domingo, 23 de octubre de 2011

Mis funciones en "El Corte Inglés" ( I )

Pues no es que los corralitos de fumadores fueran, en puridad, aburridos pero si es cierto que los que allí entrábamos éramos, poblacionalmente hablando, un grupo más homogéneo que los ocupantes del salón general. En éste, se convivía o se coexistía con todo el mundo y con todas las edades, en particular con niños y aun con bebés. Y así pasó lo que pasó. En aquel tiempo, no había hecho yo más que encender el cigarrillo cuando entra por la puerta de la cafetería de “El Corte Inglés” una familia compuesta por un abuelito, una abuelita, un papá, una mamá y un bebé de sexo ignorado pero el detalle no hace al caso. Ocupan una mesa cercana a la mía y con gran prosopopeya se disponen a darle el biberón al bebé. Todos a una deciden que es necesario calentar el agua acudiendo a la barra para que el servicial camarero meta el frasco de la tetilla en el microondas. El abuelito se ofrece voluntario con gran entusiasmo: “¡Yo voy, yo voy, yo voy...!” y así lo hace volviendo al pronto con el agua caliente. La mama prepara la leche con el justo número de medidas de polvo mientras el bebé espera pacientemente. Cuando a mi me parece que ya está todo dispuesto compruebo que falta un importante requisito: comprobar que la temperatura de la leche es la idónea. La mamá procede amorosamente a echarse una gotitas en el dorso de la mano y exclama: “¡Está caliente, está caliente, está caliente...!”. Luego el papá repite la acción y dice también: “¡Está caliente, está caliente, está caliente...!” Le toca el turno a la abuelita que hace y dice lo mismo. Así que, más decidido, el abuelito interviene. Se echa las gotitas en el dorso de la mano pero, no contento con ésto y para superior dictamen, da unas suaves lamidas con la punta de la lengua y exclama: “¡Sí, sí, sí...está caliente, está caliente, está caliente...!”. La infinita misericordia de Dios quiso que, en aquel punto, terminase el cigarrillo y pude apagar la colilla para salir de la cafetería abandonando al bebé a su triste suerte.
Y en aquel tiempo también, ocupando el mismo lugar, enciendo el cigarrillo y, al punto se me acerca una señora: “¿Me da fuego, por favor?”. Hombre caballeroso, me levanto, acciono el encendedor y acerco la llama a su cigarrillo. Esta gesto me supuso perder una calada del mío pero la di por buena. Al poco de sentarme, se me acerca un señor. “¿Tiene fuego, por favor?”. Pues bueno, me levanto y hago lo mismo que con la señora con lo cual pierdo otra calada. No habrían pasado diez segundos cuando se allega a mi mesa un vejete tal vez algo demenciado: “Dame fuego, hijo”. Bastante mohíno, me levanto por tercera vez y accedo. El vejete puede encender su cigarrillo y se queda ramoneando cerca de mi mesa. Y hasta él se viene un chico joven con el cigarrillo en los labios y oigo que le dice: “¿Me puede dar fuego, por favor?”. “No hijo, lo siento, yo no tengo fuego pero ese señor -y su dedo tembloroso me señala- si tiene...”. Veo con espanto que el chico joven se dirige hacia mi por lo que pierdo la paciencia y lleno de justa cólera, me levanto de un salto, vuelco la mesa y la silla, tiro la colilla del cigarrillo que había ardido tan infructuosamente y el encendedor al suelo, me meso los escasos cabellos y digo a voz en grito de forma que pudo oírme toda la cafetería: “¡¡No, ni hablar, se acabó, este señor ya no le da fuego a nadie más. Un cigarrillo perdido que no me habéis dejado fumármelo en paz...!!” Todos miran estupefactos, los camareros quedan petrificados con la bandeja en la mano y el croissant se queda inmóvil junto a la boca goteando café sobre la camisa. Un silencio de muerte se adueña del salón y yo lloro convulso y con grandes lagrimones y, aprovechando la coyuntura, me voy sin pagar.


Y dejo detrás de mí, en la cafetería, una neblina lánguida y tristona, la neblina que siempre rodea a los proyectos empezados y fracasados.

sábado, 15 de octubre de 2011

La caca del elefante.


