hoy?

domingo, 13 de noviembre de 2011

La gasolinera, el destierro y la espuma de la cerveza


La buena costumbre de colocar el coche de forma que el costado donde está la boca de carga del carburante coincida con el surtidor no me la enseñaron los jesuitas. Supongo que sería porque entonces los adolescentes no teníamos coche. Pero hago la maniobra tomando está prevención para evitar tener que alargar la manguera en exceso y para que ésta no roce y ensucie la carrocería. Creo que en este blog se ha hablado de la gasolinera de la carretera de Santa Catalina pero, en realidad, a donde yo más acudo a repostar es a la que está a la entrada de Algezares, recorriendo para ello un breve tramo de la Costera Sur. Lo hago por tres motivos, el primero de los cuales es que su lavadero me resulta más cómodo y sencillo. El segundo es que dispone de un moderno aparato para darle aire a los neumáticos. Es cierto que cuesta un euro utilizarlo ( 25 céntimos por rueda) pero su manejo es fácil y el manómetro, digital y automático, se supone que exacto. El último y más irrelevante es que el servicio es asistido y digo irrelevante porque llevo bien lo de ponerme los guantes de plástico con cierta prosopopeya, como cuando voy a explorar heridas, supervisar curas o ¡ay! realizar un tacto rectal y servirme yo mismo manejando con soltura el boquerol.
Conocí los surtidores manuales de gasolina, los que disponían de dos cilindros verticales y aforados de cristal. El operario giraba una manivela para cargar los cinco litros de cabida de cada cilindro y se veía como el líquido, inflamable, viscoso y mate, de un color oro viejo como el de algunos vinos, subía de nivel burbujeando. Luego se accionaba otra vez la manivela para hacer que la gasolina se vertiese en el depósito. También se usaba una manivela para arrancar el motor, tras cebarlo, atrasar el encendido y cerrar el estrangulador. Recuerdo perfectamente aquel artilugio y aun el agujero en el que se introducía hasta el cigüeñal y luego supe que, si el chaffeur era poco hábil o demasiado confiado, la arrancada provocaba su giro intempestivo, golpeando la muñeca y produciendo una fractura de Colles. Era la época en que los trasiegos de gasolina de depósito a depósito eran frecuentes, dada la precariedad del servicio. Para ello, el chaffeur se servía de un tubo de goma por el que aspiraba con la boca consiguiendo que el líquido fluyese. Luego venía el sonoro escupitajo para eliminar los restos.
Por curiosidades del recuerdo, tengo asociadas las gasolineras a la pena de destierro y a la espuma de la cerveza. Estando en el colegio de los jesuitas, ya al final del bachillerato, llegó un compañero nuevo. Posiblemente omitiendo detalles sustanciosos, mi padre me contó la historia. El padre del compañero regentaba un taller mecánico y una gasolinera anexa. De manera quizás adelantada a la época, este hombre colocó allí un par de chicas. El caso es que iba a repostar un marquesito que empezó con la manía de decirle galanuras y requiebros a las chicas. No sé si se propasó, pero el padre de mi compañero le advirtió de que fuera más comedido y, como quiera que el marquesito no le hizo caso, terminó propinándole una bofetada. Hubo el consiguiente juicio y el defensor de la honra de sus empleadas, terminó condenado a destierro a una distancia mínima de 30 kilómetros. Se mudó la familia y así es como vino a parar a mi clase el nuevo compañero. Cuando llegó el día de la fiesta del pueblo de origen, los desterrados quisieron celebrarla en el exilio y nos invitaron a su casa a algunos amigos. Allí me sirvieron una cerveza pero, al irla a echar en el vaso, el compañero me preguntó: "¿Cómo la quieres? ¿Con espuma o sin espuma?". Yo era un bebedor novel, totalmente inexperto -quizás fuese la primera cerveza que bebí en mi vida- y no comprendí el alcance y transcendencia de la pregunta. Salí del paso como buenamente pude pero aun recuerdo al amable compañero sin saber que hacer con el cuello del botellín posado sobre el borde del vaso.

Pienso en todo ésto en la mañana otoñal, cuando el sol ya despunta sobre la Costera Sur, cuando voy camino de la gasolinera de Algezares con mi coche macarra discretamente maqueao. Allí asisten también, como en la del padre de mi compañero de colegio, unas chicas muy eficientes y amables que manejan con igual pericia la boca de carga y el boquerol como la tarjeta de crédito. Las veo atractivas con su mono de trabajo, su chaleco reflectante y sus botas de reglamento. Ya todo es moderno, los surtidores, el lavadero, el manómetro del aire de los neumáticos. Y esa tienda donde, además del lubricante y el líquido del radiador, venden desde pan a periódicos. Y pienso también que ya en la literatura médica no figuran los golpes con la manivela de arranque de vehículos como mecanismo de producción de la fractura de Colles. Todo éso ya es historia y pieza de museo.
Desgraciadamente, quizás solo siga siendo actual la figura del marquesito. Me imagino que estas chicas de la gasolinera habrán tenido que aguantar alguna que otra impertinencia de esa nobleza a quien el título se lo ha dado el diablo y los malos instintos. Así que, probablemente, algún día me encontraré con otro desterrado por causa de una bofetada. Y como nos haremos amigos, me invitará el día de la fiesta de su pueblo. Ya no hay ningún problema: sé perfectamente lo que tengo que decir cuando me pregunte si la cerveza la quiero con espuma o sin espuma.

domingo, 6 de noviembre de 2011

La Gran Tribulación del Tranvía de Murcia.


