domingo, 12 de febrero de 2012

San Valentín y Garcilaso de la Vega.


Faltan dos días pero ya hace tiempo que están dando la tabarra con San Valentín y el Día de los Enamorados y hasta me han convencido on-line para que tunee ad hoc el iPad. Sin embargo, tengo que reconocer que esta tabarra me cae simpática sin que por ello deje de ser tabarra. Repito ahora lo que dije hace un año, que no entraré en torpes disquisiciones sobre si el evento es maniobra comercial o cursilada propia de quien se siente diligentemente enamorado. Porque, no nos engañemos, es difícil estar ni sobria, ni sensata ni dignamente enamorado y no dejo de sentir compasión por el jovenzuelo tímido que va por la calle con el ramo de flores para conquistar a una amante quizás también tímida y ruborosa pero, en ocasiones, con más conocimiento del mundo y sus miserias que el azorado varón. No hace mucho tiempo, esperaba mi turno en el stand de Swarovski de El Corte Inglés. Delante de mi, un chico buscaba un anillo impactante pero relativamente barato. Se le notaba torpe y desmelenado y, siendo sinceros, un tanto pazguato. Le pedía consejo a la dependienta y que ella le garantizara que aquel anillo iba a arrasar y consolidar un amor en ciernes. Di por buena la espera que me permitió oír la conversación y cuando el chico se marchó tuve por seguro que no iba a conseguir su objetivo, que el anillo de brillantes cristalitos no borraría el temblor de sus manos, la languidez de sus palabras y la frialdad de los corazones.
Y como digo que toda esta parafernalia me cae simpática, quiero contribuir a ella con esta entrada en la que copio uno de los más hermosos y apasionados poemas de amor que conozco. Es un soneto de Garcilaso de la Vega. Tengo que reconocer que no entiendo bien todo lo que dice, quizás por el lenguaje arcaico, quizás por la pasión balbuceante con que fue escrito. Pero la música que subyace en él es tan bella que es innecesaria la comprensión integra de lo escrito. Éste es el soneto:
Escrito está en mi alma vuestro gesto, 
y cuanto yo escribir de vos deseo; 
vos sola lo escribisteis, yo lo leo 
tan solo, que aun de vos me guardo en esto. 
En esto estoy y estaré siempre puesto; 
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo, 
de tanto bien lo que no entiendo creo, 
tomando ya la fe por presupuesto. 
Yo no nací sino para quereros; 
mi alma os ha cortado a su medida; 
por hábito del alma mismo os quiero. 
Cuando tengo confieso yo deberos; 
por vos nací, por vos tengo la vida, 
por vos he de morir, y por vos muero.
Sin duda el mozalbete del ramo de flores o el pazguato del anillo de Swarovski hubiesen vendido su alma al Diablo por poder escribirle a su amada algo semejante. Pero, en realidad y si recobramos la cordura, todo ésto no pasa de ser literatura de evasión y rosa llamada a marchitarse. “Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir, y por vos muero” ¡Ahí es nada! ¿Quién en su sano juicio podrá sostener tamaño aserto toda una vida? El mismo Garcilaso, que andaba en amores platónicos, murió de las heridas recibidas en el asalto temerario a una fortaleza francesa, asalto en el que fue el primero en subir por la escala. Bravuconadas éstas, la del soneto y la de la fortaleza, que suelen ser muy peligrosas.
Así que ahora no sabemos por qué decantarnos. Si por la ilusión esplendorosa pero fútil del ardiente enamorado o por la placidez socarrona de quien está curado de espantos y goza de una relación amigable, ilusionada y alegre pero sensata. Pero, aunque sea ritual convenido, no está de más que en este San Valentín volvamos a sentirnos perdidamente enamorados, volvamos al ramo de flores y a la poesía y vivamos una noche más de vino y rosas. Porque, a pesar de todos los pesares, el amor sigue siendo la más exquisita de las relaciones posibles entre un hombre y una mujer.

domingo, 5 de febrero de 2012

Las cancamusas de los móviles.


