domingo, 10 de junio de 2012

La gloriosa ITV del coche macarra.


Pues habiendo pasado con bien la ITV del coche oficial, fue llegado el momento de enfrentarse a la peliagudo cuestión de pasar también la del coche macarra, inspección ésta que andaba postergada desde ¡febrero del 2011! Pero es que el coche macarra vino ya a mis manos con esta insana intención de alegalidad, escándalo, controversia y contraculturalidad. Andaba yo con ganas de tener un vehículo así, para poderlo tunear charramente. Además, desde el punto de vista práctico, me permitiría aparcar más cómodamente en las angosturas del parking del Centro de Salud. Convencí a las instancias que velan por la economía familiar con la especie de que el coche oficial era inadecuado para cortos recorridos urbanos que, faltos de aceleración, solo conseguían recalentar el motor y acumular carbonilla en el tubo de escape. Así que, tras la preceptiva búsqueda en Intenet, le compré a un simpático chico de Elche, un Hyundai cupé del año 2.000 que, con su color rojo pasión, se convirtió para mí en el paradigma de coche garrulo y marginal. 
Había detrás del vehículo una triste historia de amor, pasional como el rojo de su carrocería que me contó el vendedor -con quien hice una pequeña amistad de circunstancias- mientras hacía rugir el potente motor de su moto que también me enseñó. Al parecer, el chico se lo había comprado a una su novia quien, a la semana de encontrar trabajo, se lió con el encargado. El joven sobrellevó bien el golpe sentimental y se dio mañas para recuperar el coche que la pérfida quería retener para sí. De todas formas, no dejé de llevárselo a mi mecánico para que lo revisase pensando, más que nada, que aquella mujer podía haber amañado frenos y volantería para que el despechado amante sufriera un accidente. Tan bien se repuso el chico del lance amoroso que, a uno de los encuentros que tuvimos para el papeleo y las perras, llegó acompañado de otra mujer a quien me presentó como amiga. Fingiendo que tenía que explicarle algo del coche, me lo lleve del bracete a un aparte y, acogiéndome a mi mucha mayor edad, le di un coscorrón en la cabeza mientras le apostillaba: "¡Payaso! ¿Tú no ves que ésa quiere otro coche? En cuanto le compres uno, te deja. Y ésta ya ha aprendido el cuento y te exigirá que lo pongas a su nombre para quedarse con él”. En realidad, no sé si las cosas ocurrieron así o serán desvaríos propiciados por la macarrez del Hyundai.
El caso es que ayer fue día festivo regional por esas cosas de las autonomías y demás mandangas que no son santo de mi devoción. Y aprovechando que no había Corte Inglés ni Nueva Condomina, vi llegado el momento de cruzar la frontera de los reinos y llevar el coche macarra hasta la ITV de Redován, ya en tierras alicantinas. Temprano comenzaron los preparativos. Lo primero era encontrar los papeles, el llamado Permiso de Circulación y la temible Ficha Técnica. Tener los papeles en regla en un coche que presume de alegalidad es un contrasentido pero, tras una pequeña búsqueda por guanteras y bolsillos, lo encontré todo en orden. Después fui hasta la gasolinera de Algezares donde revisé la presión de los neumáticos, reposté carburante y lavé el coche. Luego vino la cuestión de las luces no homologadas e inhomologables. Había cambiado los eyectores del lavaparabrisas y de la luneta trasera colocando otros luminosos, azules delante y rojo escarlata detrás. Me vi precisado a colocar burdamente cinta aislante para camuflar dicha horterada que, a buen seguro, no sería del gusto del inspector. Me cercioré de que los pedales, también con una sobrecubierta de aluminio y celestialmente luminosos, estaban apagados. Hubo dudas con el retrovisor interior, dotado de un agresivo espejo suplementario, capaz de romperte la cabeza en caso de colisión. Pero me atreví a dejarlo puesto ya que, si hubiese incompatibilidad, es de fácil quita y pon. Y ya solo faltó echarme la tarjeta de crédito y el recién renovado permiso de conducir al bolsillo para emprender la aventura.