El pasado día 1 de noviembre fue festivo. Se conmemora a Todos los Santos que en el Cielo son. En la liturgia católica, una de las lecturas de la misa es el pasaje del Apocalipsis (Ap 7, 9-17) donde el autor nos narra como, en su visión, ve a una inmensa muchedumbre vestida de blanco y un anciano le explica que esos son los que han salido de la Gran Tribulación. Deseoso, pues, de tener yo también un tan grande tribulación, decidí montarme en el tranvía de Murcia para que me llevase hasta el estadio de la Nueva Condomina y el centro comercial de igual nombre, juntos los dos el uno del otro. Así que el objetivo era, ni más ni menos, que coger el tranvía en la Plaza Circular, ir hasta el destino citado y regresar con bien. Todo en la misma mañana de cementerios, tumbas y flores. Ana, previamente avisada y entrenada, me acompañaría en la aventura.


El tranvía de Murcia es una de estas bonitas obras de la grandilocuencia y la providencia municipales. De momento, funciona la línea 1 que tiene un curioso trazado en U y puede llevar al viajero desde las Universidades (la UMU y la UCAM) hasta el corazón de la ciudad y, de ahí, a la Nueva Condomina. Los trenes y las marquesinas de las paradas son de un bonito color verde manzana y la catenaria y sus soportes ofrecen un contraste de esbeltez y modernidad a juego con las seculares palmeras huertanas. Aunque de vocación pedánea, nada hay en este montaje de ingeniería que haga presuponer desgracias, descarrilamientos, electrocutamientos, túneles que se hundan o puentes que se desmoronen. Pero el avatar de los grandes viajes siempre esta dispuesto a darnos alguna sorpresa. Quizás sea por éso por lo que Ana se presentó a la hora - las diez de la mañana - y lugar convenidos, comiéndose a dentadas una manzana, concepto tan bíblico como el de la Gran Tribulación. Mirados y estudiados concienzudamente horarios, paradas y precios y las distintas admoniciones en castellano e inglés, fuimos hasta una terraza de la Plaza Circular a desayunar sin querer pensar en que bien podía ser el último. Y, dentro de esta actitud preventiva, no dejamos de llevarnos el botellín de agua por lo que pudiera pasar en los secarrales que teníamos que atravesar.



De vuelta a la parada, el panel luminoso nos informa de que el próximo tranvía pasará dentro de quince minutos por lo que, para aprovechar el tiempo, nos vamos andando hasta la siguiente, de nombre “Marina Española”. Allí sacamos los títulos de transporte en la máquina expendedora por 1, 35 euros cada uno. Y ya se aproxima el tranvía tocando la campana, se para, abre sus puertas neumáticas y, sin vacilación, lo abordamos. Una voz de mujer va cantando las paradas y, en cada una de ellas, se detiene el tren y vuelve a abrir y cerrar sus puertas con gran parafernalia de pitidos y mecanismos que chascan. Recuerdo, y alguna se me olvidará, “Los Cubos”, “Churra”, “Príncipe de Asturias”, “La Ladera”...y así hasta “Estadio Nueva Condomina” donde la voz de mujer añade “final de trayecto”. Descendemos ilusionados a un andén de cemento en cuyo extremo dos grandes y férreos topes indican bien a las claras que ahí se acaban las vías y el mundo conocido con ellas.



El centro comercial está solitario y aburrido, las tiendas cerradas y el interior desierto. Afortunadamente, ya empiezan a funcionar bares y terrazas y nos tomamos un bien merecido café con su cigarrillo por mi parte. Podemos incluso comprar unos divertidos donuts rellenos y de colorines fantasiosos. Y vuelta al tranvía que ahora espera anacrónicamente junto a una rambla mientras el sol calienta las catenarias de 700 voltios de corriente continua. Para hacer fotos de este paisaje arisco y bonito, decidimos ir andando hasta la parada del “Thader” por carreteras y vericuetos, por puentes sobre la autovía y por aceras desastradas, en un compendio de estos contrastes entre urbe y campo que son tan frecuentes y gratos en Murcia. Conseguido el reto, esperamos junto a un curioso paso de peatones que une el andén con un terraplén después del cual se supone que estará el fin del mundo por lo que solo es de esperar que vengan por ahí zombies o extraterrestres. Ya  llega otra vez el tranvía, ya abre sus puertas y ahora nos montamos en la primera fila, junto a la cabina del piloto. Aunque un tanto precariamente, durante el trayecto de regreso, estuve observando sus manipulaciones en el puesto de mando blindado, cómo modificaba la velocidad con una palanca deslizante de diseño aeronáutico, cómo el velocímetro llegó a marcar 50 km/h y qué botón oprimía para tocar la campana. Y no dejé de sentir cierta conmiseración al ver que estaba atado, cual galeote, al panel metálico de su izquierda, con una gruesa cadena que, aunque azul y extensible, no dejaba de ser una gruesa cadena. Algo tendrán que opinar de ésto los sindicatos ferroviarios. Y de regreso a la Plaza Circular terminó, con bien y paz, lo que no fue la Gran Tribulación que nos prometíamos sino una divertida y barata excursión.