Pues sigamos hablando de A.B. a quién dejamos en el post anterior enfrentado a como identificarse ante le severa voz que, detrás de la puerta, así se lo exigía. Resumo diciendo que A.B. fue conmilitón mío en el colegio de los jesuitas y luego en la Facultad de Medicina de Sevilla y hago gracia de cuánta aventura hubo y de cuántas veces anduvimos nocherniegos por calles y callejuelas para acabar acostándonos a las claras del día, casi siempre con el regusto del fracaso, regusto que en un principio es amargo pero al que luego te acostumbras. Vayamos a lo serio e importante. Los jesuitas nos explicaron a ambos la diferencia entre verdad lógica y verdad ontológica. El temita se las trae y da para mucha literatura. Desde Platón a Descartes, pasando por San Agustín, tres figuras del pensamiento a quién es obligado citar cuando se escribe de estas cuestiones tan abstrusas. Así que, según mi recuerdo y entendimiento, queda definida -aunque solo sea a los meros efectos de su ocurrencia en este blog- la verdad lógica cómo la adecuación del pensamiento a la realidad y la ontológica cómo la adecuación de la realidad al pensamiento. ¡Qué nadie se me devane los sesos intentando comprender! Y menos si está abstemio en la mañana plácida del fin de semana. Porque estas cosas son para hablarlas en la barra del bar, con un buen compañero de fatigas y siempre y cuando que no haya confidencias de por medio. Sólo la regular sucesión de cañas puede dar la fluidez mental y la necesaria verborrea concomitante como para enfrentarse a semejante drama del conocimiento humano. Y contando con un camarero servicial e inteligente que actúe de moderador sin dejar por éso de llevar la cuenta de las consumiciones. De momento, baste saber que la verdad lógica es la que podemos tener los humanos mortales y la ontológica sólo le es dada a Dios Todopoderoso.
Sin embargo A.B., en un alarde de osadía, se irrogó la potestad de poseer la verdad ontológica, según su propia y verídica declaración, lo cual le permitía tener asertos sin fundamento ninguno para el resto de la humanidad. Por ejemplo, afirmaba como cosa absolutamente cierta, que los pisotones de las cabras son extremadamente dolorosos. A la lógica pregunta de: “¿Te ha pisado a ti alguna?” contestaba con un no rotundo y añadía que tampoco sabía de nadie que hubiese sido pisado por una cabra para contar y ponderar la experiencia. Pero nada de ésto era óbice para que la verdad absoluta de las dolorosas pisadas del montaraz animal se mantuviese. Yo, ente racional, trataba de divagar contemplando que, dado que existen los llamados caminos de cabra, era de suponer que ésta tuviese las pezuñas muy duras de tanto transitar por ellos y que de ahí se podía inferir que sus pisadas a un pie humano fuesen muy traumáticas. Él refutaba como baladí mi razonamiento y volvía a insistir que aquello era cierto y que debía ser creído por ser verdad ontológica.
En otras ocasiones, viniese o no a cuento, A.B. explicaba que la caca de los elefantes huele muy mal. Cómo por instinto y para alejar esa peste evocada, encendíamos a la par y en libertad un cigarrillo aprovechando la misma cerilla. Tras la primera calada, le preguntaba que si la había olido alguna vez y el volvía a contestar con un no tan rotundo como el anterior y proseguía comentando que en ningún libro de Historia Natural iba a encontrar semejante información. Yo volvía a ejercer de abogado del diablo, tratando de hacerle ver que, seguramente, no era un problema de calidad sino de cantidad. Esto es, el elefante debe hacer mucha cantidad de caca y, por tanto, el mal olor se extendía más y era cuantitativamente más intenso. Pero A.B. mantenía su aserto diciendo que, si en la balanza de la Justicia o en la del mercader de Venecia, se pesaban 50 gr. de caca de elefante y la misma cantidad de la de cualquier otro animal, incluido el humano, la primera emitía un olor inconmensurablemente peor que la segunda. “Aunque fuera la mierda de esa niña mona que está ahí” y señalaba a la chica del otro extremo de la barra, añadido éste que, aunque hiciera gráfico lo considerado, tiene un tinte machista execrable pero, dada la edad y las circunstancias, es digno de perdón.
Cabe preguntarse ahora, pasados ya muchos años, porqué A.B. no empleaba su supuesto conocimiento de la verdad ontológica en cosas y asuntos más sustanciosos que saber que la pisada de una cabra es dolorosísima o que la caca del elefante es la que peor huele. En realidad, estos asertos encajarían en el llamado saber popular, que no hay que confundir con frases hechas y lugares comunes. Aunque ellos no lo sepan, pienso que muchas personas con las que me cruzo también están poseídas de la verdad ontológica y que, por tanto, adecuan la realidad a su pensamiento, cosa ésta grave si la citada persona posee algún título de dominio sobre mi o sobre el grupo. Bueno será entonces que reivindiquemos la verdad lógica, que nos enteremos de lo que pasa a nuestro alrededor y adecuemos nuestro pensamiento a esa realidad constatable. Es más triste, por supuesto, y nunca sabremos si la tierra es redonda o si gira alrededor del sol, pero sin duda, viviríamos mejor los unos con los otros.