Hago, para empezar, una pregunta: ¿es el teléfono móvil (en adelante móvil según quiere la substantivación de los adjetivos y la letra de los contratos) un buen invento? Bien sé que el hipotético lector, antes de sentirse impelido a contestar, se habrá preguntado que significa la palabra cancamusa que aparece en el título de la entrada. Abriendo en el enlace, se puede ver su definición. Pero aquí la empleo en el sentido figurado que le daba mi madre de musiquilla tontorrona y amodorrante, cosa que, bien mirada, tiene bastante que ver con su significado sensu stricto. Porque los móviles están unidos de manera indisoluble a distintas cancamusas: el tono de llamada, la recepción de un mensaje, una alarma o recordatorio e incluso hay quien pone música a ese espacio de tiempo que tarda en responder a la llamada, si es que la responde, con lo cual quedan silenciados los pitidos entrecortados y suspirosos.
Conocí cuando se inauguró el teléfono en mi pueblo y era yo ya un niño mayorcito. Me refiero, claro está, a ese teléfono de bakelita negra dotado de una manivela en su costado izquierdo y de un timbre que hacía simplemente ring-ring. Un teléfono para amantes cantados por Machín o para policías de películas de la serie negra. La manivela del costado había que girarla, con decisión y fe, en el sentido de las agujas del reloj lo cual ponía al usuario en contacto con la operadora quien, a través de una centralita con paneles de agujeros y gruesas clavijas, hacía las correspondientes conexiones. Aun ejerciendo de médico en Calera, usé un teléfono tal lo cual me permitió tener los primeros encontronazos con inspecciones, delegaciones y jefaturas varias. Incluso, muy ufano por la modernidad, llamé en una ocasión al Servicio de Información Toxicológica. Claro que ésto tenía que ser por conferencia la cual tardaba unas dos horas en establecerse porque solía haber demora (palabra que ha llegado a ser también objeto de cancamusas gerenciales) por lo qué, cuando hablé con los doctos informadores, el enfermo que había ingerido cianuro ya se había muerto y su amante, al ver tan trágico final, se tomó otra dosis y murió también y todo el pueblo estuvo oliendo a almendras amargas durante una semana.
Pero lo que vengo a decir es que durante algunos años primigenios yo viví sin teléfono alguno. Es posible que existiera el telégrafo y, de hecho, algún día le dedicaremos un post a la visita en la que me llevaron mis padres hasta la casa donde estaba ubicado el ingenio que la telegrafista hizo funcionar para mi asombro. No diré que esta etapa semisalvaje de tam-tam y señales de humo la recuerde como feliz pero tampoco tengo noción de que aquel menoscabo en concreto la hiciera más menesterosa. Y siendo mi padre alcalde por la gracia de Dios, vino el Gobernador Civil a inaugurar el servicio telefónico. Yo estaba en casa de un amigo de pillerías cuando pasó, camino del Ayuntamiento, la que se nos antojó enorme comitiva de coches negros. Pero como chicos listos y bien aleccionados, sabedores de que el Gobernador Civil era un gran personaje, nos dijimos el uno al otro. “es la escolta...es la escolta...”. Bueno, pues no recuerdo cuando usé el teléfono por primera vez, con quien hablé y que palabras dije o me dijeron. Solo se que allí, en la casa, sobre un mueble negro y de dos alturas, propio de oficina ministerial o del Pentágono y en el que se guardaban legajos notariales, sobres y cuartillas con membrete y un frasco de cola Pelikan (que también inocentemente olía a almendras amargas) quedo instalado tamaño aparato. Porque así se decía cuando se descolgaba y una voz preguntaba por ti: “al aparato”
Y ahora miro la BlackBerry, también negra aunque no sé si de bakelita, meneo la cabeza dubitativamente y vuelvo a hacer la pregunta del principio ¿es realmente útil este chisme? Ignoro la respuesta y creo que es cuestión baladí pensar en ella porque ni Platón redivivo ni Kant ni Schopenhauer de quien, Dios sea loado, no he tenido que leer nada, podrían discernir tan peliaguda disyuntiva. Por considerarlos iconoclastas, tampoco leo nada de santones y psicólogos que amenazan con grandes males a quien supuestamente abuse del móvil. De todas formas, lo que a mi realmente me interesa son las cancamusas que emite el artilugio. ¿Puede haber peor horterada que instalar como tono de llamada los compases iniciales de la sinfonía Nº 40 de Mozart? ¿Qué decir del comprometido que, de ser rojo, pone “La Internacional” y, de ser facha, el Himno Nacional? ¿Y aquella horrible melodía de los Nokias que sonaba así como “tatatata tatatata, tatatata chin”? ¿y ésos retrógrados aburguesados que emiten un ring-ring clásico ignorando que éste solo puede sonar en un teléfono negro de bakelita? En mi opinión, hay que dejar una cancamusa neutra que no recuerde a nada, ni quiera ser original, ni busque epatar ni hacer proselitismo. Deben de ser ignoradas esas páginas bizarras de las revistas donde aparecen códigos para poderse bajar politonos por un módico precio, politonos que están unidos a otras descargas más ignominiosas de fuerte contenido erótico y aun sexual. Y es que quizás la motivación última de los móviles y sus cancamusas, como el tam-tam, las señales de humo y el telégrafo Morse, no sea otra que el amor y la guerra. Hay una excepción. A mis pacientes con presbiacusia les aconsejo que pongan como tono de llamada un enérgico toque del cornetín de órdenes. Y si alegan que son pacifistas, les recomiendo los silboteos de la banda sonora de “The Good, the Bad and the Ugly” también rica en agudos.
A todo ésto, la BlackBerry deja escapar un pitido en la escala menor y una lucecita roja parpadea. Ha llegado un mensaje de e-correo quizás de los confines del mundo conocido. Luego, si sale el sol, lo abriremos.