El tranvía de Murcia tiene previsto extender sus líneas en un futuro. Pero sus vías y sus catenarias no se tenderán sobre la carretera de Santa Catalina. No sé si ésto me agrada o no. Me hubiera gustado cogerlo cerca de casa o incluso que pasara por mi puerta describiendo esa curva mayestática que ahora traza el bus 6. Pero, pensándolo bien, me conformo con éste que hace más ruido, se bambolea más y en el que todavía algunos viajeros vejetes hablan con el conductor.

domingo, 30 de octubre de 2011

Mi funciones en "El Corte Inglés" ( y II )


La semana pasada conté lo de aquella memorable ocasión en la que me pidieron fuego cuatro veces. Pero luego vino el corralito de fumadores y después nos arrojaron a la calle. No me quejo. Ahora, cuando voy a “El Corte Inglés”, fumo debajo de la marquesina. Por suerte, se coloca cerca un acordeonista callejero y el tráfico de las gentes es entretenido. La música da un tinte bohemio al cigarrillo y los paseantes parecen padecer nostalgia de tiempos mejores. Además, mi pose de pasmarote mirón, debe atraer al público por lo que, en bastantes ocasiones, hago de informador desinteresado. Se me acerca una señora bien. Yo, por lo que pueda pasar, doy una larga calada de humo pero se limita a preguntarme que dónde está el edificio “Alba”. “Al final de esta calle, a la derecha, señora”. Me da las gracias, se despide y, por ahora, ahí queda la cosa. Viene ahora un señor que dice ser turista y que, de camino de Benidorm a Málaga, ha decidido entrar en Murcia para conocerla. Me pide información sobre que monumentos o cosas bonitas pueden verse en la ciudad pero se apresura a añadir que ya ha visto la Catedral, el Casino y que ha llegado hasta una plaza redonda con una fuente muy grande en el centro. Así que me veo en un brete porque, en realidad, ya no hay más que ver, no, al menos, para un turista desoficiado, que sólo va a pasar dos o tres horas aquí. Pero, en parte por amor a la tierra y en parte porque me daba pena de aquel pobre hombre, le sugerí que se acercase a ver los restos de muralla de la plaza de Santa Eulalia. Se lo dije sin convicción: no deja de ser un tanto cruel mandar a los curiosos a que anduvieran un buen trecho bajo el sol para ver cuatro piedras y más cruel hubiera sido invitarlos a visitar el Museo “Ramón Gaya”, provinciano y enclenque. Quizás la mirada intuitiva de aburrimiento, que echó la niña que le acompañaba, alertó al turista quién meditó mi propuesta durante unos segundos para preguntarme entonces que donde se podía comer barato y bien. Le alabé esta sabia decisión y le informe lo mejor que supe.
Y cuando ya voy a dar por terminado el cigarrillo, se me acerca un hombre mayor que viste pantalones cortos y una camisa que lleva con los faldones por fuera. “¿Aquí hay servicios?” y señala la puerta del gran almacén. Entre profesional y maliciosamente le iba a decir: “La próstata anda jodida, ¿eh, compañero?” pero me abstuve y le contesté servicialmente: “Si señor. En todas las plantas, menos en la primera”. No pareció convencido: “Bueno, voy a entrar a comprarme unos pantalones cortos como éstos”. “No tiene usted que comprarse nada. Usted entra, busca los servicios, hace lo que tenga que hacer y se va tranquilo y en paz”. Debe ser grande su necesidad o su turbación, pero se queda dubitativo y, casi sin despedirse, se pierde entre la barahúnda de potenciales clientes.
Ahora sí. Ahora ya he terminado el cigarrillo y me acerco hasta el gran cenicero dispuesto providencialmente junto a la puerta de entrada. Se trata de un receptáculo metálico provisto de cuatro patas. Allí hay arena dorada con pequeñas dunas lo que lo dota de cierta estética zen, de esos jardincitos aburridos para el cuento, ciertamente chino, de la meditación. Y en esa arena, espiritual y mística, se clavan cómodamente las colillas para que la última brasa muera asfixiada. Así lo está haciendo, de espaldas a mí, una mujer o, al menos, éso creería cualquier observador apresurado. Yo me dispongo también a usar el cenicero, me sitúo junto a la mujer y ahora veo que, en realidad, es una colillera. Ha escogido buen sitio, ahí donde la cosecha es buena. Por una parte, las colillas son grandes ya que mucha gente tira el cigarrillo que venía fumando por la calle a medias. Por otra parte, como basta semienterrarlas, quedan enhiestas y no aplastadas contra el suelo. La colillera es una chica joven y no parece especialmente mal vestida o desaseada. En el puño izquierdo, cerrado con suavidad, sin apretar, lleva las colillas que asoman entre los dedos. Un impulso repentino me obliga a decirle: "¿Quieres un cigarrillo?". Ella me mira muy seria y no contesta. Posiblemente, no se fía de un desconocido supuestamente amable. Abro el paquete y le doy unos cuantos Chester que coge con la mano derecha. Ahora sonríe con dientes blancos: “¡Dios te bendiga!”, me dice. Yo le digo adiós y me apresuro a irme porque estoy confuso y la situación me resulta violenta, sin saber exactamente que es lo que debo hacer o decir.
Cumplidas, pues, mis funciones en “El Corte Inglés” es hora de recoger el coche y venirme a casa. Y luego, durante el aperitivo, me pregunto si la señora bien encontraría el edificio “Alba”, si el turista se acercó hasta las cuatro piedras de Santa Eulalia o decidieron irse a comer al “Cónsul”, si el buen hombre de los pantalones cortos encontró favorables los aseos y, sobre todo, con quién compartiría la colillera los Chester de la ignominia.

domingo, 23 de octubre de 2011

Mis funciones en "El Corte Inglés" ( I )