Aventura a la que me acompañó mi mujer para prestarme la honorabilidad que me sustraía el coche. Y siendo bastante antes del mediodía, llegamos sin perdernos hasta la ITV de Redován. Pagado el canon de 39,97 euros, guardamos cola tan pacientes como expectantes porque no las teníamos todas con nosotros, sobre todo mi mujer que aseveraba periódicamente que “ese zarrio no pasa la inspección”. Pero a mi la esperanza me iluminaba y con ella llegué hasta el último stop. A diferencias de otras ITV, en ésta el operario toma los mandos del coche hasta llegar al foso final donde el interesado vuelve a subirse para girar insistentemente el volante sin saber para qué. Cuando me tuve que bajar para ceder mi puesto, me di por perdido: ahora el inspector repararía en los pedales lumínicos, en el espejo rompecabezas, en que el claxón solo se activaba pulsando en un único punto dado y en que llevaba un CD con música de “cantaditas” en el aparato de radio. 
Con ánimo acongojado, esperé durante todo el proceso, viendo avanzar al impresionante coche rojo. Terminada la gestión, el inspector me dijo que aparcara fuera de la nave y que me llamaría. Fue así y cual no sería mi sorpresa y gozo cuando, al llegar a su pupitre, me lo encontré perforando la pegatina para señalar la próxima revisión, signo inequívoco de que ésta la había pasado con bien. Recogí los papeles y un documento de la GENERALITAT VALENCIANA donde, no obstante y en el apartado D “RELACIÓ DE DEFECTES TROBATS EN LA INSPECCIÓ”, señalaba que en el freno de servicio existía un desequilibrio de las fuerzas de frenado entre las ruedas de un mismo eje superior al 20% e inferior al 30% para concluir, en el apartado E “RESULTAT DE LA INSPECCIÓ” que ésta era favorable con defectos leves. Chorradas en comparación con el espanto de las luces azules celeste y rojo escarlata
Un café y un cigarrillo en el bar “EURO”, al borde de la carretera, fue el premio por el éxito de la misión. Volvimos a casa sin sobrepasar los 121 km/h y, mientras conducía, pensaba que el próximo hito será dejar mi coche macarra con el escape libre. Ya encontraré el modo de chapuzear el desaguisado para la próxima inspección del 9 de junio de 2013.

domingo, 3 de junio de 2012

Y...¿Qué tal si hablamos del edelweiss?