domingo, 29 de enero de 2012

Cenas bohemias ( y III )


Y aquellos huevos fritos y aquellas “delicias de merluza” congeladas, aquella fabada "Litoral" y aquellas cenas en el “Bar Chaparral”, me dieron ínfulas, glucosa y vitamina C para entronizar en mi memoria y en mi conocimiento los saberes del arte médico. Si la noche era temprana, aun alcanzaba abierta la cocina del “Chaparral” regentado por un Isidoro, calvo y conocedor de vidas y misterios, de grata memoria. Los tres o cuatro pupilos que allí nos juntábamos, cenábamos en silencio, no por acatamiento de alguna regla monacal, sino porque la confianza y el sueño nos disculpaba mutuamente de conversaciones de cortesía y conveniencia. Compañeros de aquella barra de aluminio fueron un estudiante iluminado que llegó a ser obispo de El Palmar de Troya, el técnico que montó los quirófanos en el nuevo hospital, venido de Barcelona y que aprovechaba su forzosa separación marital para algunos amagos amatorios, una pareja de policías “de la secreta” que, aun viviendo Franco, confraternizaban con los estudiantes y Antoñito, eterno desoficiado por su inteligencia bordeline según los test que pedía tabaco sistemáticamente. Era curioso que los policías a veces veían pasar un coche y nos decían con total seguridad en el aserto: “Ese coche es robado”. Yo no comprendía ni  tamaña sagacidad ni por qué no salían en su rauda persecución en vez de seguir tranquilamente con la sopa. Pero pronto comprendí el truco y, si pasaba alguien conveniente, les decía como quien no quiere la cosa: “Ese hombre tiene un linfoma de Hodgkin y seguía con las lentejas con la misma flema que ellos.
Hace ya muchos años de aquellas cenas bohemias que entonces eran prácticamente cotidianas. Ha pasado lo que se suele llamar “toda una vida”. Ahora ya, en la madurez, la cena ha casi desaparecido de mis hábitos culinarios. Las largas consultas, el terminar muy tarde la jornada, han propiciado una especie de comida-merienda-cena, larga, copiosa y amigable, comentando con mi mujer los altibajos de su labor y la mía, después de la cual solo queda el sueño porque, al día siguiente, hay que levantarse temprano. Tiene esta refacción, no obstante, un algo de bohemio, quizás por su contraculturalidad, por su deshora, por su filosofía oportunista de ingerir cuando se puede. Pero, algunas noches gozosas de fin de semana, ya esporádicas, me sigo premiando con una auténtica cena bohemia, canónica pero no convencional. Podemos decir que hemos tomado café en “Siena”, uno de los últimos reductos que resistió numantinamente los ataques anti tabaco. No merienda ¡ojo!, un café solo a palo seco. Luego me quedo, digamos que como estudiando, en el Mac de la bodega. Y la Luna y las estrellas toman su camino aunque, en mi opinión, la noche es noche per se sin que tengan nada que ver los astros del cielo que siempre he encontrado cuerpos, aunque celestes, aburridos. A la noche la hace noche la “Noche oscura del Alma” que cantaba Juan de la Cruz, amante y místico. Y los gatos en el tejado y el ladrido de los perros