Pues no es que los corralitos de fumadores fueran, en puridad, aburridos pero si es cierto que los que allí entrábamos éramos, poblacionalmente hablando, un grupo más homogéneo que los ocupantes del salón general. En éste, se convivía o se coexistía con todo el mundo y con todas las edades, en particular con niños y aun con bebés. Y así pasó lo que pasó. En aquel tiempo, no había hecho yo más que encender el cigarrillo cuando entra por la puerta de la cafetería de “El Corte Inglés” una familia compuesta por un abuelito, una abuelita, un papá, una mamá y un bebé de sexo ignorado pero el detalle no hace al caso. Ocupan una mesa cercana a la mía y con gran prosopopeya se disponen a darle el biberón al bebé. Todos a una deciden que es necesario calentar el agua acudiendo a la barra para que el servicial camarero meta el frasco de la tetilla en el microondas. El abuelito se ofrece voluntario con gran entusiasmo: “¡Yo voy, yo voy, yo voy...!” y así lo hace volviendo al pronto con el agua caliente. La mama prepara la leche con el justo número de medidas de polvo mientras el bebé espera pacientemente. Cuando a mi me parece que ya está todo dispuesto compruebo que falta un importante requisito: comprobar que la temperatura de la leche es la idónea. La mamá procede amorosamente a echarse una gotitas en el dorso de la mano y exclama: “¡Está caliente, está caliente, está caliente...!”. Luego el papá repite la acción y dice también: “¡Está caliente, está caliente, está caliente...!” Le toca el turno a la abuelita que hace y dice lo mismo. Así que, más decidido, el abuelito interviene. Se echa las gotitas en el dorso de la mano pero, no contento con ésto y para superior dictamen, da unas suaves lamidas con la punta de la lengua y exclama: “¡Sí, sí, sí...está caliente, está caliente, está caliente...!”. La infinita misericordia de Dios quiso que, en aquel punto, terminase el cigarrillo y pude apagar la colilla para salir de la cafetería abandonando al bebé a su triste suerte.
Y en aquel tiempo también, ocupando el mismo lugar, enciendo el cigarrillo y, al punto se me acerca una señora: “¿Me da fuego, por favor?”. Hombre caballeroso, me levanto, acciono el encendedor y acerco la llama a su cigarrillo. Esta gesto me supuso perder una calada del mío pero la di por buena. Al poco de sentarme, se me acerca un señor. “¿Tiene fuego, por favor?”. Pues bueno, me levanto y hago lo mismo que con la señora con lo cual pierdo otra calada. No habrían pasado diez segundos cuando se allega a mi mesa un vejete tal vez algo demenciado: “Dame fuego, hijo”. Bastante mohíno, me levanto por tercera vez y accedo. El vejete puede encender su cigarrillo y se queda ramoneando cerca de mi mesa. Y hasta él se viene un chico joven con el cigarrillo en los labios y oigo que le dice: “¿Me puede dar fuego, por favor?”. “No hijo, lo siento, yo no tengo fuego pero ese señor -y su dedo tembloroso me señala- si tiene...”. Veo con espanto que el chico joven se dirige hacia mi por lo que pierdo la paciencia y lleno de justa cólera, me levanto de un salto, vuelco la mesa y la silla, tiro la colilla del cigarrillo que había ardido tan infructuosamente y el encendedor al suelo, me meso los escasos cabellos y digo a voz en grito de forma que pudo oírme toda la cafetería: “¡¡No, ni hablar, se acabó, este señor ya no le da fuego a nadie más. Un cigarrillo perdido que no me habéis dejado fumármelo en paz...!!” Todos miran estupefactos, los camareros quedan petrificados con la bandeja en la mano y el croissant se queda inmóvil junto a la boca goteando café sobre la camisa. Un silencio de muerte se adueña del salón y yo lloro convulso y con grandes lagrimones y, aprovechando la coyuntura, me voy sin pagar.


Y dejo detrás de mí, en la cafetería, una neblina lánguida y tristona, la neblina que siempre rodea a los proyectos empezados y fracasados.

sábado, 15 de octubre de 2011

La caca del elefante.