Recuerdo perfectamente cuando me contó la historia un jesuita. Yo debía tener no más de doce años, un adolescente melifluo y banal. Fue en una de aquellas aulas preconciliares, con la mesa-cátedra encima de un estrado de madera y el negro pizarrón por fondo. No se si se impartía alguna clase o era uno de los momentos de la aleccionadora reflexión. El caso es que el buen maestrillo acomodó su sotana a la silla, se inclinó hacia adelante como para ganar intimidad y relató que, en las altas montañas alpinas, había una flor de nombre edelweiss que crecía en los picachos y mientras más arriba la encontráramos, más bonita era. Y siguió con la cancamusa de que los enamorados de la zona iban a buscar la flor para llevársela como presente a la mujer de sus sueños. Y que subían alto, alto, más alto para hallar el edelweiss más hermoso y, con él en el regazo, volvían muy contentos hasta la amada quien, en buena lógica, también se ponía muy contenta ante aquella prueba de estremecedor cariño. Y, en este momento de la narración, el jesuita hacía un quiebro y extrapolaba: nosotros también teníamos subir a las alturas del buen comportamiento, de la aplicación y del estudio y allí encontraríamos lo que hoy se llamaría un edelweiss virtual que, aparte de servirnos de íntima recompensa, podríamos llevar ante la Virgen que nos premiaría con su sonrisa.
Bien, recuerdo perfectamente el hecho pero no creo que, en aquel entonces, la romántica historia me motivara a estudiar más. En realidad, aunque zagalón delicuescente, ya apuntaba en mí el perfecto ramplón que he venido a ser con la madurez. Supe de manera cierta que la Virgen estaba lo suficientemente contenta conmigo y que me sonreía todos los días y, en modo alguno, me entraron ganas de echarme una novia de tierras alpinas, ni de tener que demostrar mi amor subiendo escarpadas laderas en busca de una simple flor, arriesgándome a sufrir una de esas fractura de cadera que luego supe clasificar. Es posible que el recuerdo neto de lo narrado se deba precisamente a ésto, a que fue el alborear del sanchopanzismo en que me muevo ahora. El siguiente hito, también intramuros jesuíticos, fue cuando A.B. (de quien ya se ha hecho memoria en este blog) y yo vimos que unos esforzados e idealistas compañeros se disponían a dormir en tiendas de campaña en los jardines del Colegio. El comentario que nos hicimos el uno al otro fue inmediato: “¡Serán tontos! ¡Con lo bien que se está en la cama!”. Así que los dos grupos nos despreciamos mutuamente, cada uno siguió su camino y hubo paz.
Parece ser que el edelweiss, como flor física, está en peligro. Tanto enamorado hubo y tanto turista emotivo, que ha corrido riesgo de desaparecer por lo que ahora está protegida por alguna de esas instancias federales que se dedican a estas cosas. Pero hubo una canción, ínclita como ninguna, que persiste y sobrevive recordándola. Ni que decir tiene que me refiero a la película “Sonrisas y Lágrimas” donde aquella espantosa familia y su institutriz le dedican sus voces atipladas a la flor de las cumbres. Tanto persiste y sobrevive que ahora en Murcia se va a poder ver un musical del mismo título que supongo que seguirá con la metralla con un cierto hálito comarcano de baile de la rosa y niños cantores de Viena. Dígamos, pues, la palabra mágica, el vade retro que nos librará de tamaño tostón: ñoñería.
Porque la ñoñez sigue campando por su fueros y se encuentra bien presente. En forma de cancioncilla romática, de power point reenviado, de frase reflexiva de alguien que no conoces del Facebook, de foto ensoñadora, de cartel propagandístico, de entrada de blog, de cara de carnero degollao que le pone el novio a la novia, de slogan de clan, de libro de autoayuda, de cuentacuentos, de ronda de la Tuna e incluso ¡ay! de orquestina callejera que toca adagios para que los papás sienten a los niños en corro sobre el suelo jugando al mundo feliz. ¡Ay de esas canciones de ayer, hoy y siempre! ¡Ay de esas páginas inmortales de la música clásica! ¡Ay de esas veladas, con piano y tenor que nos recuerda que “por el humo se sabe donde está el fuego” para atacar luego con el Maite, Maitechu mía...”.
Suelo dar un consejo a mis enfermas jóvenes y casaderas. “Mira -les digo- los hombres pendencieros, los hombres celosos, los hombres jugadores y bebedores, los mujeriegos y derrochadores, los vagos y maleantes, son malos. ¡No te cases con ninguno de ellos! Pero -continuo- los hombres que no beben, ni fuman, ni juegan, los que nunca levantan la voz, a los que nunca se les nota enfadados, los que no se ríen a carcajadas, los que nunca te contradicen, los que son siempre simplemente educados y correctos, los que nunca cuentan chistes guarros, los que no miran de refilón a otras mujeres...ésos...¡son peores! ¡Tampoco te cases con ninguno de ellos! Porque la mala leche la tenemos todos y el demonio va dentro de cada uno de nosotros.”. En resumen, lo que quiero inculcarles es que eviten la ñoñez en sus parejas porque el ñoño, a pesar de serlo, o quizás precisamente por serlo, puede ser más malo que el iracundo. Y encima se buscará un abogado y un notario con bigotito para que hagan el trabajo sucio.
La ñoñería va unida de manera indefectible a lo entrañable y el paradigma de lo entrañable son las croquetas de la abuela. ¡Odio las croquetas de la abuela! En realidad, no me gustan las croquetas pero prefiero las prefabricadas del Mercadona en fritanga de aceite reutilizado. Croquetas canallescas, de cenas bohemias y noches perdularias, las croquetas que te prepara, como canta Sabina, “esa amante inoportuna que se llama soledad”.  Y que me dejen llorar de noche por el sol porque, Tagores del mundo, yo soy un ramplón y no necesito ver estrellas.

domingo, 27 de mayo de 2012

El Todao 70 mm.