sábado, 8 de octubre de 2011

Y...¿quién es Yo?

Me lo contó A. B., amigo y compañero de Facultad, nada más verme por los patios docentes o tal vez en la cafetería o en uno de ésos descanso entre clase y clase que muchas veces se prolongaba más de lo que marcaba el bedel. Había ido a visitar a un tercer conocido a quien llamaremos A. V. al hospedaje donde paraba. Describió el lugar como lóbrego y de poca confianza. No se si exageraba porque A. B. era amigo de exagerar. Quizás su expediente académico no fue tan brillante como merecía su inteligencia porque exageraba también en los exámenes del saber médico, escribiendo que la enfermedad cursa con dolores muy intensos cuando, en realidad, eran solo intensos o que el mal causaba hemorragias copiosísimas aunque eran solo copiosas o que el afectado quedaba tetrapléjico, si bien solo permanecía con hemiplejía.
El caso es que ponderó durante largo tiempo cómo y cuánto de oscuro y miserable eran la calle barriobajera, el portal de acceso y la escalera de subida. Debía de ser grande la necesidad que sentía de ver a A. V. porque, a pesar de todo ello, decidió llamar al timbre de la vivienda. El timbre sonó y una voz de mujer desde dentro preguntó: "¿Quién...?". En este punto de la narración, A. B. bajaba la voz como recurso escénico que hiciese más evidente la zozobra que sintió en aquel momento pues no sabía cómo identificarse. Entonces se limitó a contestar: “¡Yo...!”. Pero la voz de mujer del interior fue inclemente y contraatacó con una pregunta más mortal y sibilina que las que hacía la esfinge de Tebas: “Y...¿quién es Yo?”. No recuerdo ya si decidimos dar el descanso por terminado pero hasta aquí llega la historia. Si A.B. llegó a ver aquella mañana a A.C. en lo que hemos de suponer era lúgubre mechinal y qué asuntos se trataron en aquel encuentro, me es desconocido.
Pero queda para el recuerdo y la actualidad, la transcendencia de la pregunta de la desconfiada maestresa. La frase “Y...¿quién es Yo?” la repito con frecuencia para mis adentros o incluso en un susurro cuando contemplo o intuyo la lucha para afianzar la personalidad. A veces nos sentimos privados de ella o, en todo, caso es tan frágil y huidiza como la de A. B. ante aquella puerta siniestra. Sentir que Yo es alguien es gran deseo humano. Algunos quieren más, quieren ser importantes, o ricos, famosos y poderosos. La mayoría nos conformamos con nuestra propia, aunque sencilla, identidad. Pero no la que nos otorga el D.N.I o el pasaporte o la tarjeta de afiliación al Sistema Público de Salud, sino la de individuos únicos e irrepetibles entre toda la magnitud del Universo y, por tanto, perfectamente reconocibles cuando decimos “soy Yo”.
Y queda lo más peliagudo: queremos que Yo sea eterno o, al menos, inmortal. El miedo a la muerte es fundamentalmente el miedo a que Yo se desvanezca en polvo. Porque aunque la Humanidad agradecida decida poner una placa o erigir una estatua de bronce, aunque quede el recuerdo, Yo quisiera ser Yo siempre. Unamuno le gritaba a las piedras de Salamanca: Di tú que he sido...”. Tal vez lo sigan diciendo esas piedras que recorro camino del cigales del Crespo pero yo no lo oigo, entre otras cosas porque hay momentos en los que me apremia más el vino que las melancolías de santones. Además, ya la madurez, afortunadamente, me permite tener mis propias melancolías. Las ideas se fueron y se irán los pensamientos, los deseos, los logros, las inquietudes, los fracasos y los abandonos. Y ahora, recién muerto Steve Jobs, miro a esta pantalla del Mac de los afanes o paso el dedo por el iPad y pienso que también deberían decirme de Jobs lo mismo que la piedra dorada de Salamanca de Unamuno. Pero están ahí, silentes, porque también la madurez me permite ser un visionario e incluso un esteta
Así que Yo escribe estas líneas, se toma un café o se bebe una copa de vino. Y ve enfermos a los que trata de curar y pasea por la carretera de Santa Catalina. Y ahora tengo claro que la peliaguda pregunta de la maestresa tiene una sola y contundente respuesta. “Y...¿quién es Yo?” Pues Yo. Y tengo claro también que Unamuno, Jobs y un servidor, somos tocayos. Si se nos pregunta qué quienes somos, basta con que respondamos: ¡Yo...!