Pues sigamos hablando de A.B. a quién dejamos en el post anterior enfrentado a como identificarse ante le severa voz que, detrás de la puerta, así se lo exigía. Resumo diciendo que A.B. fue conmilitón mío en el colegio de los jesuitas y luego en la Facultad de Medicina de Sevilla y hago gracia de cuánta aventura hubo y de cuántas veces anduvimos nocherniegos por calles y callejuelas para acabar acostándonos a las claras del día, casi siempre con el regusto del fracaso, regusto que en un principio es amargo pero al que luego te acostumbras. Vayamos a lo serio e importante. Los jesuitas nos explicaron a ambos la diferencia entre verdad lógica y verdad ontológica. El temita se las trae y da para mucha literatura. Desde Platón a Descartes, pasando por San Agustín, tres figuras del pensamiento a quién es obligado citar cuando se escribe de estas cuestiones tan abstrusas. Así que, según mi recuerdo y entendimiento, queda definida -aunque solo sea a los meros efectos de su ocurrencia en este blog- la verdad lógica cómo la adecuación del pensamiento a la realidad y la ontológica cómo la adecuación de la realidad al pensamiento. ¡Qué nadie se me devane los sesos intentando comprender! Y menos si está abstemio en la mañana plácida del fin de semana. Porque estas cosas son para hablarlas en la barra del bar, con un buen compañero de fatigas y siempre y cuando que no haya confidencias de por medio. Sólo la regular sucesión de cañas puede dar la fluidez mental y la necesaria verborrea concomitante como para enfrentarse a semejante drama del conocimiento humano. Y contando con un camarero servicial e inteligente que actúe de moderador sin dejar por éso de llevar la cuenta de las consumiciones. De momento, baste saber que la verdad lógica es la que podemos tener los humanos mortales y la ontológica sólo le es dada a Dios Todopoderoso.
Sin embargo A.B., en un alarde de osadía, se irrogó la potestad de poseer la verdad ontológica, según su propia y verídica declaración, lo cual le permitía tener asertos sin fundamento ninguno para el resto de la humanidad. Por ejemplo, afirmaba como cosa absolutamente cierta, que los pisotones de las cabras son extremadamente dolorosos. A la lógica pregunta de: “¿Te ha pisado a ti alguna?” contestaba con un no rotundo y añadía que tampoco sabía de nadie que hubiese sido pisado por una cabra para contar y ponderar la experiencia. Pero nada de ésto era óbice para que la verdad absoluta de las dolorosas pisadas del montaraz animal se mantuviese. Yo, ente racional, trataba de divagar contemplando que, dado que existen los llamados caminos de cabra, era de suponer que ésta tuviese las pezuñas muy duras de tanto transitar por ellos y que de ahí se podía inferir que sus pisadas a un pie humano fuesen muy traumáticas. Él refutaba como baladí mi razonamiento y volvía a insistir que aquello era cierto y que debía ser creído por ser verdad ontológica.
En otras ocasiones, viniese o no a cuento, A.B. explicaba que la caca de los elefantes huele muy mal. Cómo por instinto y para alejar esa peste evocada, encendíamos a la par y en libertad un cigarrillo aprovechando la misma cerilla. Tras la primera calada, le preguntaba que si la había olido alguna vez y el volvía a contestar con un no tan rotundo como el anterior y proseguía comentando que en ningún libro de Historia Natural iba a encontrar semejante información. Yo volvía a ejercer de abogado del diablo, tratando de hacerle ver que, seguramente, no era un problema de calidad sino de cantidad. Esto es, el elefante debe hacer mucha cantidad de caca y, por tanto, el mal olor se extendía más y era cuantitativamente más intenso. Pero A.B. mantenía su aserto diciendo que, si en la balanza de la Justicia o en la del mercader de Venecia, se pesaban 50 gr. de caca de elefante y la misma cantidad de la de cualquier otro animal, incluido el humano, la primera emitía un olor inconmensurablemente peor que la segunda. “Aunque fuera la mierda de esa niña mona que está ahí” y señalaba a la chica del otro extremo de la barra, añadido éste que, aunque hiciera gráfico lo considerado, tiene un tinte machista execrable pero, dada la edad y las circunstancias, es digno de perdón.
Cabe preguntarse ahora, pasados ya muchos años, porqué A.B. no empleaba su supuesto conocimiento de la verdad ontológica en cosas y asuntos más sustanciosos que saber que la pisada de una cabra es dolorosísima o que la caca del elefante es la que peor huele. En realidad, estos asertos encajarían en el llamado saber popular, que no hay que confundir con frases hechas y lugares comunes. Aunque ellos no lo sepan, pienso que muchas personas con las que me cruzo también están poseídas de la verdad ontológica y que, por tanto, adecuan la realidad a su pensamiento, cosa ésta grave si la citada persona posee algún título de dominio sobre mi o sobre el grupo. Bueno será entonces que reivindiquemos la verdad lógica, que nos enteremos de lo que pasa a nuestro alrededor y adecuemos nuestro pensamiento a esa realidad constatable. Es más triste, por supuesto, y nunca sabremos si la tierra es redonda o si gira alrededor del sol, pero sin duda, viviríamos mejor los unos con los otros.

sábado, 8 de octubre de 2011

Y...¿quién es Yo?

Me lo contó A. B., amigo y compañero de Facultad, nada más verme por los patios docentes o tal vez en la cafetería o en uno de ésos descanso entre clase y clase que muchas veces se prolongaba más de lo que marcaba el bedel. Había ido a visitar a un tercer conocido a quien llamaremos A. V. al hospedaje donde paraba. Describió el lugar como lóbrego y de poca confianza. No se si exageraba porque A. B. era amigo de exagerar. Quizás su expediente académico no fue tan brillante como merecía su inteligencia porque exageraba también en los exámenes del saber médico, escribiendo que la enfermedad cursa con dolores muy intensos cuando, en realidad, eran solo intensos o que el mal causaba hemorragias copiosísimas aunque eran solo copiosas o que el afectado quedaba tetrapléjico, si bien solo permanecía con hemiplejía.
El caso es que ponderó durante largo tiempo cómo y cuánto de oscuro y miserable eran la calle barriobajera, el portal de acceso y la escalera de subida. Debía de ser grande la necesidad que sentía de ver a A. V. porque, a pesar de todo ello, decidió llamar al timbre de la vivienda. El timbre sonó y una voz de mujer desde dentro preguntó: "¿Quién...?". En este punto de la narración, A. B. bajaba la voz como recurso escénico que hiciese más evidente la zozobra que sintió en aquel momento pues no sabía cómo identificarse. Entonces se limitó a contestar: “¡Yo...!”. Pero la voz de mujer del interior fue inclemente y contraatacó con una pregunta más mortal y sibilina que las que hacía la esfinge de Tebas: “Y...¿quién es Yo?”. No recuerdo ya si decidimos dar el descanso por terminado pero hasta aquí llega la historia. Si A.B. llegó a ver aquella mañana a A.C. en lo que hemos de suponer era lúgubre mechinal y qué asuntos se trataron en aquel encuentro, me es desconocido.
Pero queda para el recuerdo y la actualidad, la transcendencia de la pregunta de la desconfiada maestresa. La frase “Y...¿quién es Yo?” la repito con frecuencia para mis adentros o incluso en un susurro cuando contemplo o intuyo la lucha para afianzar la personalidad. A veces nos sentimos privados de ella o, en todo, caso es tan frágil y huidiza como la de A. B. ante aquella puerta siniestra. Sentir que Yo es alguien es gran deseo humano. Algunos quieren más, quieren ser importantes, o ricos, famosos y poderosos. La mayoría nos conformamos con nuestra propia, aunque sencilla, identidad. Pero no la que nos otorga el D.N.I o el pasaporte o la tarjeta de afiliación al Sistema Público de Salud, sino la de individuos únicos e irrepetibles entre toda la magnitud del Universo y, por tanto, perfectamente reconocibles cuando decimos “soy Yo”.
Y queda lo más peliagudo: queremos que Yo sea eterno o, al menos, inmortal. El miedo a la muerte es fundamentalmente el miedo a que Yo se desvanezca en polvo. Porque aunque la Humanidad agradecida decida poner una placa o erigir una estatua de bronce, aunque quede el recuerdo, Yo quisiera ser Yo siempre. Unamuno le gritaba a las piedras de Salamanca: Di tú que he sido...”. Tal vez lo sigan diciendo esas piedras que recorro camino del cigales del Crespo pero yo no lo oigo, entre otras cosas porque hay momentos en los que me apremia más el vino que las melancolías de santones. Además, ya la madurez, afortunadamente, me permite tener mis propias melancolías. Las ideas se fueron y se irán los pensamientos, los deseos, los logros, las inquietudes, los fracasos y los abandonos. Y ahora, recién muerto Steve Jobs, miro a esta pantalla del Mac de los afanes o paso el dedo por el iPad y pienso que también deberían decirme de Jobs lo mismo que la piedra dorada de Salamanca de Unamuno. Pero están ahí, silentes, porque también la madurez me permite ser un visionario e incluso un esteta
Así que Yo escribe estas líneas, se toma un café o se bebe una copa de vino. Y ve enfermos a los que trata de curar y pasea por la carretera de Santa Catalina. Y ahora tengo claro que la peliaguda pregunta de la maestresa tiene una sola y contundente respuesta. “Y...¿quién es Yo?” Pues Yo. Y tengo claro también que Unamuno, Jobs y un servidor, somos tocayos. Si se nos pregunta qué quienes somos, basta con que respondamos: ¡Yo...!