Y llega un momento en que te cansas digamos que de como estudiar y decides que ya está bien y que es tiempo de cenar y acostarse. Pueden ser las 2 en punto de la madrugada, hora perfecta para que el estómago ande extraviado en perversos deseos. Y ya estamos en la cocina y abres la preliminar lata de cerveza tomada imperdonablemente con aceitunas de Cieza. Te sirve el aperitivo para encender el cigarrillo y, entre calada y trago, estudias el panorama fisgando en alacenas y frigoríficos. Tiene que haber un algo de deseo y búsqueda pero también de abandono en los designios del destino. Quizás el azar te sonría y encuentres ahí mismo, encima del poyo de disección, un plato cubierto por otro donde aguardan unos rabos de pescadilla o unas chuletas de cordero que sobraron de la comida. Abstente de calentarlas pues está rigurosamente prohibido, incluso en el funcional microondas. En su momento, deberás comértelas así, aquella carne mortecina con la grasa solidificada y mantecosa o aquel rebozo otrora reluciente y ahora arrugado y gélido. Puedes regresar al futuro si encuentras un tupper con una mezcla de carnes raídas del hueso y picadas con las que se prevé confeccionar croquetas mañana. Este manjar debes tomarlo a pellizcos, usando los dedos como palillos chinos, directamente del recipiente.
Pero lo normal es que tengas que recurrir a las latas y al fiambre. Y aquí son la sardina y la caballa, la salchicha Campofrío de sobre y las “finas lonchas” de pavo de Mercadona. Tal vez encuentres huevas de merluza o hígado de bacalao en su propio aceite, formidable para el raquitismo senil. Si hay suerte, la lata puede ser de jamón cocido del Lidl, con su incomprensible forma triangular y esa entrevero de gelatina, translúcida y temblorosa, que rebañas con el tenedor. Pero antes, le has dado la última calada al cigarrillo, lo apagas en el cenicero para que las postreras volutas le den el toque canalla e insano al ambiente y abres, con prosopopeya de mendigo, la botella de vino. Un Rioja, un Ribera, un jumillano de la tierra, mesocrático pero bueno e inexcusablemente tinto. Lo sirves en copa elegante, lo catas y chascas la lengua en señal de asentimiento contigo  mismo. Y ahora el festín merecido en religioso silencio, la mente peligrosamente lúcida pero que irá declinando hacia el sueño que te llevará al lecho conyugal, cálido y apetitoso.
Sin embargo, debo añadir que, si alguien encontrara esta puesta en escena árida, desangelada o triste, no tiene ningún problema para preparar lindos y calientes platos a su gusto. Porque fundamentalmente, las cenas bohemias son un estado de ánimo, un tempo de la sinfonía, un paréntesis de eternidad, un sueño cumplido y un deseo momentáneamente satisfecho. Solo es necesario que deje platos, plásticos, latas, bandejas, botella y copa, encima del poyo o de la mesa para que, cuando se levante a la mañana siguiente y vea los restos del naufragio, sienta la nausea de que la vida sigue en un eterno peregrinar por los estados del alma, los sentimientos y las emociones.