Soy la única persona sobre la faz de la tierra que recuerda algo, algo nimio tal vez pero que solo existe ya en mi mente y ningún otro hombre o mujer de los millones que pueblan el planeta, tiene memoria de semejante cosa. Por si este hecho no fuera lo suficientemente terrible, he llegado, de manera concomitante, a otra conclusión de incalculables consecuencias. Cada uno de los seres humanos, cuando ya ha vivido años más que suficientes y la madurez se aproxima a la vejez y aun a la decrepitud, es el sólo y único mortal en recordar algo. Naturalmente, no he hecho ningún estudio de campo y nadie debe pedirme pruebas o datos en los que me baso para tamaño aserto. Sé que éso es así y todos los que este post leyeren deben comulgar conmigo sin que les quepa otra opción que un sí unísono y monocorde.
Una aproximación epistemológica  nos dice que la trayectoria de la teoría es simple, tan simple como puede ser algo que tiene sus orígenes en un comentario del Facebook en el que yo mentaba el sistema cinematográfico conocido como Todao 70 mm. Conocí aquel invento en los años estudiantiles y las salas de proyección donde se empleaba lo anunciaban a bombo mientras que el platillo lo dejaban para la Refrigeración Baviera que mitigaba el rigor caluroso del verano de Sevilla. Era cosa sabida que las películas, físicamente, tenían un formato de 35 mm. Pues bien, el truco del Todao era que el film de celuloide tenía un ancho de 70 mm. Esto permitía, teóricamente, proyectar las imágenes animadas en grandiosas pantallas, sin merma de su calidad visual. No hace al caso si llegué a ver alguna película con estas características y, si la vi, no me acuerdo. Pero el run run de aquella muletilla del Todao 70 mm. quedó, en cambio, indeleblemente grabado en mi memoria.
Tengo la buena costumbre de que cuando surge algo de lo que no estoy suficientemente documentado, busco en el Google o en los libros de papel información sobre el tema. Por éso, me dispuse a recabar datos de cualquier pelaje sobre aquel Todao 70 mm. tan maravilloso. Así que le di caña al buscador pero fueron pasando las páginas sin que apareciera nada y casi todas las referencias eran para el objetivo de 70 mm. de las cámaras Nikon, el mismo que uso para las fotos que, a veces, adornan este blog. Cuando llegué a la página 13 o 14, di por terminada la búsqueda. Quedaba mucha morralla, por supuesto, pero soy de la opinión de que si, llegado a un punto del camino, no hemos encontrado lo buscado, es inútil seguir. En realidad, ésto es una extrapolación del consejo que lo doy a mis pacientes jóvenes cuando surge el tema de las noches perdularias: si son las dos o, a lo sumo, las tres de la madrugada y no has encontrado nada, no sigas buscando. Esa noche no es para ti y lo mejor que puedes hacer es irte a la cama. Se que muchas veces se busca la sorpresa, la emoción del último momento, el golpe de fortuna que hace que una noche que parecía perdida, de repente, se convierta en la noche de tu vida. Éso no ocurre nunca y solo se pierde el tiempo y el dinero consumiendo cubatas que te estragan el estómago y preludian un día siguiente de desabrida resaca y áspera desilusión.
Digo que, hecha una búsqueda razonable en el Google, di por seguro que nadie se acordaba ya del Todao 70 mm. Nadie, salvo yo, en toda la faz de la tierra. Por lo tanto soy depositario único de este saber y con tamaña responsabilidad debo vivir el resto de mis días. De esta conclusión, fue fácil escalar al corolario final que se enunciaba al principio y ahora repito: llega un momento de extraordinaria entidad vital en el que cada hombre y mujer es el único que recuerda algo. Y cuando el hombre o mujer mueran ese recuerdo se habrá perdido inexorablemente para siempre. Particularizando: cuando yo solo sea polvo enamorado, el Todao 70 mm. que una vez fue ya no será nada, ni siquiera polvo en el viento.
Que nadie llore por ésto. También las estrellas se apagarán y las cucarachas se extinguirán. Es ley de vida y muerte. Y, sobre todo, que nadie me contradiga. Me hace ilusión sostener esta teoría tan exquisitamente inútil. Sé que se puede alegar que si hubiese seguido buscando en el Google, si me hubiese tomado unos cuantos cubatas virtuales más en la discoteca aleatoria, al fin habría encontrado alguna referencia al Todao 70 mm. Es posible incluso que me fuera dado contactar con esa otra u otras personas que todavía lo recuerdan. Desgraciadamente, ésto no invalida la hipótesis que sostiene también como cosa cierta que esas personas morirán antes que yo. O es posible que yo muera antes que ellas porque la certeza de las hipótesis es baladí. Entonces el Todao 70 mm. quedará en la memoria de otro mientras que en la mía estará encerrado el farolero del Polo Norte. Y así se cumplirá mi último destino. Bien mirado, la vida del hombre sobre la tierra es tan deleznable que su pequeño momento de fulgor solo le permite tener la identidad, única e irrepetible, de ser tan solo él quien recuerda el biscúter, la gaseosa “La Molina”, la tinta china y el tiralíneas, los zapatos “Gorila”, Gigliola Cinquetti o a la torre Eiffel.