domingo, 25 de septiembre de 2011

El tiempo que te concede la clepsidra.

Mes de septiembre, acercándose ya el equinoccio de otoño, una de las llamadas efemérides astronómicas. En estas cosas y, en general, en la situación de los astros, creo con la fe de los libros del saber y con la ciencia que me inculcaron los jesuitas. Lo que yo veo con mis ojos es otra cosa. Estoy en la mañana de domingo en la plaza Belluga y veo que sigue haciendo mucha calor porque este rincón de la Murcia mediterránea parece que no sigue las indicaciones de la posición relativa del Sol y la Tierra. No me preocupa. Lo que me preocupa es que hemos tenido que tomar café en el interior del bar porque, salvo para algún guiri, es impensable hacerlo en la terraza. Pero ahora, vuelta a la explanada, buscando el refugio de la sombra de los naranjos, para fumar el cigarrillo. Justo cuando lo enciendo, los relojes de la Catedral y del Ayuntamiento, en amigable concordato, dan las dos de la tarde. Y, como obedeciendo también a esa señal convenida, el músico callejero aparece en escena, coloca su silletín al resguardo del Palacio Episcopal y, sin ceremonia, comienza a tocar el acordeón.
Conozco a este artista con el conocimiento de lo casual y espontáneo. Es un hombre recio, achaparrado, de facciones curtidas y aceitunadas, totalmente calvo y de mirada risueña, entre clochard y bouquiniste. De hecho, el acordeón lo toca “a la parisina” y lo hace muy bien. Seguramente tiene estudios musicales porque el arte se aprende y no es suficiente la escuela de la vida. Pero ahora se ha ubicado en esta Murcia calurosa y ha prescindido de atril y partitura. Solo el silletín, que le permite tomar prestado el ámbito territorial y errático de su actuación. Lo he visto, en ocasiones, formando parte de un trío, junto a un teclado y un violín, quizás en un ensemble más comercial. Sé también que no ha estado esperando a que den las dos de la tarde para empezar su intervención porque él se dirige al transeúnte y al errabundo y éstos no tienen hora. Así que las campanadas concordadas de los relojes de la Catedral y el Ayuntamiento, el qué yo empiece a fumar el cigarrillo y el acordeonista a hacer sonar su instrumento, mientras el Sol y la Tierra ocupan una determinada posición en el espacio, son meros accidentes de la casualidad.
Pero, en esta ocasión, los astros han sido favorables. Ahora podré oír buena música mientras fumo. Porque la música callejera no puede detenerse ni conservarse. Es imperecedera pero etérea e inmaterial. Solo se te otorga oírla el tiempo que te concede la clepsidra, cuando tu paseo te acerca al músico, preparas la moneda, llegas junto a él y la depositas en el receptáculo que oscila desde la caja de cartón a la funda aterciopelada del instrumento. El artista te da las gracias, tu respondes “¡Salud!” y te alejas mientras la canción va dejándose de oír hasta que desaparece. No puedes apausar tu paso, no puedes detenerte ni siquiera al volver una esquina. El destino te ha regalado una ocasión y un tiempo y no pidas más como no le puedes pedir a la estrella fugaz que no sea fugaz. Y en esa fugacidad puedes vivir y pensar y sentir, recordar y hacer planes, emocionarte, tener miedo, tener pena, enervarte o añoñarte, incluso quizás llorar. Pero no se puede prolongar el encantamiento, no se puede alargar lo predestinado. La música y su magia duraran lo que te haya concedido el destino.
Y no estoy burlando al destino cuando, en esta ocasión, puedo oír al acordeonista mientras fumo. La clepsidra inclemente me otorga el tiempo que tarde el cigarrillo en consumirse. Ni un segundo más. Pero puedo apreciar que la canción que suena es “My way”, un tema catalogado como languioso y aun almibarado. El artista lo interpreta briosamente y un tanto a lo ragtime pero el efecto en mí no pasa de agradable. Dos perros -o quizás sean un perro y una perra- pero, en todo caso, también callejeros, se acercan al músico. Se quedan parados, uno a cada lado del silletín, mueven la cola y contemplan el ir y venir del fuelle del acordeón. Pero pronto comprenden que allí no hay bocado y se van. Otro vagabundo, esta vez humano, pasa arrastrando los bambos de la limosna y empujando una bicicleta con un atrabiliario remolque. Mira fijamente el suelo y la barbilla le tiembla un poco. No hay ningún guiño de complicidad entre los dos hombres, ni la bicicleta refrena sus ruedas ni los acordes cambian su ritmo. Una pareja pasa por entre las sillas de la terraza. El pie de la chica tropieza con una cucharilla que está tirada en el suelo. Se agacha, la falda se le sube a conveniencia del mirón, la recoge servicialmente y la deposita sobre un mesa. Caminan en absoluto mutismo. No se dicen nada ni antes, ni durante, ni después de la acción rescatadora porque, posiblemente, ya no tengan nada que decirse. Y luego las últimas chupadas son para ver distraídamente gente anodina que va y viene por la plaza y a los fieles que entran y salen en la Capilla de la Adoración Perpetua.
Todavía suena “My way” cuando se termina el cigarrillo. Tiro incivilmente la colilla al suelo, pues la providencia municipal no ha dispuesto ceniceros, y la aplasto meticulosamente con la suela del zapato. Hay que irse sin ningún resquicio de concesión a la música callejera. Porque solo se nos es dado la ocasión y el momento. Por eso nunca formo grupo con los culturillas que se paran a oír la orquestina de música clásica que interpreta adagios y hacen que los niños, en plan mundo feliz, se sienten en el suelo. Por eso nunca les compro el CD a aquellos artistas, callejeros sí, pero más mercantilizados y que casi forman parte de la Europa del Euro. Impensable oír esa música en la comodidad del salón burgués, durante la barbacoa pagana o en el coche que nos transporta al trabajo asalariado. Solo está dada para el gozo atemporal pero momentáneo del caminante, del que sabe que el destino es marcha continua sin mirada para atrás aunque siempre queda la esperanza de que, al volver cualquier esquina, puedes encontrar otro músico ambulante. Pero el descanso de la eterna canción no estará vedado por siempre.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Un cierto paralelismo.