domingo, 22 de enero de 2012

Cenas bohemias ( II )


En el claustro alto de la antigua Universidad de Salamanca, existen unas filacterias esgrafiadas en la pared donde, al parecer, pueden o podían leerse los grandes males que amenazan a los estudiantes de vida disoluta. Ya en la magna escalera de subida, la sirena alada que se mira lascivamente en el espejo, inicia las advertencias pero eso es una historia distinta y significativamente menor a la que ahora nos ocupa. No sé si, entre las admoniciones de las filacterias, había alguna referencia a las malas cenas o, a lo que es con mucho peor, quedarse sin cena. Cuando ahora, desde la meseta de la madurez, contemplo mi vida estudiantil tengo que convenir conmigo mismo en que fue una etapa marcada fundamentalmente por el estudio tanto de los gruesos libros como de apuntes zarrapastrosos y la asistencia algo deshilvanada a las clases. Pero ello no fue óbice para que, sin llegar ni con mucho a la disolución, la bohemia y algunos retazos de malvivir se mezclaran en buena armonía con la circunspección académica.
Recuerdo ahora aquella noche de un 7 de diciembre, vigilia pues de la Inmaculada, que se celebra gratamente en Sevilla con un batiburrillo de religiosidad virginal y paganismo pecador. Supongo que habría cumplido mi ración de estudio y andaba nocherniego y solitario al encuentro de que lo que la ventura me deparase. Y fue así como me encontré con A. B., el mismo que sostenía que la caca de los elefantes huele muy mal, que iba acompañado de cuatro o cinco chicas, desconocidas para mi, después de asistir a devotos rezos. Aun hoy ignoro como lo consiguió pues siempre fui de la opinión y así se lo manifesté francamente de que era incapaz de “ligar” sin mi concurso. Debía de ser sobre la medianoche pero, después de las presentaciones y unos tientos preliminares, nos dijimos mutuamente que todos estábamos sin cenar y A. B. propuso ir a mi piso de estudiante a comer lo que en él hubiera. Nos montamos como pudimos en aquel 4L de mi amigo para llegar más allá de la Macarena y el Hospital. Nunca olvidaré la cara que puso Jimy mi compañero de vivienda. Era una chico regordete, pecoso, sonriente y bonachón a quién, al comenzar el curso, había recogido del campus por donde andaba estrambóticamente con una maleta, ofreciéndole una habitación libre. Se pasaba la mayor parte de la noche estudiando y fumando en la mesa camilla del lúgubre salón bajo la luz del flexo y no hizo excepción aquel 7 de diciembre. Recuerdo, digo, aquella penumbra, aquel humo que flotaba cercano al techo, aquella cara imbuida en el severo texto del libro, aquel abrirse la puerta esperándome solo a mi, para dar paso a cuatro o cinco chicas tan sonrientes como desmayadas. Allí fue el espantado asombro que pronto se trucó en amplia felicidad prometida y el olvido del estudio.