domingo, 18 de marzo de 2012

La Venta la Virgen.


Era un moro buhonero y debió de arribar a España en la primera patera. Los caminos aventureros y buscavidas del mar y la tierra le llevaron hasta la Venta la Virgen donde ofrecía su mercadería de baratijas en la explanada de carretera, cerca de la puerta del restaurante. Yo llegué al mismo lugar por sendas menos riesgosas que las suyas pero también con su poco de dejadez en manos del destino. Él sin papeles, yo a golpe de Boletín Oficial del Estado y sus prolijas resoluciones de concurso de traslados. Supongo que ni el moro ni yo sabíamos a ciencia cierta lo que nos íbamos a encontrar.
Tomada, pues, posesión como marca la ley del que creo recordar que era el Distrito 19 de Murcia, fui a parar a Los Martínez del Puerto, localidad de grata memoria. Antes había estado poco más de un mes en Sucina, tiempo suficiente para cogerle el gusto a la mojama, a las habas y a las almendras fritas. Luego la ley consuetudinaria, la misma que llevó al moro hasta su posición sobre el asfalto, me dijo que tenía que ir una vez por semana a pasar una curiosa consulta a la Venta la Virgen. Así lo hice y todos los jueves llegaba poco antes del mediodía hasta aquella escuela rural que seguía funcionado como unitaria con doce niños. Yo subía hasta la planta alta, a lo que en su día fue vivienda del maestro. Precariamente, estaba habilitada una habitación para consultorio, con una mesa de resabios escolares como escritorio y tal vez una camilla de exploración, no recuerdo bien este detalle. Luego el fonendo y el aparato de la tensión. Y no había más. 

Un día el moro dejó su mostrador de peripecias al cuidado de un amigo y subió hasta aquella habitación milagrera. Tras unos saludos y una presentación preliminar (quizás fuera la primera vez que yo veía a un moro como enfermo y éste a un médico infiel) y luego de encomendarnos, él a Alá, yo al Dios de los cristianos, me consultó sobre alguna banalidad, tal vez una tos, tal vez un dolor de rodilla. La providencia estatal del Seguro no cubría, como ahora, a aquel enfermo de ultramar pero estaba, para los menesterosos y los pobres de solemnidad, la Beneficencia del Hospital y de la Casa de Socorro y yo era el brazo de aquella institución en los secarrales de la Venta la Virgen. El caso es que los dos salimos bien parados, quizás el enfermo con un jarabe que le anoté en un papel por lo que, tras una nueva invocación a Alá, sacó de su bolsillo de buhonero una baratija, un collarcito o una ajorca tan moruna como los pinchitos, que me entregó dándome las gracias con una sonrisa de dientes de plomo. Por cortesía, acepté el regalo y nos despedimos. Debió de irle bien el jarabe o la píldora porque, el jueves siguiente, volvió a subir a la consulta para comentarme otra banalidad, consulta a la que siguió, como la vez anterior, la entrega de alguna quincallería. Y así nos hicimos amigos de circunstancias, él me visitaba todas las semanas, yo actuaba como médico y recibía el oropel de su agradecimiento. Algo idílico aparentemente, en una vuelta a la sociedad primitiva de la supervivencia, el apoyo mutuo y el trueque.
Sí, el recuerdo de mi paso por la Venta la Virgen tiene algo de idílico, de médico ambulante, de precariedad salvada por la sencillez de los deseos y la simpleza de aquella medicina tan rural, en la planta alta de la escuela donde doce niños aprendían la desembocadura de los ríos de boca de un también benemérito maestro. Y allí sigue el enclave de avituallamiento, la Venta propiamente dicha con su hotel de carretera anexo, la gasolinera y el grupo de casas renovado con nuevas edificaciones y dúplex. La construcción hace años de la autovía de Cartagena, parece como si hubiese desplazado todo el conjunto 500 metros hacía el oeste y ahora hay que desviarse para llegar. Me queda cerca de casa y lo hago de vez en cuando, accediendo a una rotonda de palmeras que nos dice bien a las claras que estamos en el desierto. Tomo café en la Venta y recorro las callecitas del mundo perdido, paso por la escuela rediviva y llego hasta la iglesia y el cementerio ya camino de Corvera. Campo y urbe se unen en unas insólitas aceras que bordean la tierra áspera pero fecunda. Y sobre la acera un banco municipal que no sé si alguien usara. Quizás quede algún anciano de los que yo visitaba o alguna pareja de enamorados, nacidos después de mi paso por allí e indiferentes al anacronismo del entorno.


