domingo, 20 de enero de 2013

El camión cargado de cañas.


Me encontré, hace algunos días, con un camión cargado de cañas. Era un camión pequeño, poco más que una camioneta, y estaba aparcado en el arcén de la carretera de Santa Catalina, enfrente del bar Marilín. Yo también iba allí a tomar café y coloqué el coche macarra  detrás del camión, dejando un respetuoso espacio no fuera a ser que, al salir, diese marcha atrás y me hiciera un roce en la pintura rojo pasión. Creo que es la primera vez que veo un camión cargado de cañas. Éstas son ubicuas en toda la huerta de Murcia y crecen mucho en los cauces semisecos de los ríos y en la mota de las acequias. Pero pueden verse por todas partes formando coro con las palmeras. Incluso creo recordar que en los terrenos donde luego se levantó el Centro de Salud las había en abundancia. Por ser cosa de poco peso, el camión llevaba su carga muy alta y sobresaliendo bastante por la parte de atrás lo que obligó a colocar esa especie de señal a rayas rojas que apenas se veía entre los florones parecidos a plumeros que rematan las cañas.


Y lo primero que pensé fue en el hule. Me refiero a aquel sucedáneo del mantel de tela que sustituyó a éste en las mesas que ya empezaban a acoger modernidades. No guardo memoria de qué se ponía en mi casa antes de que se inventase el hule porque lo vi aparecer de muy niño. Me malicio también que, en las mesas humildes, no se pondría nada, la rebanada de pan, el chorizo y la navaja directamente encima de la madera tosca. Por este motivo, el hule nos democratizó e igualó en aquella blancura obtenida posiblemente ya por síntesis química. Porque el hule era inmisericordemente blanco y liso y discretamente brillante y se guardaba enrollado en una caña. Debía de ser ésta lo suficientemente larga y era preferible que fuese completamente recta. A nosotros nos las suministraba alguien a quien no tengo más remedio que llamar Doña Fulana porque he olvidado por completo su nombre. Y no habría recuerdo ninguno de ella sino fuera porque se me quedó grabado el comentario que hizo un día mi padre. En sus rondas de médico rural, habría intuido el último declive de la buena mujer y un día comentó mientras se ponía la mesa: “Se va a morir Doña Fulana y nos vamos a quedar sin cañas”. Y así debió de ser porque el hule acabó enrollado en un palitroque tan largo como la caña pero sin su gracia y que, además, tenía una cierta curva por lo que el rollo terminaba vertical en la bodega con un cierto aspecto de decrepitud jorobada. 

Quizás mi padre alguna vez escribió en un mantel de hilo con una pluma estilográfica. O quizás solamente deseó hacerlo a lo largo de una cena aburrida y somnolienta, en un impulso transgresor que acabó reprimiendo. El caso es que, de vez en cuando, entre bocado y bocado, pintaba en el hule adelantándose a las pizarras Velleda. Creo que allí dibujó la órbita de la Tierra alrededor del Sol para que yo apreciase que no era circular sino elíptica porque él estaba convencido de estas cosas. Más tarde, escribió la fórmula del ácido sulfúrico y cuando mis estudios fueron avanzando, se atrevió con la química orgánica y con los anillos del ciclopentanoperhidrofenantreno. El hule tenía la ventaja de que no necesitaba otra limpieza que pasar un estropajo humedecido en jabón casero pero este sistema no era eficaz contra la tinta del bolígrafo que se resistía a borrarse en una lucha de difuminamiento azulado. Y así la órbita de la Tierra y la fórmula del ciclopentanoperhidrofenantreno iban volviéndose paulatinamente más desvaídos hasta terminar en un simple manchón. Luego supe que aquellos anillos dibujados junto a la pringá del cocido, estaban relacionados con nuestro querido colesterol. Pero ya no había hule para perfeccionar la fórmula ni, muerta Doña Fulana, caña para enrollarlo.