Pero estaba la cena pendiente y me dispuse a freír todas nuestras provisiones de huevos y “delicias de merluza” congeladas. Aquella sin duda fue una memorable cena bohemia tomada, cómo marcan los cánones, al inicio de la madrugada, con los fogones del butano llenos de gusarapos pringosos, con la sartén y su aceite requemados y la mente y la conversación llena de sueños y fantasías. Requemados estuvieran quizás también los ánimos al terminar la última “delicia” pero ¡ay! las chicas manifestaron una inesperada urgencia por volver a sus casas por lo que A.B. no tuvo más remedio que repartirlas prontamente con su 4L por donde quiera que viviesen. Y nos quedamos solos Jimy y yo, desabridos y acartonados, él sin ganas de estudiar, yo sin sueño y los dos sin huevos que freír y sin “delicias de merluza” en el frigorífico lo que presagiaba un mes de restricciones culinarias. Así que, cabizbajos y mohínos, nos acostamos cada uno en su cama respectivamente sin hacer. Y, como dice el estrambote del soneto famoso, “ellas fuéronse y no hubo nada”.
Tampoco hubo nada aquella tarde en que nos reunimos para cenar sardinas. Aunque estudiantes de cursos inferiores, se habían unido a nuestro grupo varios sudamericanos que vivían en la calle Enladrillada, detalle que, no sé por qué, se me ha quedado perfectamente grabado. Nos gustaba ir allí porque ellos ponían su música y bailaban espectacularmente ante nuestro asombro de patosos. En esta ocasión, la cena fue más temprana pero es innegable la bohemia de la sardinada, preparada por las voluntariosas chicas que, no sé cómo, consiguieron asarlas en aquella precaria cocina con muchas llamitas del gas obstruidas. Tengo en la cabeza una foto, nebulosa y descolorida, en las que se nos ve en corro quitándole la piel escamosa y comiendo con los dedos las sardinas. Luego nos lavamos las manos y nos llamó la atención que los sudamericanos se cepillaran también los dientes, cosa que los locales no hicimos. Así que los besos del amor de emergencia, si es que alguno hubo, (¡Virgencita de los Peligros! Y...¿cómo es posible que se olviden estas cosas?) tuvieron un saborete marinero y salobre. Y la bohemia llevó luego a la música y al baile pero yo, transido sin duda por el mucho estudio, me quedé dormido en una silla. Y en una entrevela, me encontré de pronto en la obnubilación del que no sabe donde está, trasladado sin duda a algún infierno de luz roja y danzantes endemoniadamente buenos. Recuperada la calma y la posición geodésica, recorrí la calle Enladrillada para regresar, con el regusto aun de las sardinas, a mi cama que, aquella noche casualmente, también estaba sin hacer.
Y quizás durante mi sueño si hubo besos de labios húmedos o caricias de manos temblorosas y yo me lo perdí. Por eso las cenas bohemias tienen un mucho de restitución que nos hacemos de la ocasión que se fue o del tiempo tan largamente perdido. Tomadas en silencio y en concentración, en estoica frialdad, las latas de sardinas o las "finas lonchas" del Mercadona nos compensan de aquellos avatares de los que yo vive cientos, miles, tal vez millones. Baste, por ahora, este par de retazos porque ya hemos llegado casi a la plenitud, a la cena bohemia altruista y filantrópica, donde los malos pensamientos han sido sustituidos por la placidez del que cree que va en el buen camino para encontrarse a si mismo.