domingo, 25 de septiembre de 2011

El tiempo que te concede la clepsidra.

Mes de septiembre, acercándose ya el equinoccio de otoño, una de las llamadas efemérides astronómicas. En estas cosas y, en general, en la situación de los astros, creo con la fe de los libros del saber y con la ciencia que me inculcaron los jesuitas. Lo que yo veo con mis ojos es otra cosa. Estoy en la mañana de domingo en la plaza Belluga y veo que sigue haciendo mucha calor porque este rincón de la Murcia mediterránea parece que no sigue las indicaciones de la posición relativa del Sol y la Tierra. No me preocupa. Lo que me preocupa es que hemos tenido que tomar café en el interior del bar porque, salvo para algún guiri, es impensable hacerlo en la terraza. Pero ahora, vuelta a la explanada, buscando el refugio de la sombra de los naranjos, para fumar el cigarrillo. Justo cuando lo enciendo, los relojes de la Catedral y del Ayuntamiento, en amigable concordato, dan las dos de la tarde. Y, como obedeciendo también a esa señal convenida, el músico callejero aparece en escena, coloca su silletín al resguardo del Palacio Episcopal y, sin ceremonia, comienza a tocar el acordeón.
Conozco a este artista con el conocimiento de lo casual y espontáneo. Es un hombre recio, achaparrado, de facciones curtidas y aceitunadas, totalmente calvo y de mirada risueña, entre clochard y bouquiniste. De hecho, el acordeón lo toca “a la parisina” y lo hace muy bien. Seguramente tiene estudios musicales porque el arte se aprende y no es suficiente la escuela de la vida. Pero ahora se ha ubicado en esta Murcia calurosa y ha prescindido de atril y partitura. Solo el silletín, que le permite tomar prestado el ámbito territorial y errático de su actuación. Lo he visto, en ocasiones, formando parte de un trío, junto a un teclado y un violín, quizás en un ensemble más comercial. Sé también que no ha estado esperando a que den las dos de la tarde para empezar su intervención porque él se dirige al transeúnte y al errabundo y éstos no tienen hora. Así que las campanadas concordadas de los relojes de la Catedral y el Ayuntamiento, el qué yo empiece a fumar el cigarrillo y el acordeonista a hacer sonar su instrumento, mientras el Sol y la Tierra ocupan una determinada posición en el espacio, son meros accidentes de la casualidad.
Pero, en esta ocasión, los astros han sido favorables. Ahora podré oír buena música mientras fumo. Porque la música callejera no puede detenerse ni conservarse. Es imperecedera pero etérea e inmaterial. Solo se te otorga oírla el tiempo que te concede la clepsidra, cuando tu paseo te acerca al músico, preparas la moneda, llegas junto a él y la depositas en el receptáculo que oscila desde la caja de cartón a la funda aterciopelada del instrumento. El artista te da las gracias, tu respondes “¡Salud!” y te alejas mientras la canción va dejándose de oír hasta que desaparece. No puedes apausar tu paso, no puedes detenerte ni siquiera al volver una esquina. El destino te ha regalado una ocasión y un tiempo y no pidas más como no le puedes pedir a la estrella fugaz que no sea fugaz. Y en esa fugacidad puedes vivir y pensar y sentir, recordar y hacer planes, emocionarte, tener miedo, tener pena, enervarte o añoñarte, incluso quizás llorar. Pero no se puede prolongar el encantamiento, no se puede alargar lo predestinado. La música y su magia duraran lo que te haya concedido el destino.
Y no estoy burlando al destino cuando, en esta ocasión, puedo oír al acordeonista mientras fumo. La clepsidra inclemente me otorga el tiempo que tarde el cigarrillo en consumirse. Ni un segundo más. Pero puedo apreciar que la canción que suena es “My way”, un tema catalogado como languioso y aun almibarado. El artista lo interpreta briosamente y un tanto a lo ragtime pero el efecto en mí no pasa de agradable. Dos perros -o quizás sean un perro y una perra- pero, en todo caso, también callejeros, se acercan al músico. Se quedan parados, uno a cada lado del silletín, mueven la cola y contemplan el ir y venir del fuelle del acordeón. Pero pronto comprenden que allí no hay bocado y se van. Otro vagabundo, esta vez humano, pasa arrastrando los bambos de la limosna y empujando una bicicleta con un atrabiliario remolque. Mira fijamente el suelo y la barbilla le tiembla un poco. No hay ningún guiño de complicidad entre los dos hombres, ni la bicicleta refrena sus ruedas ni los acordes cambian su ritmo. Una pareja pasa por entre las sillas de la terraza. El pie de la chica tropieza con una cucharilla que está tirada en el suelo. Se agacha, la falda se le sube a conveniencia del mirón, la recoge servicialmente y la deposita sobre un mesa. Caminan en absoluto mutismo. No se dicen nada ni antes, ni durante, ni después de la acción rescatadora porque, posiblemente, ya no tengan nada que decirse. Y luego las últimas chupadas son para ver distraídamente gente anodina que va y viene por la plaza y a los fieles que entran y salen en la Capilla de la Adoración Perpetua.
Todavía suena “My way” cuando se termina el cigarrillo. Tiro incivilmente la colilla al suelo, pues la providencia municipal no ha dispuesto ceniceros, y la aplasto meticulosamente con la suela del zapato. Hay que irse sin ningún resquicio de concesión a la música callejera. Porque solo se nos es dado la ocasión y el momento. Por eso nunca formo grupo con los culturillas que se paran a oír la orquestina de música clásica que interpreta adagios y hacen que los niños, en plan mundo feliz, se sienten en el suelo. Por eso nunca les compro el CD a aquellos artistas, callejeros sí, pero más mercantilizados y que casi forman parte de la Europa del Euro. Impensable oír esa música en la comodidad del salón burgués, durante la barbacoa pagana o en el coche que nos transporta al trabajo asalariado. Solo está dada para el gozo atemporal pero momentáneo del caminante, del que sabe que el destino es marcha continua sin mirada para atrás aunque siempre queda la esperanza de que, al volver cualquier esquina, puedes encontrar otro músico ambulante. Pero el descanso de la eterna canción no estará vedado por siempre.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Un cierto paralelismo.