Digo que, cuando vi el camión, yo iba al bar Marilín a tomar café y tuve la suerte de encontrarme allí al cañero, almorzando en la barra con dos compañeros. Era un hombre joven que mantenía una animada conversación que pude oír sin esfuerzo por lo que me enteré de algunas vicisitudes y líos del trabajo y de conflictos con algunos huertanos u otros recolectores cuyos nombres y alias se esparcieron por el local. Y yo busqué el machete, sin encontrarlo. Lo busqué en su cintura y lo busqué descansando sobre la barra en incierta armonía con el móvil. Porque las gavillas de trigo me recuerdan la hoz y las cañas, después del hule, me recuerdan el machete con que se cortan o se cortaban. Así es desde que, de estudiante, cantaba a coro aquella canción revolucionaria que decía algo como: “en la Cuba de Fidel, los cubanos cortan caña y el que no quiera esta guerra que se vaya para Españaantes de pasar al estribillo que, como era de esperar, repetía lo de “Cuba sí, Cuba sí, yanquis no”. No he vuelto a saber nada de esta canción y no la he encontrado por ninguna parte por lo que supongo que era una versión de fortuna de otras más conocidas.

Una hoz o un machete, en manos encallecidas y expertas en su manejo, son un arma terrible. Pero, posiblemente, solo sean aptas para matar al amante infiel o al capataz negrero. Y todo ello in situ, en el caserio, en el campo de trigo a pleno sol o en el cañaveral que mece el viento. Porque dudo mucho de que el machete siga teniendo su trágica efectividad en Suiza, pongamos por caso. Joan Baez no lo explicita en su canción pero es de suponer que el preso nº 9 cometiera su doble crimen con un machete. Y allá en lo alto, el cielo lo juzgó.

Y canturreando la canción nostálgica que entrevero con lo de que en la Cuba de Fidel los cubanos cortan caña, salgo a la carretera a fumar el cigarrillo y veo partir el camión rumbo a su destino. Pienso entre los canturreos si no sería bueno proponerle a la familia volver a utilizar una caña para enrollar los manteles del Ikea, que ahora se pliegan y se guardan. Así podríamos retomar las didácticas pinturas del ciclopentanoperhidrofenantreno y llegar hasta el colesterol o incluso hacer esbozos de las diapositivas del Power Point para la sesión clínica. Pero sé que la propuesta caería en saco roto porque, en la época de los iPad ¿quién puede encontrar divertido hacer dibujos con bolígrafo azul en un hule y luego enrollarlo en una caña?

domingo, 13 de enero de 2013

Cualquier cosa.


Le hemos dado a este blog unas vacaciones navideñas para que aprovechase las mañanas domingueras y soleadas en las que abrían El Corte Inglés y las tiendas y, hace una semana justa, se dedicase a compartir con la familia los regalos que le trajeron de Oriente, o tal vez de Tartessos, los Reyes Magos. En estos detalles geográficos es mejor no entrar y basta con tener deseos económicos, sencillas ilusiones, dejar los zapatos y esperar. Pero hoy comprendo que es obligado escribir cualquier cosa. Además me lo pide el cuerpo, el cuerpo que no la mente (si es que la mente no es cuerpo) y lo exterioriza con un peculiar nerviosismo en los dedos llamados a teclear.