domingo, 15 de enero de 2012

Cenas bohemias ( I )


Aun era joven o incluso muy joven cuando inicié, en mi pueblo, la andadura de médico. En una primera etapa gocé o quizás sufrí (porque el campo de acción de estos verbos se imbrica en una extensa tierra de nadie) una gloriosa soltería. Porque sí está claro, único, neto y bien delimitado, que fue gloriosa. Y, al amparo de ella, nos convenimos los cinco amigos que cabíamos en el coche para hacer el corto viaje que separa Calera de Monesterio. Enterados, tal vez por afiches de la pared del bar, de que iba a haber un espectáculo de varieté en el pueblo vecino, no dudamos en ir a verlo y oírlo. Era invierno y yo estrené para la ocasión un jersey de cuello vuelto que me coloqué debajo de la chaqueta Éste era entonces el look adecuado, de moda y un tanto antisistema. Al anochecer y ya con las precarias luces encendidas, conduje el traqueteante 2CV por la carreterita estrecha y sinuosa. Pero no reparamos en baches ni en curvas porque el señuelo era lo bastante potente como para dar por bueno aquellos 6 kilómetros. Posiblemente, hiciéramos el viaje en silencio, como atracadores que ya se saben el plan de acción perfectamente, sin más comentario que algún exabrupto o alguna risotada lasciva.
Y nos acomodamos en aquel cine de pueblo y comenzó el espectáculo de cabaret para un público ferviente. Ya no recuerdo los detalles. Las gracias, los chistes, los sketchs, las ocurrencias y las picardías han ido a un olvido del que ya nunca regresarán. Pero ha quedado indemne en la memoria lo que he contado muchas veces, cómo en un interludio en el que desaparecieron las chicas del escenario, ocuparon su lugar un guitarrista y un cantante de flamenco. No lo hacían mal los hombres y el primer cante fue premiado con una ovación. Tal vez envalentonados por ésta, los artistas se dispusieron para otro palo y el de la guitarra, como profesional exquisito, se puso a enredar con cuerdas, trastes y clavijas. Pero el público estaba para otras hermosuras y un chusco levantó la voz y espetó: “¿Ahora te pones a afinar la guitarra? ¿Es que no has tenido tiempo en toda la tarde?”. Quizás, a pesar de éso, hubo más flamenco, o quizás volvieran a salir las chicas. Y doy fe de que eran jóvenes, guapas y esbeltas porque al terminar las vimos de cerca, en la barra del ambigú, mientras tomábamos el vaso de vino acanallado que coronaba la noche. Quiera Dios que la vida no haya sido dura con ellas y que sepan perdonarnos -aun sin el preceptivo propósito de enmienda- que viésemos su cuerpo como espectáculo.
Luego, vuelto con bien a casa, en la soledad de la ya iniciada madrugada, con el regusto del vino y el cigarrillo, con el estómago estragado y los pensamientos deshilachados, posiblemente, ya tampoco me acuerdo, tomé en la cocina una cena bohemia. Porque entonces yo comía de pensión y las cenas eran provisiones de tasajos que me dejaba mi madre en sus visitas del fin de semana, alguna lata de sardinas o, en el mejor de los casos, una rápida fritanga de las llamadas “delicias de merluza” congeladas. Y la pringue de la lata, la carne yerta y el humeo de la sartén ascendiendo fantasmagóricamente hacia la luz gélida del fluorescente, se mezclaban en sinfonía agridulce con el ruido del viento en la chimenea, el maullido del gato -o tal vez de la gata- y el ladrido áspero de algún perro de la calle. Quizás aun oyera pasos trastabilleantes o alguna letanía de borracho pero ya el estómago estaba caliente y las ideas frías por lo que, a renglón seguido, se imponía la cama y el sueño.
Sin duda, fueron los jesuitas quienes me iniciaron en las cenas bohemias. Algo conventuales, sí, pero bohemias. En aquel Preu en el que empezábamos a ser malos, se inventó el concepto de la merienda-cena. Intuyo que sería por las mejoras laborales de los empleados y camareros que evitaban tener que servir la cena de la sopa y el cucharón los sábados y domingos. Así que, con aires de modernidad e incluso del europeísmo del week-end, estos dos días los bachilleres nos autoservíamos un par de bocadillos de fiambre, tomados a la hora incierta de la caída de la tarde. Y aquella refacción monástica ya tenía un algo de bohemio, de desaliño y deshora y sirvió de punta de lanza para introducirme en este batiburrillo culinario que ahora, en la madurez, estoy llevando a su perfección.
Pero antes vinieron las noches perdularias de la juventud, el torrente de los bares donde se comía de lance cuyo paradigma fue “El Chaparral”, muy cerca de la puerta de urgencias del Hospital sevillano donde me formé como médico. Lo seguiremos docentemente repasando.