Pues de niño, en la magna y hermosísima iglesia de mi pueblo y luego de adolescente y aun de zagalón en el colegio de los jesuitas, oía, cuando correspondía, el pasaje evangélico de la hemorroísa. Lo oía perplejo y meditabundo porque yo no acertaba a adivinar por dónde sangraba aquella pobre mujer. Intuía que aquella emisión provenía de un orificio natural pero, por aquel entonces, éstos se limitaban para mi a la boca, las orejas y las narices y una especie de inteligencia precoz me hacía comprender que la fuente de la hemorragia no estaba en ninguno de ellos. Luego el celebrante, en su homilía, no me aclaraba nada ya que se limitaba a decirme que la curación había sido obra de la fe entusiasta. Y si miraba el Diccionario de la Real Academia, fuente de todo conocimiento, me informaba de que la palabra puede escribirse con tilde o sin ella pero se limitaba a definirla como mujer que padece flujos de sangre. Pero yo, que era mediquino, lo que quería era la historia clínica completa y qué parte de la anatomía humana era la sangrante. Exagerando un poco (porque siempre se exagera un poco) digo que tuve que ser estudiante de medicina y aplicarme al sutil distingo entre metrorragia y menorragia para SABER y decirme a mi mismo: “¡Si está claro! ¡Por ahí sangraba la hemorroísa!”.
Pero andando el tiempo, fui médico y la vida me ha ido desvelando poco a poco sus miserias y sus misterios. Pero este conocimiento se adquiere con el paso de los años, los reveses de la fortuna y, en ocasiones, con golpes de suerte. Hace poco, siendo por tanto un hombre maduro y teniendo ya bien claro lo de la hemorroísa, entré  a hacer pipí en los aseos de un bar de Salamanca. Mientras aliviaba mi necesidad, observé que, junto a la taza del water, había un extraño contenedor, algo inédito en los servicios de caballeros. Y, de repente, se me abrieron las mientes y otra vez SUPE y con la sabiduría me vino la embarazosa noción de que me había equivocado y entrado en el cubículo de las señoras. Tengo que decir en mi descargo que no estaba borracho ni lo hice a propósito con ánimos de voyeur. Lo que ocurrió es que era un bar modernoso y los iconos que simbolizaban el sexo eran tan complejos que no supe dar con el lado correcto.