Encima de las mesas de lo que podríamos considerar la sala de recibir de mis enfermos mayores, suele haber cualquier cosa, frecuentemente sobre una paño circular de crochet que nos retrotrae a una época en la que las mujeres se dedicaban a sus labores. Hace pocos días, fui a ver a J. que estaba muy decaído y había vomitado un líquido amarillo y filante que me enseñaron en un gran barreño de plástico. Me llamó la atención que, encima de esta mesa ubicua y el habitual crochet, hubiese un cenicero porque me consta que no fuman ni él ni su mujer, un cenicero de los que aprovechan la pulsación de un pomo para producir el giro de la tapadera que hace caer la ceniza y la colilla a un inmenso depósito. Me enseñó a utilizarlos mi suegro Tomás que fue ferroviario de máquinas de vapor que le llevaban hasta la raya de Portugal, muy fumador y muy longevo. Por éso creo que el depósito debe ser inmenso, porque nunca vi a Tomás vaciar el suyo ni yo he tenido necesidad de hacerlo con el mío. En aquella casa suegral y hoy cuñadil, el cenicero ocupaba un lugar propio pero, en cambio, lo encontré ectópico en casa de J. Se trata de un matrimonio simpático y acogedor y quizás lo tuvieran, permisivamente, para las visitas. Pero posiblemente debí decirle a D., su mujer, que el cenicero, al igual que el salero, las vinagreras y los mondadientes, son hoy considerados objetos de mal gusto, que no es fino tenerlos a la vista y sólo deben salir a la luz si algún amigo impenitente e inconfeso los solicitase.

Porque en esas mesas y sobre el crochet, lo que suele haber es cualquier otra cosa, sobre todo fotografías enmarcadas y objetos bizarros y kitsch. También hay fotografías en las mesillas de noche. Los años y la práctica me permiten que, cuando me siento en el borde de la cama, pueda ver de reojo aquella imagen de la joven que hoy declina en los ruidos de mi fonendo. Precisamente, hace ya bastantes años, veía en las alacenas una botella de licor cuya etiqueta rezaba “Cualquier Cosa” que solía acompañar a otro llamado “Beso de Novia”, éste, sin duda, dulzón y empalagoso. Me malicio que el “Cualquier Cosa”  era lo que se sacaba para convidar a la visita que, a falta de deseo más concreto, pedía cualquier cosa para beber. “Pues aquí la tienes”, diría el anfitrión con una sonrisa de embromador. He tenido curiosidad de buscar por Internet información sobre estos dos licores hoy periclitados, como el "Calisay" o el "Cointreau" que se tomaba on the rock y se pronunciaba cuantró, y parece que ya son pieza de coleccionista. Debía de haber varias destilerías que los embotellasen con el mismo nombre y propio de Cataluña y el Levante porque nunca vi nada parecido por la Extremadura y la Sevilla de mi niñez y juventud. Tampoco me perdí nada.

Y algunas veces, en algún mueble anodino, veo algunos libros en los que está escrito cualquier cosa. O algunos discos en los que está grabada cualquier cosa. Recuerdo ahora una piscina de la sierra de Salamanca en la que, hace ya bastantes años, me bañé pasando frío aun en pleno verano. La regentaba una señora y un niño impertinente le estaba dando la lata porque se aburría. Entonces la señora le dio un libro y el niño le dijo que no le gustaba a lo que la mujer le contestó algo así cómo qué más te da lo que está escrito, el caso es leer. Se me quedó en la memoria la anécdota quizás porque el frío me hizo tan antipático el baño como el libro. En realidad, en la inmensa mayoría de los libros, está escrita cualquier cosa. En todas las bibliotecas de todo el Universo, solo hay cuatro buenos y ninguno lo he escrito yo aunque sí los he leído todos. Y solo hay cinco piezas musicales buenas y lo demás es un tostón. Son muy de agradecer, por tanto, los iTunes y los Spotify que te permiten ser legal y bajarte una sola canción porque el resto del elepé es anodino, soso o una mala repetición de la jugada.

Por éso, como el licor para visitas imprecisas, también me he permitido esta mañana de domingo escribir cualquier cosa, letras, palabras, para un mueble anodino o para dormir sobre un paño de crochet junto a fotos de bellezas pasadas o un cenicero que nunca se usa.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Los milagros con un coche macarra nada lúbrico.