Y sin embargo, a pesar de aquella desnudez del Edén, no recuerdo más historia que la del moro buhonero y ésta en una versión resumida y acortada. Yo era un médico joven, posiblemente simpático y agradable, que dejaba la ciudad para ir allí una vez a la semana, que auscultaba pechos, veía rodillas inflamadas y tomaba la tensión, que hacía recetas del Seguro y volantes para el especialista pero nada más. Nadie me contó miserias, ni alegrías ni tristezas, ni recuerdos ni ilusiones, ni proyectos ni fracasos, ni amores ni desamores. Hace ya muchos años que cambié la Venta la Virgen por la carretera de Santa Catalina. Estoy en un Centro de Salud moderno y funcional, formando parte de una Equipo bastante numeroso, con su Coordinador, sus Programas, sus Protocolos y ese ente de dudosa comprensión llamado Cartera de Servicios. Hay una amplio mostrador de recepción a la entrada, muchas consultas con puertas pintadas de rojo y en la mía, que es la número 16, un letrerito pone mi nombre. Arrojado del Paraíso, podría pensarse pero creo que no. Ahora acumulo historias posiblemente sin más mérito que el de ser más viejo y, aparentemente, más digno de crédito y no echo de menos la consulta bucólica de la Venta la Virgen. Pero de vez en cuando me gusta ir a ordenar estas historias al banco municipal sobre la bizarra acera que le pone puertas al campo.

domingo, 11 de marzo de 2012

Fue y se metió en un convento.