Pues de niño, en la magna y hermosísima iglesia de mi pueblo y luego de adolescente y aun de zagalón en el colegio de los jesuitas, oía, cuando correspondía, el pasaje evangélico de la hemorroísa. Lo oía perplejo y meditabundo porque yo no acertaba a adivinar por dónde sangraba aquella pobre mujer. Intuía que aquella emisión provenía de un orificio natural pero, por aquel entonces, éstos se limitaban para mi a la boca, las orejas y las narices y una especie de inteligencia precoz me hacía comprender que la fuente de la hemorragia no estaba en ninguno de ellos. Luego el celebrante, en su homilía, no me aclaraba nada ya que se limitaba a decirme que la curación había sido obra de la fe entusiasta. Y si miraba el Diccionario de la Real Academia, fuente de todo conocimiento, me informaba de que la palabra puede escribirse con tilde o sin ella pero se limitaba a definirla como mujer que padece flujos de sangre. Pero yo, que era mediquino, lo que quería era la historia clínica completa y qué parte de la anatomía humana era la sangrante. Exagerando un poco (porque siempre se exagera un poco) digo que tuve que ser estudiante de medicina y aplicarme al sutil distingo entre metrorragia y menorragia para SABER y decirme a mi mismo: “¡Si está claro! ¡Por ahí sangraba la hemorroísa!”.
Pero andando el tiempo, fui médico y la vida me ha ido desvelando poco a poco sus miserias y sus misterios. Pero este conocimiento se adquiere con el paso de los años, los reveses de la fortuna y, en ocasiones, con golpes de suerte. Hace poco, siendo por tanto un hombre maduro y teniendo ya bien claro lo de la hemorroísa, entré  a hacer pipí en los aseos de un bar de Salamanca. Mientras aliviaba mi necesidad, observé que, junto a la taza del water, había un extraño contenedor, algo inédito en los servicios de caballeros. Y, de repente, se me abrieron las mientes y otra vez SUPE y con la sabiduría me vino la embarazosa noción de que me había equivocado y entrado en el cubículo de las señoras. Tengo que decir en mi descargo que no estaba borracho ni lo hice a propósito con ánimos de voyeur. Lo que ocurrió es que era un bar modernoso y los iconos que simbolizaban el sexo eran tan complejos que no supe dar con el lado correcto.