Hoy, festividad de Santa Catalina de Alejandría, patrona de este blog, vamos a hablar de milagros sucedidos en esta última semana. De milagros y de lubricantes, unidas ambas entidades porque hace al caso y porque bien mirado el paradigma de milagro sería que algo, en absoluto engrasado, funcionara. Ocurrieron con la conjunción mía y de mi coche macarra y en el ámbito geométrico de El Corte Inglés pero estas dos cosas son anécdota y no forman parte categórica del hecho extraordinario. Ya una vez en el gran almacén me teletransporté desde la segunda planta del parking hasta el exterior. Quiero decir que yo tenía aparcado el coche en el segundo sótano y, en buena lógica, tras subir un tramo de rampa, debía de haber aparecido en el primer sótano. Sin embargo, me vi en la calle sin haber atravesado barrera alguna. Pero ésto nunca lo consideré un milagro. Hecho extraordinario, sí, pero debido posiblemente a seres alienígenas vulgares, de los que encontramos en todos los parking, que se habrían dejado escapar algún magnetismo mesmérico que, al azar, fue a parar a mí. Luego no encontré ninguna señal de alerta en el sol, las nubes del cielo o en el vuelo de los pájaros por lo que el suceso lo consideré y lo sigo considerando anodino.

El primer verdadero milagro ocurrió el pasado jueves, día que tuve libre. Aupado en mi coche macarra, me dispongo a salir del parking. Metí el ticket en el lector y éste lo devolvió. Lo volví a meter varias veces en distintas posiciones y el aparato hizo lo mismo. Y, de repente, reparé en que se me había olvidado pasar por caja. Un escalofrío de horror me recorrió el espinazo pero no era cosa en aquel momento transcendente de hacer cábalas sobre la posible vehemencia senil. Miré el ticket inservible y encontré la banda magnética con una negrura ausente de toda esperanza. Mi primera reacción fue intentar dar marcha atrás, aparcar de nuevo y rectificar el yerro. Pero ya varios coches formaban cola a mi zaga y no era posible moverme sin grandes incomodos. En cuestión de segundos, tomé una decisión heroica: llamar por el telefonillo a quien se sirviera responder, contar lo sucedido y que se actuara como el protocolo de emergencias dictase. No hice más que pulsar el botón cuando ¡oh, milagro! la barrera se alzó sola y mayestáticamente, sin concurso de ticket ni banda magnética, para dejar expedito el camino. Gracias a la intervención del santo del día, me había visto libre de la situación vergonzante y de alguna que otra risita irónica. Santo del día al que le debo una vela o tal vez un gallo como Sócrates a Esculapio.

El segundo verdadero milagro ocurrió ayer mismo, durante la actividad sabática. Ya le había comunicado a la humanidad, a través del Facebook, que la cerradura de la puerta del conductor de mi coche macarra había dejado de funcionar. Para abrirlo, tenía que recurrir a ciertos malabarismos hechos a través de la puerta del pasajero. También en esta ocasión, el escenario de los hechos es el parking de El Corte Inglés. Cuando fui a buscar el coche, me encontré a otro vehículo de grandes dimensiones muy pegado a la derecha del mío. Imposible abrir la puerta de este lado lo suficiente como para insinuarme dentro, desactivar el freno de mano y empujar el coche hasta el pasillo con lo que, libre de obstáculos, podría hacer los malabarismos. Tomé también una decisión heroica: buscar a alguien de los que vigilan el parking para que, con ayuda de esa especie de carrillo mueve coches, el mismo que usan para trasladar a los que están mal aparcados, poder sacar el mío del atolladero. Pero, contra toda esperanza y por una intuición celestial, decido meter la llave en la cerradura de la puerta izquierda y ¡oh, milagro! ésta gira suave y con total precisión el cuarto de vuelta correspondiente. Con gran alegría ocupo mi asiento y salgo a la calle como si nada hubiese pasado.