“¡¡ME CAGO EN LA LECHE PUTA!! ¿¿ÉSTO COMO HA SIDO...??” solía ser el exabrupto que pronunciaban en mi pueblo los amigos cuando, alertados por el doble de las campanas, llegaban a la casa donde un difunto estaba de cuerpo presente. Los familiares satisfacían su curiosidad contándoles detalles sobre los últimos momentos y la muerte y el amigo, ya calmado, volvía a pronunciar en tono más comedido y como reflexivo: “¡Me cago en la leche puta...!” Aunque  reservo educadamente los tacos gruesos para la confianza o la ocasión certera, no pude dejar de exclamar lo mismo que aquellos afligidos del velatorio cuando leí, de sopetón, unas tan breves como inesperadas frases en un libro de divulgación científica. Fue dicho para mis adentros pero el aura del ciscamiento y de la leche puta llenó todos los recovecos del pensamiento hasta que me recobré de la impresión. Repito que estaba leyendo un libro de divulgación sobre el tiempo meteorológico, literatura ésta la de divulgación a la que soy bastante adicto. Me entero así de los cómo, cuándo e intuyo por donde va el último por qué que siempre se nos escapa. Tiene esta afición un problema. A veces, el libro o artículo es demasiado fácil y sus razonamientos ya me los sé. Otras veces, en cambio, entran en honduras y filosofías, en metafísicas y formulaciones que mi intelecto ya no comprende bien. Me pasó, por ejemplo, cuando se puso en marcha aquel artilugio que, según los agoreros y algún santón, iba a significar la fin del mundo, el gran colisionador de hadrones. Busqué información sobre aquellas cosas pero la intimidad en lencería sexi de los agujeros negros, del bosón de Higgs y de la mecánica cuántica me siguió siendo negada. Me quede, por tanto, solo con la música de banalidades como la del gato de Schrödinger y me conformé.
Digo que cuando uno lee un libro de divulgación no espera encontrarse escabrosidades ni alarmas que no sean las estrictamente ciéntificas. Además, ya me han dejado de impactar ese tipo de comparaciones didácticas tales como “energia suficiente como para suministrar electricidad a una ciudad de 100.000 habitantes”. Otra cosa hubiera sido si me hubiese dado por leer “Las grandes amantes de la historia”, libro que duerme en los anaqueles de la casa de Calera y que, de niño, me atraía. Pero en aquel entonces no tenía yo empuje ni conocimiento de ciertas miserias y me limitaba a ver los grabados de Dalila o de Madame de Pompadour. Aquí sí esperaría encontrar rarezas y tomas de decisiones no sujetas al arte del razonamiento. Por éso, cuando estaba con el libro sobre el weather y, en concreto, con un capítulo donde se hacía historia de la incursión de éste en los noticieros televisivos, me sorprendió con horror leer, sin ningún tipo de anuncio previo, el siguiente párrafo (copio sin saber si infrinjo algún copyright): Maldonado y Pascual trabajaron juntos durante dos años. Después, Charo Pascual abandonó la televisión e ingresó en un convento de Londres. Al parecer, ella misma comentó que quería llevar una vida más espiritual. Desde entonces nada se ha vuelto a saber de esta presentadora”. Mantuve el tipo pero no pude dejar de soltar el exabrupto: “¡¡ME CAGO EN LA LECHE PUTA!! ¿¿Y ÉSTO COMO FUE??
Las preguntas se acumularon: ¿cómo que se metió en un convento? ¿qué puede mover a una mujer de mundo, como se supone que es una presentadora, a meterse en un convento? ¿es que era amiga de la disolución y se arrepintió? ¿estaba soltera? ¿estaba casada y con hijos? y ¿cómo que no se sabe nada de ella, ni siquiera si está viva o muerta? Así que hice una pequeña investigación por Internet y no encontré ninguna respuesta concluyente. Tengo que decir que esta señora me era, hasta ahora, absolutamente desconocida. No la vi, en su momento (que debió de ser por los años 88-90 del pasado siglo), presentando el tiempo por mi animadversión a la televisión. Tampoco en aquella época nadie me dio la noticia de su ida al convento de Londres. Quizás no salió en los "¡Holas!” o pasó la cosa desapercibida.
Dejó, pues, de interesarme el tiempo y me centré, durante un buen rato en tratar de pesquisar que es lo que ocurrió. Solo he encontrado escuetas frases que dicen lo mismo que lo ya leído, algunos foros zafios que recuerdan que la señora en cuestión estaba de muy buen ver y una breve reseña en “El Pais” del 16 de enero de 1993 donde se leen estos terribles motivos: Pascual asegura que se va a un convento de monjas porque "la vida no me gusta, no hay nada que me estimule, no encuentro el amor, no encuentro absolutamente nada que justifique mi vida terrena". Y estas tremendas historias que se escuchan a nivel del suelo, sin tener que mirar hacia lo alto, me gustan y me impresionan mucho más que los cielos de tormenta o las nubes aborregadas. Saber el cuento completo, tratar de comprender los últimos porqués, adentrarme en los tortuosos motivos de un alma en pena y aquilatar hasta donde debe llegar la compasión por estas mentes agitadas, es uno de los retos más fascinantes para los amantes de la vida real y de las historias contadas “entre dos copas de aguardiente sobre un manchado mostrador” como quiere la copla.
O en la intimidad de una consulta médica. A veces pienso en aquellos enfermos que un día desaparecieron sin dejar rastro. No me refiero a los muertos, por supuesto, ni aquellos que se casaron o cambiaron de trabajo y de residencia y de los que sigo teniendo información por sus familiares. De vez en cuando, se me vienen a la memoria, enfermos que tuve y de los que no he vuelto a saber nada, ni me anunciaron que se iban a marchar. ¿Se habrá metido alguno de ellos o ellas en un convento? En todo caso, de éstos que “se ausentaron sin dejar señas” queda la sensación amarga de que algo se nos perdió y de que hubo una historia con nubarrones que no está registrada en nuestra memoria.