Ni por todo el oro del mundo me metería yo a sabiendas en un aseo de señoras y a regañadientes lo hago en los unisex. Pero, en este caso, la ignorancia me redime. Fue pues un golpe de suerte y así aprendí lo que aprendí. Por lo tanto, en el “Willow”, si hay necesidad, acudo al servicio de caballeros donde me encuentro con una curiosa máquina dispensadora colgada de la pared. No hay que entrar en detalles escabrosos y dejo a la foto que hable por mi. Pero, por si algún corto de vista no distingue los detalles, añado que allí son preservativos con sabor, anillos potenciadores y una píldora azul afrodisiaca. Lo necesario para el amor de emergencia, el deseo del atardecer, la relación furtiva o para el honrado matrimonio que idee una noche loca. Pienso en manos temblorosas y excitadas contando los euros, girando la palanca y recogiendo el juguete. Y me imagino el jarro de agua fría de la desilusión o del placer efímero y oscuro. O quizás ya nadie compre nada en estas máquinas y están ahí, en la pared, solo para la mirada curiosa, la sonrisita de suficiencia o la pregunta impertinente de los niños. "¿Sabores para qué, papá?"
El “Willow” de El Charco lo regentan una simpática pareja de jóvenes franceses y parece lógico encontrar allí el cachivache de los preservativos. Impensable sería, en cambio, encontrarlo en “La Meseguera” de gerencia más tradicional y conservadora. Y, de hecho, no lo encontramos. Pero también en la pared, junto al rollo de papel para secarse las manos, hay una máquina dispensadora. Ésta ofrece asépticos y saludable cepillitos de dientes ya cargados de dentífrico. Teóricamente son para que la niña mona, el joven guaperas o la abuelita que usa prótesis dental, se cepillen los dientes eliminando las últimas trazas corpóreas de la pata de cabrito o la partícula del grano de arroz, amarilla y grasienta, de la paella. Sin embargo, encuentro un cierto paralelismo entre esta máquina que otorga cepillitos con dentífrico y aquella otra de los anillos potenciadores y la tanga erótico-festiva.
Porque los artilugios dispensadores de los aseos públicos son para usar ad libitum, respondiendo al impulso o a la ocasión que se cree favorecedora. O tal vez al olvido y a la improvisación. Artilugios dispensadores colocados estratégicamente en un lugar discreto, de momentánea soledad, donde en el tiempo que nos concede nuestra ausencia del grupo social, podemos dar rienda suelta a nuestra vehemencia. Aunque solo sea para ese lavado de dientes que nos devolverá -creemos- la sonrisa impoluta y atractiva. Y además, pueden ser objetos complementarios. Después del amor fugaz, impulsado por la esencia etérea de la píldora azul, esa limpieza borra el rastro de los besos que no fueron y de la pasión irredenta que no se ofertó en los labios.
Dejémoslas estar en la pared ofertando oportunistas su mercadería. Porque aquí, en los aseos, donde el caballero es hombre y la señora es mujer, donde se desahoga nuestra humilde carnalidad, también necesitamos el gozo inmaterial y divino de pensar que nuestra aptitud va a ser incuestionable, o nuestra sonrisa arrebatadora. Y todo éso, como dirían nuestros amigos charlatanes de feria, por 1, 2 o 4 euros.