Pero, en este segundo caso milagroso, si me he reprochado el haber sido tan lerdo como para no comprender que el problema de la cerradura era de fácil solución con la ayuda del 3 en 1 o algo similar. Bastaba un lubricante y no haber hecho intervenir al santo del día a quien también le debo una vela. Y como se ve, viene a cuento hacer una digresión para hablar de estas sustancias resbaladizas. Me había preguntado algunas veces si la palabra correcta es lubricante o lubrificante. Es que me parece que antes se decía más la segunda y creía que la primera era cosa de modas modernas. Recurro al D.R.A.E. que me informa de que ambas palabras son sinónimos y correctas. En un rato de desoficio decido buscar en Google para mayor abundancia pero, en las primeras ocurrencias del buscador, me encuentro...¡ay, lo que me encuentro! Nada que ver con el 3 en 1 o con la severa definición que da la docta institución del verbo lubricar: “engrasar piezas metálicas de un mecanismo para disminuir su rozamiento”. No parecen tener esto in mente los buscantes sino como conseguir el indudable milagro de que el amor, especialmente el de emergencia, sea suave y dulce y no chirriante.

No me cabe duda de que en los tiempos que corren que son desde Atapuerca hasta hoy, necesitamos milagros más contundentes que los que he contado. Pero, como es cosa sabida, Dios escribe derecho con renglones torcidos y los santos del día le dan a las velas encendidas otra interpretación distinta de la nuestra. Está por venir el lubricante magno que le permita al mundo ese cuarto de vuelta que, seguramente, es justo lo preciso. Pero yo dejo constancia de lo ocurrido porque parece ser que tendremos que seguir conformándonos con salir del paso y con los sucesores de la vaselina para las estrecheces cotidianas.

P.S. aclaratorio. Lúbrico, ca: "propenso a un vicio y especialmente a la lujuria" (D.R.A.E., 2ª acepción de la palabra)

domingo, 18 de noviembre de 2012

Nociones de economía.


Una vez conocí a un yankee que estuvo en la corte del rey Arturo. Me lo presentó Mark Twain en la mansión de una plantación tabaquera del estado de Virginia. Después de cenar, nos sentamos en el porche y estuvimos hablando hasta el amanecer, bebiendo bourbon y fumando el tabaco local. En realidad, hablamos el yankee y yo porque Twain estaba ya bastante decrépito y se durmió enseguida en la mecedora. No recuerdo los detalles ni cual fue la peripecia que le permitió a mi interlocutor teletransportarse en el tiempo. De aquella larga conversación, me viene ahora a la memoria la anécdota que me contó de cómo se encontró con los vecinos de dos pueblos limítrofes. Los de uno (pueblo A), ganaban un salario de 10 monedas y los del otro (pueblo B), un salario de 20 monedas. Ésto hacía que los de A estuvieran tremendamente quejosos con los de B al considerar que sus propios ingresos eran marcadamente inferiores. El yankee que, en plan quijotesco, quería enderezar entuertos se dedicó a investigar los hechos y comprobó que los precios eran mucho más elevados en B que en A, hasta el punto que los habitantes del primero podían adquirir con sus 20 monedas bastante menos cosas que los de A con sólo 10. Reunió a los vecinos de ambos pueblos y les comunicó francamente que A salía beneficiado con respecto a B. De entrada, parecieron creerle y aceptar sus razonamientos hasta que un preclaro portavoz de A le dijo: “Pero, bueno ¿cómo nos quieres hacer creer que 20 monedas son menos que 10?”. Mi amigó intentó de nuevo que razonaran pero ya todo fue inútil y el dejó el tema por imposible. En este punto de la narración, Twain dio un ronquido y se revolvió en la mecedora, el yankee y yo nos reímos un rato y nos servimos otro chupito de bourbon.