Ni por todo el oro del mundo me metería yo a sabiendas en un aseo de señoras y a regañadientes lo hago en los unisex. Pero, en este caso, la ignorancia me redime. Fue pues un golpe de suerte y así aprendí lo que aprendí. Por lo tanto, en el “Willow”, si hay necesidad, acudo al servicio de caballeros donde me encuentro con una curiosa máquina dispensadora colgada de la pared. No hay que entrar en detalles escabrosos y dejo a la foto que hable por mi. Pero, por si algún corto de vista no distingue los detalles, añado que allí son preservativos con sabor, anillos potenciadores y una píldora azul afrodisiaca. Lo necesario para el amor de emergencia, el deseo del atardecer, la relación furtiva o para el honrado matrimonio que idee una noche loca. Pienso en manos temblorosas y excitadas contando los euros, girando la palanca y recogiendo el juguete. Y me imagino el jarro de agua fría de la desilusión o del placer efímero y oscuro. O quizás ya nadie compre nada en estas máquinas y están ahí, en la pared, solo para la mirada curiosa, la sonrisita de suficiencia o la pregunta impertinente de los niños. "¿Sabores para qué, papá?"
El “Willow” de El Charco lo regentan una simpática pareja de jóvenes franceses y parece lógico encontrar allí el cachivache de los preservativos. Impensable sería, en cambio, encontrarlo en “La Meseguera” de gerencia más tradicional y conservadora. Y, de hecho, no lo encontramos. Pero también en la pared, junto al rollo de papel para secarse las manos, hay una máquina dispensadora. Ésta ofrece asépticos y saludable cepillitos de dientes ya cargados de dentífrico. Teóricamente son para que la niña mona, el joven guaperas o la abuelita que usa prótesis dental, se cepillen los dientes eliminando las últimas trazas corpóreas de la pata de cabrito o la partícula del grano de arroz, amarilla y grasienta, de la paella. Sin embargo, encuentro un cierto paralelismo entre esta máquina que otorga cepillitos con dentífrico y aquella otra de los anillos potenciadores y la tanga erótico-festiva.
Porque los artilugios dispensadores de los aseos públicos son para usar ad libitum, respondiendo al impulso o a la ocasión que se cree favorecedora. O tal vez al olvido y a la improvisación. Artilugios dispensadores colocados estratégicamente en un lugar discreto, de momentánea soledad, donde en el tiempo que nos concede nuestra ausencia del grupo social, podemos dar rienda suelta a nuestra vehemencia. Aunque solo sea para ese lavado de dientes que nos devolverá -creemos- la sonrisa impoluta y atractiva. Y además, pueden ser objetos complementarios. Después del amor fugaz, impulsado por la esencia etérea de la píldora azul, esa limpieza borra el rastro de los besos que no fueron y de la pasión irredenta que no se ofertó en los labios.
Dejémoslas estar en la pared ofertando oportunistas su mercadería. Porque aquí, en los aseos, donde el caballero es hombre y la señora es mujer, donde se desahoga nuestra humilde carnalidad, también necesitamos el gozo inmaterial y divino de pensar que nuestra aptitud va a ser incuestionable, o nuestra sonrisa arrebatadora. Y todo éso, como dirían nuestros amigos charlatanes de feria, por 1, 2 o 4 euros.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El abuelo.


Pues el abuelo, Don Manuel Comesaña Blanco, ya fuma conmigo en la bodega. Después de un prolijo proceso de restauración, realizado felizmente por mi mujer, la gran foto y su marco art decó lucen  en la pared, junto a gruesos libros. En la esquina inferior izquierda hay un sello en tinta roja, aun perfectamente legible, que dice literalmente:
LA GADITANA
CENTRO DE AMPLIACIONES
Francisco Pérez
Doña María Coronel, 37
SEVILLA
Sin embargo, no creo que la foto fuese realizada en Sevilla sino en la casona del almorraque y los burros en la cuadra trasera, seguramente antes de que la ananá llegara por primera vez a Calera. Y digo ésto porque recuerdo perfectamente la silla que aparece en la imagen y recuerdo también que yo he estado sentado en esa misma silla como entonces lo estuvo mi abuelo. Posiblemente en “LA GADITANA” de la calle Doña María Coronel solo se hiciese la ampliación. Pero ¿quién tomó la foto? Me arriesgo a aventurar que fue un fotógrafo ambulante que llegó con sus cachivaches al pueblo, a lomos de una mula, para ofrecer sus servicios. Cámara de fuelle, mantón negro para meter la cabeza y ver el vidrio esmerilado y placas fotográficas. Y luego, supongo que después de muerto el abuelo, mi tía abuela Emilia encargaría la ampliación.

Porque el abuelo murió joven, en 1924, cuando mi padre tenía solo 4 años, aunque para confirmar este dato tendría que ir hasta la lápida del panteón, en el cementerio del pueblo. Es innecesario, por tanto, decir que yo no lo conocí. Tampoco sé muchas cosas de él por no decir nada. Pero ahora remiro la foto y comprendo que era un hombre muy atractivo, bien repeinado, con un espléndido bigote a lo Kaiser, vestido con un traje de paño oscuro y calzado con botines meticulosamente lustrados. Camisa blanca con cuello almidonado y pajarita de dibujos. Y la guinda del pastel: el grueso habano que sostiene, con estudiada languidez, entre el índice y el anular de su mano izquierda. Pero no, nunca me cogió en brazos, ni me llevó de la mano, ni me dio un beso. No sé que batallitas hubiera contado, qué me hubiese podido regalar ni como era el timbre de su voz. Murió joven, sin tener apenas tiempo de acumular recuerdos ni historias, casi sin conocer el alumbrado eléctrico, el cinematógrafo o los automóviles de motor de explosión. Pero, siendo pragmáticos, sí pudo engendrar a mi padre para que éste me engendrara a mi.
Así que, aunque fuera solo por ésto, debo de estarle agradecido a aquel otro Manuel Comesaña. Y aquí, en la bodega, haciendo juego atemporal con el Mac, la cámara digital, la tableta digitalizadora, la pequeña mesa de mezclas, el subwoofer, la Blackberry y la taza de café del Satarbucks, fumamos los dos. El abuelo su habano interminable, yo Chester. Lo miro a través del humo pero él, impertérritamente, mira a la pared de enfrente porque así lo captó el fotógrafo ambulante. A veces me acerco a la foto y, por encima del cuello almidonado y del bigote a lo Kaiser, le escudriño los ojos por ver si capto algún mensaje. Pero continúan fijamente mirando a la pared como aquella tarde de hace casi cien años.
Sin embargo, estoy convencido de que un día la mano izquierda dejará su estudiada caída para llevar el puro a la boca y entonces me mirará y me hablará. Porque, aunque murió joven, tendrá historias que contar. Es un pasmo pensar que ahora yo soy más viejo que él pero lo más seguro es que aun no tenga la edad suficiente como para comprender algunas cosas.