Hicimos una pausa tras la cual le conté a mi vez al yankee que a mi, de niño, me pasó algo parecido. Mi padre me daba, de vez en cuando, alguna perra gorda o tal vez dos. No sé lo que podía comprar con aquello si es que podía comprar algo. Quizás solo fuera la satisfacción de llevar aquellas piezas metálicas y redondas en el bolsillo porque yo ya intuía que eran tremendamente importantes para el funcionamiento del mundo. Luego supe que existía una sola moneda, la de dos reales, que compendiaba en si misma mucho poderío posiblemente por aquel agujero que tenía en el centro. Es posible que viese a algún otro niño obtener algo para mí muy deseado entregando a cambio los dos reales que se me antojaban bonitos, brillantes y pulidos. Así que una tarde  me atreví a pedirle a mi padre que me diese dos reales. Mi padre dijo que sí y se sacó del bolsillo DOS monedas que me entregó. Salí a la calle dispuesto a hacer el trueque pero, a medio camino, abrí la mano y vi que tenía DOS monedas, más grandes que la que buscaba pero de aspecto más pobre y más ennegrecidas. Además, yo no quería DOS monedas, quería UNA moneda de dos reales que era la que tenía el poderío. Así que volví a casa y le dije a mi padre que se había equivocado y mi padre me contestó que no, que me había dado DOS monedas de UN real y que UN real y OTRO real eran DOS reales. La noción económica que yo tenía que comprender era que DOS monedas de un real equivalían a UNA moneda de dos reales y que, por tanto, con DOS monedas de un real se podía comprar lo mismo que con UNA moneda de dos reales. Pero no lo comprendí, le dije al yankee, y fui todo el camino mohíno e inquieto pensando que en el comercio no me iban a dar lo que yo quería porque para éso se necesitaba UNA reluciente moneda de dos reales, con su agujero en el centro. Twain dio otro ronquido y volvió a removerse en la mecedora y el yankee y yo nos volvimos a reír y a servirnos otro chupito de bourbon.

Lo malo es que, muchos años después de aquella conversación, sigo sin comprender las nociones elementales de la economía. Por éso, cuando surge el tema, me evado con lugares comunes. Cuando ya se vio que era inevitable el terrorismo de estado que supuso la introducción del euro, mi enfermos mayores (que son casi todos) estaban preocupados por el cambio. Me preguntaban: “Y a usted, Don Manuel, ¿qué le parece éso del euro?” Y yo, con una sonrisa de ser al menos tan viejo como ellos, les contestaba: “Muy sencillo. Que los ricos van a seguir siendo ricos y los pobres van a seguir siendo pobres”. Luego les recetaba un jarabito para la tos y una pomada para el dolor de rodillas y se iban más tranquilos. 

Y ahora, desaparecidos los dos reales para ser sustituidos por billetes de 500 euros, sigo sin tener claro que este billete sea igual que 50 billetes de 10 euros. Para empezar, de niño fui capaz de tener una moneda agujereada de dos reales pero ahora, en la madurez, no he sido capaz de tener en la mano un billete de 500 euros. Ni siquiera los he visto en la realidad, solo en la televisión, como a Obama o a Michelle Pfeiffer. Leo en las revistas de coches, donde busco ideas para mi cupé macarra, que la versión más económica de un Bugatti Veyron vale 1.629.000 euros. Según me dice la calculadora, ésto significa que, para adquirirlo, hay que entregar a cambio 3.258 billetes de 500 euros. Y ¿da lo mismo entregar 162.900 billetes de 10 euros? Me malicio que no porque, aunque no entendí ni entiendo algunas nociones elementales de economía, estoy convencido de que hay cosas que solo se pueden comprar con billetes de 500 euros...o con una moneda de dos reales. Pero, desafortunadamente, éstas ya no existen.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Nuevas noticias de lo escatológico.


Pues pasados Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos y abocados ya al Adviento, he sentido el deseo de ver las estadísticas de este blog. Reparo en lo que ya sabía: que la “Carretera de Santa Catalina es un blog humilde, con pocos lectores aunque, sin duda, debe haber algunos adictos y aún entusiastas. En cambio, ignoraba que uno de los países en los que más gente se ha interesado por él o, mejor dicho, ha llegado a su lectura por los caminos extraviados de Internet, es Rusia. Me malicio que debe ser el Cosaco Verde quién, a su vez, se lo habrá recomendado a sus amigos. Y también es posible que lo mire de vez en cuando Miguel Strogoff, el que fuera correo del Zar. Los dos fueron amigos míos en la infancia y adolescencia aunque no tanto como el Capitán Trueno pero no creo que éste mire blogs porque, al final, se fue definitivamente a Thule que es el único lugar del mundo donde no hay ordenadores, ni llega el cable telefónico ni la onda 3G. Pero lo que importa decir aquí es que no soy amigo de estadísticas, ni de gráficas de barras, ni de las de dispersión que no entiendo bien, ni siquiera de esos quesitos cuyas porciones se desprenden animadamente del total en los aburridos Power Point  de la gente listilla. En realidad, esta ciencia matemática se limita y tiene de verdad para mí lo que dice la conocida gracia, lo de “mil millones de moscas no pueden estar equivocadas: ¡coma mierda!”

Y ya nos damos de lleno con la escatología. Escatológico es el Día de los Fieles Difuntos y el Adviento, tiempo litúrgico que no solo sirve de preparación a la Navidad sino de la Parusía, el fin de los tiempos, cuando vengan los ángeles justicieros tocando la trompeta lo que, según los mayas y algunos otros agoreros, ocurrirá en lo que queda de año. Las lecturas evangélicas se hacen también escatológicas, como la de dentro de pocos días en la que Jesús de Nazaret afirma terriblemente: “Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo” (Lc. 17, 26-37). Pues no sé si habrá sido una indicación sotto voce de mi Ángel de la Guardia invitándome a ver las estadísticas del blog pues así me he enterado de que las dos entradas que acumulan mayor número de lecturas son marcadamente escatológicas. La primera de ellas, la más visitada de todos los tiempos, es la titulada “De la escobilla del wáter y otras guarrerías” en la que se hacía glosa de éste tan sencillo como necesario instrumento. Le sigue a poca distancia “Fue y se metió en un convento” en la que comentaba el tremendo estupor que me produjo enterarme de que Charo Pascual, presentadora del tiempo en la televisión hace unos años, se había metido en un convento de Londres.

Que la primera es escatológica no tiene ninguna duda. Cuando se visita el palacio de El Pardo, enseñan el cuarto de baño con la taza del wáter que usó el general Franco lo que suele despertar las miradas más intensas de la visita. Es más sutil la escatología de la segunda. Cabe preguntarse: ¿Porqué somos tanta gente interesada en que esta señora, físicamente agraciada y que fue presentadora mundana, se haya metido en un convento para siempre? La respuesta puede llevarnos a la corrupción de la carne, al desapego del mundanal ruido, a las postrimerías, al no tener más esperanza que la muerte a la que ya se trata de aproximarse intramuros. El curioso que busca imágenes y que se interesa por la escobilla del wáter ¿es el mismo que busca explicación al extraño suceso de la presentadora monja en un tour de force de despojos y naderías? La miseria humana en sus diversas facetas ¿es fuente morbosa de interés y aun de distracción?

Pues, por lo que se ve, creo que sí. Ignoro hasta que punto lo obtenido en las estadísticas de audiencia de este blog, menos que humilde, puede extrapolarse a la población general pero tampoco me hace falta este conocimiento. No hay más que salir a la calle, real o virtual, para afirmar que las miserias ajenas, necesitadas cuanto menos de taza de wáter y escobilla reglamentaria, son fuente de inspiración y la curiosidad por adentrarnos en un sinnúmero de motivos para encontrar entre ellos los escatológicos, nos puede. 

Y para cerrar el círculo de coincidencias, resulta que hoy, 11 de noviembre, es San Martín festividad relacionada tradicionalmente con la matanza del cerdo. El refrán lo dice lacónica y taxativamente: “Cada cerdo tiene su San Martín. Usado en sentido figurado, como es habitual, se convierte en escatología en estado puro de la que solo nos redime el jamón porque meterse en un convento ya es más duro. Así que nadie se preocupe en estos tiempos convulsos: todos nuestros particulares enemigos tendrán inexorablemente su San Martín pero, posiblemente, no haya panceta aprovechable.